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Enero 2010 – Revista Digital Nro 20
Primera Escalada de la Cara Suroeste de la Aguja Poicenot en 1968

El 27 de diciembre de 1968, José Luis Fonrouge y Alfredo Rosasco, después de 700 metros de pared, lograban la primera escalada por la cara suroste en el Parque Nacional Los Glaciares en la Provincia de Santa Cruz

- Por José Luis Fonrouge -


Restauración Fotográfica:
Centro Cultural Argentino de Montaña, Natalia Fernández Juárez


Del original escrito a máquina con correcciones manuscritas por J. L. Fonrouge .

Agradecemos a Eduardo Vivaldi con el cual nos reunirnos en su paso por Buenos Aires, pues vive en Estados Unidos, nos cedió el texto inédito hasta hoy, escrito y corregido por Jose Luis Fonrouge el cual tenía en su poder desde el año 1969.

Mapa de ubicación de la Aguja Poicenot, Provincia de Santa Cruz, Argentina


Para ver el documento original en PDF, hacé >> Clic Aquí


La escalada comienza atravesando un río, curiosa manera de empezar una ascensión

Días antes a hoy, 23 de diciembre, una vez instalado el campamento base, surgió la idea de construir un puente sobre el río que desagota la laguna Torre.

Bueno, construir es un poco exagerado, solo poseemos una larga soga de cáñamo puesta en doble que nos permitiría cruzar el torrente sin mucha facilidad pero con menos peligro que haciéndolo a nado!
El cruzar este río nos facilitaría, (aparentemente) la llegada al glaciar.

Conocía yo su margen derecha, bastante insalubre por cierto. Rocas, y bloques inestables demoran la marcha y continúas subidas y bajadas hacen de esa vía, bien desagradable.
Observando la margen izquierda adivinaba un mejor terreno que nos dejaría inclusive, en una mejor sección del glaciar que nos esperaba para tener acceso al Poincenot.

Alfredo Rosasco prueba y pasa primero puesto que es el más liviano, yo mientras tanto ausculto los tensores y todo el andamiaje que eleva la soga unos 2 metros por encima de la corriente. Aparentemente resiste bastante bien, rápidamente le siguen las mochilas, y luego yo. Reanudamos nuestro paso. Todos aquellos días de continúo batallar con los caballos y cargas para depositar en la base quedan atrás. Todos esos cientos de kilómetros recorridos para estar aquí se disuelven en un pasado muy lejos en la memoria.

Solo cuenta el presente y el programa de ascender una pared, que ya el año pasado tuve intenciones de hacer. Los 1.200 metros de la cara sur del Cerro Poincenot.

Mapa aéreo del Chaltén y Fitz Roy

Mapa aéreo del Chaltén y Fitz Roy

Cordón del Fitz Roy con sus cumbres. Foto: www.mountaineeringpatagonia.com


Esta cumbre, esplendido satélite del Fitz Roy es el hermano próximo menor del Roy

Sus 3.080 y algo de metros habían sido ascendidos por una expedición irlandesa al comando de Roy Williams hace bastantes años, creo que en el 60/61. La vía de ascensión, por tratarse de la 1ra. fue elegida en la cara más practicable del cerro, la Este.

Una serie de rampas de nieve llevan hasta otra continuación de bloques fracturados que depositaron a los primeros ascensionistas en la cumbre luego de 30 horas de rápido escalamiento. La idea nuestra era tentar esos enormes diedros que miran al valle del Torre. Bien observada, esta pared representaba una ascensión en sólido granito, con un desarrollo suficiente como para emplear varios días en su resolución y dificultades para hacer uso de la técnica del más alto nivel. Algo comparable a la pared oeste del Dru (Alpes franceses), luego coincidiríamos que superaba todos nuestros cálculos aventurados en un primer momento. O.K. por cómoda morena ajustamos nuestro andar a la mochila, no muy pesada y a los tábanos que con la llegada de un promisorio buen tiempo se encarnizaban con nuestros pellejos tras varios días de forzosa abstinencia. He visitado tanto esta región que todo el espectáculo me parece tan natural de no describirlo que peco de insensible.

