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- HISTORIA DEL MONTAÑISMO -



Cholila, El Bolsón, Provincia de Chubut. Parte II
El verano inolvidable de 1964
- Por Carlos Rey, Grupo Dinos
-

Carlos Rey
Carlos Rey

Podés ver la Primera parte de esta aventura, si hacés >>Clic Aquí

A juzgar por la falta de nieve o hielo de sus paredes, se veía que eran verticales.

Para llegar al filo del glaciar que teníamos encima a la derecha, tendríamos que superar unos paredones que no parecían tener demasiada verticalidad y para llegar hasta ellos debíamos salvar un acarreo de fuerte inclinación. Comenzamos con la lucha que representa subir todo acarreo, en donde dos pasos hacia arriba casi siempre incluyen uno o más para abajo. Llegamos por fin al filo y caminamos por él horizontalmente hasta las paredes a las que bordeamos llegando a un lugar en el cual se nos cerraba el paso con Ñire de altura, achaparrado y cerradísimo.

Al frente nuestro teníamos una pared vertical de unos ochenta metros de altura, de roca peligrosamente descompuesta. Parecía la única salida para continuar hacia arriba y decidimos treparla. Edgar y Mario se encordaron y comenzaron a subir. Cacho, Rolando y yo nos ubicamos por ahí al sol a la espera del turno de subir; ya que no convenía ascender todos al mismo tiempo por la posible caída de piedras. En cuanto a Avo tengo la sensación que dijo algo, no me acuerdo que, pero lo vimos desaparecer entre los Ñires que nos cerraban el paso. Me quedé adormilado y cuando despabilé miré hacia arriba en la pared. Desde algún lado se oían gritos de Avo que decía quien sabe qué.

Mapa de ubicación de Cholila, Provincia de Chubut, Argentina
Mapa de ubicación de Cholila,
Provincia de Chubut, Argentina


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Al fin resultó que había descubierto un acceso hacia arriba una vez superado el bosquecillo de Ñires bajos, y nos llamaba. A los tres de abajo nos pareció mejor esa opción que perder tiempo trepando la pared y nos largamos por el camino de Avo. Mientras tanto Edgar y Mario habían superado la pared y también se encontraban en las primeras nieves con el Turco Avo. Pasando la zona de Ñires, no muy extensa, había una cascadita que bajaba por roca fácil y de poca inclinación. Seguimos sus pasos y haciendo zigzag por la parte rocosa pronto llegamos a las primeras lenguas de nieve. Para no perder tiempo no nos colocamos los grampones y, ya los seis juntos, atacamos la suave pendiente pateando con las puntas de los zapatos y ayudados con la piqueta.

Voy a pedir licencia en la forma de relato que pueda seguir a continuación. El paso de los años y la pérdida de algunos apuntes de la época, puede trastocar un poco la cronología exacta de los hechos; pero nada de lo que se cuente tendrá el formato de ficción; por más que el acontecer en la alta montaña trastoque a veces nuestros espíritus de realidad en irrealidad y quizás sea esta una de las razones del porqué se escalan las montañas.

Vista del Glaciar, hacia el cerro Fortaleza, 1964, Chubut
Vista del Glaciar, hacia el cerro Fortaleza

Seguíamos pues salpicando relucientes esquirlas de hielo a cada patada de nuestros pasos, uno detrás del otro, los seis camino a nuestro destino de cima, haciendo zigzag cada tanto para "matar" la pendiente no demasiado empinada. No había indicios de grietas que requirieran ir encordados. Y así, libres, cada uno a su paso pero juntos, transcurrimos esa tarde refulgente de hielo y sol en ascenso constante, y cuando llegamos al filo tuvimos al otro lado la vista de un gran campo nevado, en cuyo fondo, muy abajo estaba la naciente del Río Tigre. Es muy difícil explicar algunas cosas si no se tiene un mapa o croquis en el cual ir mostrando lo que se dice; pero imaginen un gran, un enorme óvalo casi horizontal, formado en su borde por infinidad de agujas de granito. Luego todo nieve, hacia abajo, hacia adentro, como un gran embudo hasta donde el abismo permite ver. Esto es lo que en montaña se llama circo glaciar, por su forma y por estar compuesto de nieve y hielo fundamentalmente; solo que su borde superior, o sea el filo, está coronado por picachos de diversas alturas que pueden ir desde los 30 ó 50 metros, hasta 100 ó 200 -y muchas veces más- desde su base en el filo hasta su cumbre. Estos picachos toman el nombre de agujas y son siempre la codicia de los escaladores. Pero no estamos en el relato de escuela sino en el racconto de un acontecer en contacto con la naturaleza de alta montaña.

Así pues lo que teníamos frente a nuestros privilegiados ojos era algo que nadie jamás había visto desde tan cerca; tan personalmente por así decirlo. En el borde que teníamos al frente, hacia el Norte, el Cordón de los "C". Cuya culminación al Oeste era el cerro Fortaleza. En esa ocasión bautizamos a uno de los picos mayores de ese filo, con el nombre de Cerro Gran Nevado y a todo el circo como Gran Campo Nevado.

Edgar Köpcke y Carlos Rey en el segundo vivac, cerro Fortaleza, Chubut
Edgar Köpcke y Carlos Rey en el segundo vivac, cerro Fortaleza

Casi permitimos que toda esa maravilla se prolongara y cuando quisimos darnos cuenta la tarde se avasallaba de anochecer y ya no había tiempo para el regreso, por ese día. Nos resignamos -sin bolsas de dormir- a pasar una noche entre las rocas pero sin peligros de mal tiempo. Los chocolates y frutas secas de las raciones de altura compensaron las largas y heladas horas que se prolongaron hasta el amanecer con respingos de frío entre sueño y sueño. Al otro día tuvimos la compensación de que los primeros rayos de otra giornatta espectacular, pegaron de lleno en nosotros apenas amaneció. Nuevamente en funcionamiento los calentadores para fundir nieve y ¡chocolatada caliente para todo el mundo! ¡Dios mío, qué felices éramos!

Ahora había que decidir qué haríamos. Algunos opinaron que lo que correspondía era atacar la cumbre del Fortaleza y asegurarse la cumbre, ya que desde donde estábamos era posible llegar al picacho en media jornada, ascenderlo y el resto del día emplearlo en regresar por donde habíamos subido. Pero aunque parezca una loca decisión, prevaleció otra idea. Fue tan grande la fascinación que despertó en nosotros el circo glaciar, que decidimos recorrerlo a su largo en todo el circuito que pudiéramos, para luego descender en el otro extremo hacia las profundidades en donde nos aguardaría la naciente del Tigre. Esto se puede juzgar como equivocado pensado en términos de "solo escalar cumbres" -sobre todo si se piensa en el buen tiempo que hacía y que podía cambiar a malo- Pero es más fácil de entender en términos de "exploración y escalada". Todos sabíamos sin decirlo que una vez ascendida la cumbre del Fortaleza, no volveríamos a subir para hacer el recorrido del Gran Campo Nevado y nos abocaríamos al intento de escalar el D-6. Con esto perderíamos la ocasión de recorrer zonas inexploradas y además estaba la incógnita de "ver" hacia el lado chileno, casi como si se tratara de asomarse sobre la medianera de nuestra casa para espiar a nuestra vecina. No olvidemos que estábamos en montañas que hacen de frontera entre Argentina y Chile.

Marcha hacia el Cholila, Chubut
Marcha hacia el Cholila

Nos aprontamos pues -algo entrada la mañana- y salimos como el día anterior por el filo rumbo al Fortaleza. Siguiendo el rumbo y turnándonos para ir "de primero" pateando escalones en la nieve, en la pendiente suave y poco exigente fuimos ganando terreno y cielo en esa montaña soñada en tantos meses de ciudad. Cada tanto debíamos bordear un pico de roca que se alzaba elegante a nuestro paso. Al pico Fortaleza, su doble cumbre de roca con partes de hielo ya lo describí antes; pero tenerlo allí delante, como se dice siempre: "al alcance de la mano", era una maravilla. Cada paso que dábamos sabíamos que era terreno nunca pisado por nadie y la fortaleza que se alzaba delante de nosotros parecía esparcir energía. Pasadas unas horas era tan fuerte el sol que nos pegaba, sobre todo desde abajo, pues el reflejo en la nieve es mucho más intenso que el de el Sol, pegando desde arriba; que tuvimos que colocarnos pañuelos a modo de mascarillas para protegernos las caras. De más está decir que llevábamos antiparras y sombreros.