El cordón del Fitz Roy, Santa Cruz. Primera Ascensión al Cerro Fitz Roy, expedición Francesa. Foto: B. Guth


El valle en cuya entrada estamos es el Torre
, corre prácticamente con ligeras variaciones de Sur a Norte, bordeando y envolviendo cumbres que son indudablemente las más espectaculares del globo. El primero y a la izquierda es el Grande cuya novia es el Adela que le sigue hacia el Norte, ella bien blanca y englaciada se engarza por elegantes filos con su pareja un poco solo y retirado. En la vera de enfrente están todos los célibes, el Techado Negro, Mojón Rojo, Saint Exupery (excepción al conjunto), la Sin Nombre y Poincenot, formando todos juntos una fantástica arquitectura gótica. Volviendo a la margen izquierda del valle, encabeza el desfile el Cerro torre, a quien no existe el adjetivo para describirlo. Como su nombre lo indica una montaña (por sus dimensiones) pero con forma de torre, emerge en puro granito buscando la altura conservando su elegancia, conservando sus líneas. La cumbre, ya en el cielo, mimetiza su aspecto construyendo gigantescos hongos de hielo que se confunden con las nubes.

Esta con su dificultad de acceso, dio origen a una epopeya del alpinismo en los Andes. Una serie de expediciones italianas intentó vanamente ascenderlo. Luego de un tiempo le tocó probar suerte a una cordada Austriaco-Italiana compuesta de Tonni Egger y Cesare Maestri, el primero luego de una muy difícil ascensión, perece víctima de una avalancha, faltando solo unos metros para llegar a la base. Desde aquel entonces nadie logró alcanzar la cima.

El verano pasado junto con un grupo ingles intenté seriamente ascenderlo, pero solo conocimos el fracaso, a causa de una serie de errores que aprendimos a reconocer para evitar en el futuro de cometerlos otra vez. Animado por esa lección, es que estoy en estos momentos que avanzamos hacia el Poincenot, con una visión diferente de la técnica con que se tienen que atacar los grandes problemas de esta región. La menor cantidad de gente posible, esto evita mucho desplazamiento inútil de material. Mayor movilidad, y, lo que es fundamental, la conservación de un espíritu “agresivo” hacia el objetivo.

Siendo dos, como lo estamos en este momento, las decisiones tienen una sola respuesta, la afirmativa.

De ser varios siempre existen, el SI los NO, los quien sabe, los mañanas, y todos los imponderables del choque de ideas que se desprenden de concepciones personales de cada uno de los integrantes de una expedición. Esto termina por neutralizar el ánimo y la moral del grupo. Siendo dos, por razones de peso, nos es imposible establecer campamentos intermedios entre la base y la pared, esto nos obliga a movilizarnos rápidamente, ahorrando energías y lo que es fundamental, la utilización integral de los pocos intervalos de buen tiempo que el clima del lugar rara vez concede.

Aguja Poincenot Cara sur oeste

Aguja Poincenot Cara sur oeste

Y esto se debe a la técnica y al material de U.S.A, ir liviano, rápido y no poner sogas fijas. Es notable como esta última actitud toma relevancia hasta el punto de desmerecer una ascensión a la mitad de su valor técnico. Hoy en día ya no se pregunta si una 1ra. escalada ha sido difícil, puesto que se sobreentiende sino: ¿han puesto sogas fijas?

Lo fundamental en esta sutil diferencia estriba en lo mental del individuo, y esto lo pude comprobar puesto que equipábamos con soga fijas cada metro que le ganábamos al Torre.
Teniendo retirada cubierta uno se aburguesa, si vale el término en la ascensión. Psicológicamente uno está seguro y cómodo, y al menor cansancio o percance echa mano a su hilo de Ariadna y retorna a la seguridad del campamento. De no existir la soga, uno de ve obligado a continuar hacia arriba, forzando dificultades y momentos difíciles. Recién, definitivamente a bajar, cuando la situación es insostenible. Es por todo esto que perdimos la cumbre el verano pasado, faltó ese sprint necesario para las grandes empresas. Bueno, luego del Torre se levanta la Edger, espectacular montaña que nada tiene de fácil, es más, a mi criterio ofrecería tantas o más dificultades que el primero.

Solo que por estar algo disminuida por la presencia tan cercana del Torre, desapercibida para los ojos de los alpinistas. Prosiguen la Standhart, la Bífido y la 4 Dedos, todas ubicadas como la cresta enorme de un gigantesco dragón. Las características son iguales, construidas en granito de la mejor calidad y rematadas en su cumbre por gigantescos hongos de hielo producto del continuo golpear del viento trayendo la humedad de la nube procedente del no muy lejano Pacífico.

Debo hacer notar que dado el mal tiempo continuamente reinante en esta zona, permite a estos hongos subsistir en un equilibrio inestable, puesto que continuamente se ven alimentados con nuevos vientos y continuas nevadas. En frente al Dragón, el gigantesco Fitz Roy impone orden y respeto en este, su reinado, 2.500 metros de desnivel constituyen sus laderas. Interminables paredes se suceden en desorden buscando la cumbre que se pierde en un caer de diedros, lajas y gendarmes. Indudablemente, y esto es fácil de notar, esta vertiente es menos elegante que aquella, la Este. Aquí sus líneas elevan en confusión formando un enorme bloque de líneas difusas y rasgos sin orden ni concierto.

Solo cuando nos elevamos sobre el Torre su forma se estabiliza pero sin alcanzar el status de su vertiente Este. A su izquierda no se origina una montaña sino una curiosa formación, El Hombre Sentado. En el extremo y sobre un filo bastante quebrado una forma humana parece observar el valle. Es tanto el parecido, que nadie puede dejar de sentir la presencia de la extraña formación, como algo que realmente existiera. Personalmente, si exteriormente pudiera, conversaría con esa figura, pidiéndole como el infante, que relatara todo lo que ha visto desde su privilegiada posición. Su actitud de reposo y observador trasunta toda la tragedia de la naturaleza que en tiempos apocalípticos construyó estos momentos que estamos describiendo.

Y adivino también que nos podría relatar la llegada de los hombres que por la primera vez invadieron estos dominios en los cuales no fueron concebidos.

Zona en donde hoy se emplaza el pueblo del Chalten como se veia en 1965. Foto: Eduardo Vivaldi

Puente colgante del Rio Las Vueltas, 1965. Foto: Eduardo Vivaldi

El Conde Bonacossa, que con sus pesados grampones salidos de una fragua donde su entusiasmo no iba parejo con los conocimientos de la metalúrgica moderna, intentaba por aquellos años ascender el Fitz Roy.

El insaciable lente del Padre De Agostini que con su avidez de imágenes imprimía en su película la Patagonia toda y en su especial esta zona de, y para él, belleza privilegiada.

De Andrés Madsen, aquel Quijote de cansada figura, que fuera padre y pionero de todo cuanto se hizo en la región, cuando los mapas todavía la señalaban con su algonodosa mancha caligrafiada de, inexplorada.

De Standhart veterano de la primera guerra, que cuando llegó con su destartalado cochecito cayó enfermo para nunca más sanar. Su enfermedad era la Patagonia, y el Fitz Roy, a quien adoraba y protegía como aquel artista que aprecia su obra recién descubierta.

Su auto allí quedó, sobre tacos, para nunca más volver. Pero luego llegó la etapa de los modernos, innumerables grupos de escaladores llegaban con espíritus aguerridos, materiales y técnicas modernas no para adorar estas moles, sino para dominarlas y vencerlas.

Fueron los franceses en el 52 que abrieron el fuego ascendiendo el Fitz Roy, les sucedieron gente del Centro Andino Buenos Aires, ejecutando cumbres como el Marconi, Pierg Giorgio, Guillaumet, el mismo Fitz (Ascendido por el autor)en fin, todas aquellas cumbres que pusieron en la mira de sus anhelos e ilusiones. Esta especie de invasión suena como a profanación para su espíritu panteísta pero como andinista pienso, que no hubiera existido esta belleza si la pluma del hombre no la hubiera descrito.