No recuerdo la hora, pero muy pasado el medio día, llegamos al pie de nuestro Fortaleza. Al punto en donde hubiéramos tenido que comenzar la escalada. Así que con nuestras piquetas hicimos un hoyo en la nieve y enterramos tres latas con raciones de altura para cuando volviéramos unos días después. Señalamos el lugar con un círculo de piedras y enfilamos a bordear el Gran Campo Nevado. A esa hora -la de mayor temperatura- la nieve estaba muy blanda, de modo que a cada paso nos enterrábamos hasta las rodillas y a veces más. Era indudable que deberíamos afrontar ese esfuerzo durante varias horas hasta que el refresco del atardecer endureciera la nieve. Allí comprendimos el valor del uso de los "esquíes de travesía" que por aquella época eran muy poco conocidos y muy caros en la Argentina. Así avanzamos evitando perder altura y manteniéndonos casi en el filo (lo peor que puede hacerse cuando se enfrenta un largo recorrido es bajar demasiado alejándose de los filos). A nuestra derecha, un poco en dirección Sur, comenzamos a observar con mayor detenimiento un cordón montañoso muy particular. Entre agujas y agujitas cubrían prácticamente todo el filo que abarcaba nuestra vista. Las de mayor altura, sobre todo, terminaban con su cúspide muy puntiaguda y con forma similar a la de una capucha de monje. Por consenso general se ganaron el nombre de Filo Monasterio por su similitud con una hilera de monjes.

Arista del Cholila, Chubut
Arista del Cholila

La tarde iba pasando y la marcha forzadamente lenta por la pesadez de la nieve, hacía evidente que si no decidíamos mandarnos para abajo en ese momento para tratar de llegar al Campamento Base antes de la noche, lo que quedaba era continuar recorriendo lo más posible y hacer un segundo vivac ya que el tiempo parecía no querer descomponerse. Optamos por esto último ya que en realidad aún quedaba bastante por recorrer y sobre todo asomarnos a espiar a nuestros vecinos. Esta oportunidad se nos dio en un momento que decidimos subir hasta el cercano filo para reconocer tres agujas muy juntas que llamaron nuestra atención vaya a saber porqué. Al rodear a una de ellas por el Oeste quedamos, por así decir, del lado de Chile. Dado que estas alturas eran las mayores en esa parte de la Cordillera, se suponía que delimitaban la línea de frontera, de modo que estábamos del lado chileno. Bueno, podría parecer de poca importancia, pero si uno piensa en seis tipos que pasaban la mayor parte de su vida en la gran ciudad, este hecho cobra una dimensión de visión y comprensión geográfica muy importante. Lo que vimos fueron principalmente dos cosas: muy abajo, en el valle, un glaciar "rastrero" enorme que se extendía por varios kilómetros de longitud, que nos hizo acordar a los grandes glaciares de los Alpes de Europa, que conocíamos por fotos. Su recorrido muy extenso y ondulante, con morrenas en ambas orillas, lo que da una idea de su gran dimensión, era impresionante. Y hacia el frente, extendiendo la vista, un "mar" infinito de cumbres y glaciares de altura, que se perdía en el Oeste hasta donde alcanzábamos a ver. Y esto era mucho pues el día lucía sin una sola nube y no había bruma en el horizonte. Algunos exagerados pretendieron ver el Océano Pacífico, allá lejos en el horizonte.