Y todos esos filos y todas esas cumbres habrían permanecido en la oscuridad de lo desconocido destinado a ornamentar un mundo en que no hubiera luces para notarla.
Tal cual una araña victoriana en un salón donde no encendiéramos las luces. Volviendo con los pies a la tierra como decía bastante antes, una cómoda morena nos lleva a la no tan confortable espesura del bosque.

Serán 3.000 metros que tendremos que atravesar para llegar a la sección de piedras grandes que nos depositarán en el glaciar.

Allí quiero llegar cuanto antes para poder así evadirnos de los tábanos. Es notable como año a año el clima ha ido cambiando, arrastrando con él una alteración en la flora y en la fauna.

Evidentemente uno de los síntomas más importantes en cuanto a la flora. Hay plantas que florecen anticipadamente y flores de colores raros, poco vistos anteriormente. El alza del indicie de humedad, esto favorece la proliferación de mosquitos, jejenes y cantidad de insectos. La dominante de los vientos correspondía siempre, sin excepción al Oeste y con buen tiempo al Sur. Más ahora provienen también del Norte y el Este formando nubes de formación decididamente tropical.

Realizo que el cambio nos favorece pues calculo que las tormentas no llegarán con la rapidez fulminante con que visitaban y los períodos de buen tiempo (espero) serán más largos y estables. Ramas y árboles caídos dificultan el avance y lo que podría ser un buen atajo, se nos hace lento y perdemos tiempo en continuos rodeos y pérdida de altura.

Fonrouge en la Cima del Fitz Roy

Fonrouge en la Cima del Fitz Roy

Luego de 2 horas pisamos el glaciar. Aquí respiramos más tranquilos, su sólida superficie, limpia de nieve pero sucia con escombros de las morenas laterales, nos permiten caminar más cómodamente. Como en todo camino nuevo tengo mis dudas que orientación tomar, observo en la mitad del valle, allí donde los glaciares del Torre y el Grande se juntan, un caos de seracs producto de la fusión de estos colosos. Es una sección que tenemos que evitar. Recostados sobre la margen izquierda ascendemos rápidamente el suave declive.

Un poco nervioso por la pérdida de tiempo en el bosque, aceleramos el paso.

Quiero llegar antes de que obscurezca a la base, distante todavía unas 4 horas de regular ascensión. Antes de llegar al antiguo Trayecto tropezamos con algunos inconvenientes como una morena que olvidaba que existía, y una zona de grietas que obligó a ponernos los grampones. Hacemos un alto en el antiguo depósito, casi obligado de todas las expediciones. Es una gran piedra apoyada sobre el hielo que la continua erosión y el constante movimiento del glaciar, originó una cueva debajo de ella.

Allí se pueden encontrar algunos despojos que son algo de historia sobre las expediciones que continuamente han hecho uso de este abrigo. La protección es relativa según el año, pues depende de cómo está orientada la entrada. Luego de unos minutos de respiro cruzamos la morena que nos separa de la margen del valle, estando debajo de los accesos al Cerro Poincenot.

Nos sentimos en plena forma y con la moral muy alta y contribuye a esto el hecho que al haber venido el verano anterior los cerros y sus dimensiones toman proporciones más humanas y no tan impresionantes como cuando por primera vez las vimos. Nos sentimos entonces, un poco, “como en casa”.

A las 4 de la tarde llegamos a un antiguo campamento que estimamos era de Bonacossa dado los grampones y viejos clavos que encontramos en el lugar.

De allí el camino a seguir será directamente hacia arriba, por el couloir que separa el Poincenot de la Sin Nombre. Nos permitimos un largo descanso pues ahora ya no estamos con dudas de llegar con falta de luz a la base de la pared. Sentimos sobre nosotros las moles que representan el Fitz Roy y el Poincenot, imaginamos que posibilidades tendrían estos parajes si el clima ayudara a los trepadores con prolongados buen tiempo.

Cantidad de rutas, en diedros, fisuras y monolitos cubren una gama para la más afiebrada de las imaginaciones. Sería, sin duda alguna, el paraíso de los trepadores.

Con algunos caramelos en la boca reemprendemos la ascensión. Por un acarreo primero y luego por una vira ascendente, conectamos fácilmente con la parte nevada del couloir.
Allí como ya estamos suficientemente cerca del inicio de la ruta decido acampar en el lugar. No quiero dejar de aprovechar un hilo de agua que corre en esta sección. De continuar hacia arriba podríamos no tener. Improvisamos rápidamente una plataforma entre piedras vecinas, teniendo tiempo de sobra para cocinarnos unas sopas. En esos momentos innumerables avalanchas de la vecina Adela ponían la nota fúnebre en el conjunto.

Pared Sur de la Aguja Poincenot Patagonia Argentina

Pared Sur de la Aguja Poincenot Patagonia Argentina

Vista de Aguja Poincenot y cerro Fitz Roy. Foto: www.chaltenmountainguides.com

Toneladas de hielo y piedras, se desmoronaban por sus laderas. Estas avalanchas eran el síntoma que la temperatura desciende confirmando una promisoria estabilidad en el tiempo.

Al hacer frío las rocas se contraen por el hielo provocando su fractura y consiguiente derrumbe, luego la montaña entra en un sopor que continua durante toda la noche, inmovilizada por el frío despierta recién con la llegada de los primeros rayos del sol y allí comienza nuevamente el ciclo de caídas. Bien abrigados dentro de nuestras bolsas de dormir contemplamos este espectáculo, hacemos planes para el día siguiente y tras algún cansado comentario, dormimos placidamente. Es todavía oscuro cuando iniciamos los preparativos del desayuno, todavía en la bolsa, enciendo el gas que calentará lentamente, (el frío impide hacerlo rápido) una mezcla de chocolate con leche en polvo que he traído para esta ocasión.

El desayuno es doblemente importante pues durante el día habremos de comer poco, solo algunos caramelos y nada más. No podremos detenernos para comer, pues perderemos un precioso tiempo y tampoco sería recomendable. El organismo durante los grandes esfuerzos se resiste a admitir comidas pesadas, pues toda su atención la dedica al músculo y no al trabajo que insumiría la digestión. Es pues, que, bien desayunamos nos despedimos de la mochila que dejamos en el lugar con equipo que no habríamos de utilizar. La inseparable carpa del Aconcagua y Antártida, nos acompaña junto con 15 clavos en la sola mochila que Alfredo carga. Una soga de 80 metros, dulces para 2 días y una Pentax son todo el equipo que llevamos. Con los grampones puestos y piqueta en mano descontamos en una hora la distancia que nos separa de la pared. El día llega cuando el granito del inicio comienza.

Por lo general las paredes vistas, desde cerca y abajo pierden, y muy especialmente esta, toda perspectiva, haciendo muy difícil imaginar una vía de ascensión. El Poincenot con sus monolitos altísimos y bloques fracturados hacen muy confuso el itinerario a seguir.

Es por esto que un poco a ciegas me decido a comenzar con los primeros metros de escalada.

Atado en doble a la soga, dejando las piquetas y conservando un solo par de grampones que guarda Alfredo en su mochila, me elevo no sin trabajo sobre los primeros bloques.

Todo está frío y quieto a esa hora, inclusive los ánimos tardan en despertar. Es la hora elegida del trepador. Con la manos entumecidas, con las paredes en sombra, con el cerebro todavía no adaptado a la dificultad, hacen que sean estos momentos los más difíciles y peligrosos de superar. Para peor todas las fisuras se hallan repletas de hielo, y los chorrillos de agua que durante el día deben correr se encuentran congelados formando una peligrosa pátina de hielo. A los 10 metros de comenzar llego a una pequeña plataforma con nieve muy inclinada. Desde allí dudo si tomar una fisura que sale a mi izquierda o una pequeña chimenea que adivino, llevará a secciones más fáciles de la que actualmente estoy.

Me decido por la derecha, pongo un NUT antes de comenzar, solo por seguridad; luego un clavo con estribo y ya estoy en la parte difícil de la chimenea. El fondo, todo con nieve, ofrece solo y a su izquierda una fisura con verglas (hielo cristal) en su interior. Pruebo algunos clavos que al tantearlos salen fácilmente, pongo uno especialmente ancho con la esperanza que resista y previniendo a mi compañero pongo lentamente mi peso en él. Parado en el estribo habiendo ganado unos centímetros, busco la resolución de la salida.