Esto, creo particularmente, no era del todo descabellado, teniendo en cuenta lo angosto del territorio chileno. De hecho en otras regiones de la Cordillera se llega a concretar; pero esto ocurre cuando en la latitud en la que uno se encuentre (y siempre estando a alturas superiores a los 2.000 m.s.n.m.) coincide con esa particularidad de Chile de tener fiordos y ensenadas -senos, como los designan ellos- Y lo que se llegan a ver son estas entradas del mar muy adentro en el territorio, que no es lo mismo que ver el océano propiamente dicho.
Si estoy equivocado que me lo desmientan.

Bien, luego de esta nueva fascinación de altura y dada la hora -aunque todavía con una o dos de luz- decidimos preparar nuestro segundo vivac ¡sin bolsas de dormir! allí mismo, al pie de esas simpáticas agujas que nos servirían de resguardo. Además el cuerpo nos pedía un "parate". Estábamos molidos de cansancio, el sol había hecho sus estragos y teníamos un hambre y una sed espantosas. Allí aprovechamos la luz que restaba del día para sacar fotos consumiendo los comestibles que nos habían aportado algunas firmas comerciales y esto era parte del trato para que ellos las usaran como publicidad de sus productos en condiciones extremas.

Hacia el filo del Cholila, Chubut
Hacia el filo del Cholila

Segundo vivac. Experiencia helada si las hay. Por suerte tenemos comestibles preparados con celo y equilibrados para aportar muchas calorías. Miel, chocolates, nueces, pasas de uva, leche en polvo, té y galletitas de agua, entre otras cosas, nos dan la energía necesaria para afrontar la falta de bolsas de dormir. De todos modos y aunque no contábamos con un termómetro, calculábamos que por lo benigno del clima que se venía dando día a día, sumado a la ausencia de vientos, la temperatura no debe haber bajado de los cinco o diez grados bajo cero. Por otro lado todos teníamos -eso sí- camperas de duvet y un rebusque antiguo de los alpinistas: vaciar la mochila y meter los pies adentro para pasar la noche lo mejor posible. Por supuesto dormir con toda la ropa puesta y no encoger las piernas para facilitar la circulación sanguínea.

Último día de exploración del Gran Campo Nevado y descenso al valle por las nacientes del río Tigre.

Sí, ese día encaramos directamente hacia abajo y para ganar tiempo, debido que las primeras pendientes eran de bastante inclinación, armamos un "rappel" con nuestra cuerda de 200 mts. ¡de cáñamo! de diez milímetros de grosor. Algo que en la época actual -vale aclararlo- resulta ridículo; pero que en los años sesenta todavía era de uso, pues no era fácil adquirir una cuerda de material sintético. Después tuvimos que arrepentirnos de haberla utilizado, sobre todo siendo tan larga. El cáñamo mojado por la nieve resultaba excesivamente pesado y tuvimos que turnarnos para llevarla a la espalda. Así fuimos descendiendo y perdiendo altura hasta que al caer la tarde llegamos a la parte baja del glaciar y poco después al arroyo que daba nacimiento al Tigre. Un par de horas de marcha más y arribamos al Campo Base en donde nos dispusimos a recobrar fuerzas para una nueva incursión ¡esta vez sí, escalar el Fortaleza!

Pero había algo más y muy importante para resolver: La ascensión del Cerro D-6, del cual ya veníamos hablando por donde "atacarlo" y qué nombre le pondríamos si lográbamos su cumbre tan llamativa -aunque distinta- como la del Fortaleza. Y hubo también en esta inolvidable expedición la cuota de sorpresa. Nos la dieron al resto del grupo la cordada que en forma reservada, formaron Cacho Aguirre y el Turco Avo. Creo que no había transcurrido ni un día desde nuestro regreso luego de la recorrida por los filos, cuando desaparecieron desde temprano y por toda una jornada. Los que quedamos supusimos que habían salido para hacer el reconocimiento de una posible ruta de ascensión. Pero al reaparecer por la tarde en el Base, "traían en el bolsillo" la cumbre del D-6.

Vivac en el Cholila, Chubut
Vivac en el Cholila

No sé si decir que nos dejaron deslumbrados u ofuscados. Creo que en el resto del grupo actuaron ambos sentimientos. Alguno pegó media vuelta y se metió en la carpa. Otros preguntaron detalles. Habían atravesado los mallines del aluvión cruzando el arroyo Triste a la madrugada, y dirigiéndose no por el frente, sino por su lado Este, fueron ganando altura y no encontrando ningún obstáculo insalvable, continuaron ascendiendo. Cuando vieron que lo más factible para avanzar era rodear el pico cumbrero "por detrás" es decir por el Sur, no lo dudaron y al evaluar los tiempos de ascensión y regreso continuaron hacia arriba hasta alcanzar la cima. Sólo quedaba bautizarla para perpetuar este notable logro.

En Buenos Aires -ya sabemos- no hay montañas, ni siquiera algunas piedras con la suficiente altura como para practicar escalada. Es imposible imaginar escaladores sin trepar alguna cosa para estar en forma y afrontar la montaña real en las vacaciones de verano. Sólo los fines de semana largos nos dábamos el gran gusto de viajar en tren a Sierra de la Ventana -distante 600 Kms.- o, a Los Gigantes en Córdoba, a 800 Kms. Fue así como en los años sesenta se comenzó a probar la práctica en los paredones que bordeaban la avenida General Paz, que delimita la Capital Federal por su lado norte. Estas paredes, si bien y por desgracia de muy poca altura (unos tres metros apenas), tenían la particularidad que estaban construidas con piedras de verdadero granito, agudas aristas e irregulares salientes que permitían "inventar" los agarres para manos y pies del modo más parecido al de una pared auténtica de montaña. La práctica la realizábamos desplazándonos por ellas en sentido horizontal al estilo de una travesía y con eso adquiríamos la suficiente destreza. Faltaba, eso sí, el componente altura, por lo cual no había lo que se llama "exposición al vacío". Pero con un poco de imaginación la cosa funcionaba bastante bien a falta de algo mejor. Para agregar anécdota hay que decir que la práctica de ascensión en hielo con grampones, la hacíamos con gruesos tablones de madera blanda, apoyados con una cierta inclinación en estas mismas paredes. En fin, la cuestión que los fines de semana éramos un verdadero espectáculo con connotaciones de locura para los asombrados paseantes de las tardecitas de Buenos Aires.

Se habrán estado preguntando qué tiene que ver todo esto con el relato de Cholila, y es para dar pie al porqué de la elección del nombre impuesto al D-6, que de allí en más pasó a llamarse Cerro Gral. Paz, en honor a nuestra impagable, insustituible y... única palestra ciudadana.