José Luis Fonrouge, escalador argentino, Perú 1968.

José Luis Fonrouge, Perú 1968. Foto: Colección del Centro Cultural Argentino de Montaña


Un ruido seco y característico me sorprende en ese instante, y al segundo me encuentro de espalda cayendo en el vació
. Oigo que el clavo anteriormente puesto también saltó y me siento gruñir resignado al tirón que soportará el selo nut que afortunadamente aguanta.

Choco con la cadera duramente contra una losa pero el momento no está para lamentarse.
Contesto a Alfredo que está todo bien y rehago el camino poniendo nuevamente en orden el material caído. Afortunadamente no hemos perdido ningún clavo puesto que han quedado enganchados en un mosquetón con la soga. Me ensaño con la chimenea y luego de no pocos esfuerzos consigo superarla. Viene Alfredo con los Jumar, recuperando todos los clavos.

El sol domina en esos momentos el Cordón Adela y el Cerro Torre, exaltados por la escalada el tiempo ha transcurrido sin notarlo realmente. Miro el reloj, que marca las 11 de la mañana. Por la orientación de la montaña nos damos cuenta que el sol no iluminará la pared donde estamos sino pasadas las 19hs., es decir, que permaneceremos en sombras durante todo el día. En cierto modo nos favorece pues no tendremos tanta sed y con frío el organismo trabaja más descansado, equilibrando la pérdida de calor con el trabajo que realiza.

Lo malo vendrá cuando al amanecer tengamos que comenzar la escalada ateridos por la noche y sin sol para calentarnos. Se suceden una serie de largos de similar características, chimeneas con hielo, pequeñas fisuras y toda la gama de problemas con condiciones invernales. Nos sorprende un poco encontrar tantas dificultades en un tramo que creíamos desprovisto de ellas. Esto hace que demoremos más de los previsto y comenzar a pensar que no llevará solo dos días llegar a la cumbre si no, algunos más. Hechos a la idea, me tranquilizo mentalmente, ajustándome a las dificultades.

Luego de 6 largos llegamos a un importante nevé que atraviesa el zócalo del Poincenot. Desde allí observo el camino a seguir, y por cierto que no es clara para nada la altura que hemos ganado. Está todo indefinido, una cantidad de techos se suceden en una posible directa hacia el diedro superior; otras lajas lisas interrumpen el acceso a bloques fáciles que podríamos tomar para ganar la boca de la salida. En fin, una serie de incógnitas que tengo que resolver. Atravesamos el nevé buscando la izquierda de la montaña, allí algo me dice que encontraré la llave de la ascensión.

Una serie de largos se suceden en diagonales ascendentes sobre piedras nevadas o en atlética escalada sobre bloques y chimeneas. A las 7 de tarde la ruta se define, unos 50 metros de artificial nos colocaran sobre la sección de bloques fáciles que llevan al diedro grande que indica la salida. Desde ese lugar dominamos todo el valle pero el cansancio hace que no comentemos muy seriamente las maravillas que estamos viviendo. Me concentro en estos 50 metros. Antes de comenzar nos permitimos los primeros tragos de agua limonada que tomamos en el día. Como no trajimos el calentador por considerarlo de peso, nos será imposible derretir nieve, es por esto que ahorramos tomar de la botella presumiendo su ausencia a lo largo de la ascensión. Interiormente mantengo la esperanza de encontrar una marmita exólica (cavidad en la roca horadada por el viento) llena con agua.

Esta sección por mirar al oeste y recibir toda la fuerza del viento, es propensa a esta clase de formación, me abstengo de comentárselo a Alfredo, pues de hacerlo terminaría con la cantimplora. Comienzo con los 50 metros, el sol nos ilumina reponiendo algo de energías a nuestros cansados organismos. Una plataforma para vivac no puede estar muy lejos, esta ilusión y el agotamiento representado por las 14 horas de continuo movimiento hace que acelere los trámites de estos largos de artificial.