Hacia la cumbre del Cholila, Chubut
Hacia la cumbre del Cholila

De modo que ya teníamos dos importantes objetivos cumplidos. Faltaba el principal. El motivo de nuestro sueño de ciudad: la ascensión del Cerro Fortaleza. Esta cumbre, la mayor altura de la región, se calculaba y así figuraba en los mapas, como C-5, de 2.500 m.s.n.m.; siendo sólo igualado o apenas superado por el Cerro Chato, en la misma región a pocos kilómetros al sur y que había sido ascendido unos años antes por una expedición del C.A.B.A. similar a la nuestra. El clima por suerte para nosotros, no aflojaba y salvo algunas "nublazones", se mantenía constantemente bueno. Así pues, nos abocamos a organizar su escalada, con la ventaja que no tendríamos que cargar con los comestibles, ya que el depósito nos esperaba allá arriba. Equipo personal y general de escalada, ropa, solo la puesta y, esta vez sí, las bolsas de dormir, que habíamos jurado no dejarlas ni para ir al baño. Al día siguiente amaneciendo, nos vimos luchando en el bendito mallín con el agua helada. Pero, como se sabe, la segunda vez siempre es más fácil, de modo que al rato habíamos dejado atrás la zona del aluvión y el arroyo y nos encontrábamos nuevamente con la Laguna Triste. Rápidamente encaramos por la derecha y a eso de la media mañana estábamos atravesando los famosos Ñires del Turco Avo. Ya en contacto con la nieve, esta vez la encontramos más dura y para evitar resbalones y rodadas nos encordamos de a tres. No puedo recordar por más esfuerzo que haga cómo compusimos los dos grupos, es decir quién iba con quién. Así que con un fuerte sol y algunas nubes que daban de tanto en tanto un respiro, llegamos al filo que conducía directo al picacho. Como se trataba de un grupo de seis y tratábamos de mantenernos unidos, la marcha se hizo algo lenta, de modo que recién a eso de las seis de la tarde arribamos al lugar en que habíamos enterrado las latas con las raciones. En otras circunstancias, es decir, bajo la amenaza de un cambio en el clima, quizás hubiéramos podido apurar el trámite de ascensión y tal vez haber bajado con las últimas horas de luz. Pero eso no ocurría, sino todo lo contrario y sin decirlo todos deseábamos prolongar ese estado de suspensión entre el cielo y la tierra. Por otro lado tampoco sabíamos qué nos podía deparar la escalada propiamente dicha. Las paredes que teníamos delante eran de bastante verticalidad y aunque no completamente lisas, se trataba de la misma roca negra descompuesta que ya conocíamos y que exigiría mucho cuidado en su ascensión, para evitar accidentes y por consiguiente retardaría la acción. Entonces nos decidimos por el vivac sin apuros. Sacamos muchas fotografías y disfrutamos de ese -quizás- último atardecer en la alta montaña. Todo era quietud y silencio hasta donde alcanzaran los sentidos y esta vivencia perduró -estoy seguro- por toda la vida en nuestras almas. La reverberación naranja de las últimas horas sobre los picos que nos circundaban, no se puede contar con palabras y más tarde y con la llegada del anochecer fue preciso meterse en las bolsas de dormir para no perder temperatura. Encendimos los calentadores para preparar algunas bebidas calientes y poco a poco nos fuimos quedando dormidos, muertos de cansancio pero sintiéndonos los seres más felices del mundo.

El último día tampoco nos falló en cuestión de clima y después de desayunar brevemente nos encordamos -esta vez de a dos por cuerda- y salimos bordeando la pared un poco a la derecha para evitar el hielo y pisar roca. Tuvimos que andar con mucha precaución por lo flojo que denotaba ser este viejo granito. Cuando un granito es "joven" tiene una coloración entre rosado y naranja y se lo ve más compacto. Aunque tenga fisuras, estas son bien cerradas y si uno trata de meter la punta de la piqueta será casi imposible. Además al meter un clavo de escalada y martillarlo, este "cantará" con el clásico sonido vibratorio del metal. En cambio la roca vieja es entre gris y negra, las fisuras son más abiertas y al forzarlas con la piqueta, las partes cederán abriéndose. El clavo penetrará con un sonido hueco y no se podrá confiar en quedar colgado de él. De todos modos estábamos ahí para subir como fuera y tratando de no separarnos para que alguna piedra desprendida por la cordada que iba adelante tomara mucha velocidad y golpeara a los que seguían detrás, fuimos ganándole altura al Fortaleza. Cerca del mediodía el primero de cuerda en ese momento -no recuerdo quién- hizo cumbre y de uno en uno, pues el espacio no permitía reuniones, fuimos pisando la tan anhelada cima del Cerro Fortaleza.

Desde la cumbre del Cholila, Laguna Triste, Chubut
Desde la cumbre del Cholila, Laguna Triste

No se puede decir que la trepada requirió grandes proezas de equilibrio; quizás sí, en algunos "pasos" hubo exposición al vacío; pero en general se la puede catalogar de mediana dificultad y creo que nuestra expedición tuvo su mayor mérito en dos cosas: el "acercamiento" desde el último lugar civilizado hasta la cordillera; debiendo transportar a caballo durante tres días y sus noches, con trece vadeos del caudaloso Río Tigre, toda la carga de comida y equipos para un mes. Y el reconocimiento y escalada de cerros y filos, que hasta ese momento figuraban en los mapas como "región inexplorada".


 
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