Al terminar, encuentro en efecto una buena plataforma pero el agua todavía no está.
Llega Alfredo y parto en busca de ella. Asciendo 20 metros y entre algunos monolitos encuentro el yacimiento y sin decir nada hago venir a Alfredo. Con mucha ceremonia le pregunto que desearías más en este momento!! AGUA, por supuesto contesta!! Bueno,..y con un gesto magnánimo le señalo mi descubrimiento. Fantástica recompensa para una jornada como la de hoy.

Bebemos, bebemos y fijando la soga al lugar descendemos con la cantimplora llena al lugar del vivac.
Son pocos los preparativos para instalarlo, rápidamente extendemos la carpita que parece ajustarse a las dimensiones de esta muy simpática plataforma. Completamente plana y con pedregullo en el piso, ofrece un excelente mirador al valle y al atardecer que se apresura a enrojecer. Estamos muy contentos, el día ha sido muy productivo y magníficamente finalizado, la presencia del agua levantaba los ánimos sugiriendo comentarios hasta bien entrada la noche. Fumamos en paz mientras masticamos despaciosamente algún chocolate extraído de la mochila.

No hemos traído las bolsas de dormir, cosa que hubieran faltado para hacer ideal este vivac, pero la carpa bien cerrada conserva en parte nuestro calor haciendo que transcurriera esa velada sin notar demasiado la ausencia del abrigo.

Alfredo Rosasco del Libro Horizontes Verticales en la Patagonia

Alfredo Rosasco del Libro Horizontes Verticales en la Patagonia


A la madrugada siguiente sentimos las manos hinchadas y muy sensibles al tacto con el granito


Debemos aguantar los dolores en los primeros momentos hasta entrar en calor que afortunadamente sucede enseguida. Usando la soga recuperamos los 20 metros descendidos el día anterior.

Los primeros movimientos son algo torpes, la pequeñas incomodidades del vivac se hacen sentir pasados los primeros 30 minutos de comenzar a escalar. Avanzamos al unísono por algunos bloques fáciles en aquellos que desde abajo habíamos divisado conduciendo al gran Diedro. Ganamos aceleradamente altura, luego el ritmo disminuye al encontrarnos con las dificultades que nos representan una serie de chimeneas y travesías ascendentes.

Estas nos derivan a nuestra derecha, centrándonos en el medio de la pared.
El esfuerzo es mucho y continuado, cada largo presenta un paso extremadamente delicado, los pequeños grandes trucos aprendidos en California valen oro en esas circunstancias.

Imaginando retrospectivamente ascensiones anteriores me es difícil comprender como es que no hemos usado de ellos, o como pudimos realizarlos sin ayuda de estas finezas tan sutiles como simples.
Alfredo por su parte, día a día capitaliza la ascensión, desenvolviéndose cada vez con mayor soltura. Rítmicamente extrae los clavos o NUTS que interpongo en la escalada, asimilando los secretos que guardan para su recuperación, cada uno de ellos.

El cielo durante las horas de la mañana permanece encapotado pero con nubes muy altas que no hacen temer ningún cambio desagradable. Esa resolana hace que mientras espero a Alfredo en un relevo, instantáneamente me quede dormido. Recién reacciono cuando me despierta el ruido que hace la piedra donde estaba apoyado. La soga por la cual pendía Alfredo estaba fijada a este y yo, para mejor seguridad, aguantaba con el cuerpo un posible deslizamiento. Al dormirse, seguramente balanceé alejándome del bloque que aprovechó entonces para deslizarse unos centímetros. Cuando llega Alfredo me guardo muy bien de hacerle el comentario. Me transborda la ferretería y reemprendo la ascensión.

Me toca enfrentar la parte más expuesta y extraplomada de la montaña, una variedad de fisuras encorvan sus salidas empujándonos al exterior, en estas secciones es Alfredo que lleva la peor parte pues los Jumar no son del todo prácticos en esas condiciones.

Balanceándose en el vacío es muy cansador recuperar los clavos que se alejan debajo de la vertical. A mitad de la tarde tropiezo con un inconveniente, una fisura aparentemente practicable se ensaña no dejándome pasar, extremadamente fina y vertical niega empecinadamente toda posibilidad rechazándome el punto de partida. A mi derecha, otra rajadura se ofrece a la progresión, pero extremadamente podrida hace que demore en sus 20 metros casi 2 horas de permanente tensión. Pero las dificultades no terminaron allí, otra fisura en impresionante exposición clausuró nuestra llegada al tope del Gran Diedro por donde veníamos subiendo. Es en esos momentos de extremas dificultades, de asombroso vacío, de delicado equilibrio donde reside toda el alma del alpinismo moderno. Ese continuo operar en situaciones extremas hace que el trepador se galvanice transformándose en algo ajeno a lo humano.

Alfredo Rosasco. Foto: Facebook Ulises Sila Vitale


El dominar el peligro a tan alto nivel hace que su existencia se divorcia de la realidad en que hasta entonces existía


Abandonando el canon primario de resguarda su vida. Al experimentar esos momentos se opera un switch a otros órdenes de cosas enfrentándose con él mismo, ausente de peso, ausente de materia.

Es bien tarde cuando llegamos al col. Hasta el momento creemos que era este el comienzo de las felicidades que nos ofrecerían los 400 metros finales que nos separaban de la cumbre. Pero es desagradable la sorpresa cuando encontramos una seria de lisos gendarmes que se interponen en la travesía hacia la gran pirámide cumbrera. Las nubes habían cambiado de forma y altura transformándose en una amenazadora tormenta, con todo rehago la moral comenzando inmediatamente atacando los resaltos. El granito es granuloso y blando, teniendo que extremar los cuidados al colocar los clavos, que de martillarlos demasiado, romperían la roca.

Al terminar los 40 metros, sube Alfredo limpiando la fisura. Desde ese punto un obligado rappel se imponía para alcanzar el próximo gendarme. Apresuradamente lo realizo comenzando inmediatamente a subir el resalto. Alfredo mientras tanto permanece en el lugar pues, de no ser así nos cortaríamos peligrosamente la retirada ante la imposibilidad de ascender la sección que desciendo colgado de la soga. El 2do. Gendarme es menos difícil superándolo fácilmente luego de algunos minutos, otros 40 metros se extienden cuando llego a su tope, le fijo la soga en el lugar, escalando el camino que resta hasta observar la ruta, prescindiendo de ella.

El espectáculo no es muy alentador, unas lajas difíciles se interponen defendiendo la subida a la cumbre. Un tanto intranquilo por estos inconvenientes retrocedo en busca de la soga organizando mientras, el plan a seguir. De atravesar todos estos gendarmes en el día de hoy en caso de tormenta nos sería muy difícil retroceder en sentido inverso, es por esto, que una vez junto a Alfredo descendemos hasta el col dejando la soga fija sobre los metros ganados del primer gendarme.

El lugar no es nada cómodo, un conjunto de lajas puestas en desorden niegan la posibilidad de una buena plataforma, teniendo que acurrucarnos lo mejor posible entre piedras que parecen comprimirnos. La posición es incómoda y la noche fría, estamos muy alto y esto se hace sentir. No tenemos casi nada de comer, las provisiones calculadas para dos días se extinguieron casi por completo, solo tenemos algunos caramelos que demoramos en chupar. Ninguno de los dos duerme, hechos un nudo tiritamos al unísono conmoviendo la carpita que parecer no abriga. Cada tanto una ráfaga de viento desprende de la tela la condensación congelada arrojando un desagradable granizo dentro del cuello o embocando en las orejas. Y así nos sorprende el nuevo día.

Acalambrados y tiritando nos obligamos a salir

Para colmo, el agua que olvidé poner junto al cuerpo se congeló en su botella negándonos sus estimulantes tragos. Observo el cielo encontrándolo todavía estable suficiente como para proseguir con la escalada. A las 6 estoy sobre la soga fija, las manos están hechas un desastre, casi sin piel y laceradas por repetidos martillazos. Hasta no acostumbrarlas el dolor será insoportable. Una vez en el tope le devuelvo los jumares a Alfredo que comienza a subir; mientras tanto me ingenio para fijar con cordines la bajada al segundo gendarme. Todo lo hacemos rápidamente, la visión de la cumbre y el frío de la madrugada contribuían a alimentar la impaciencia. Una vez terminadas las operaciones atravesamos en fácil escalada los tramos finales del filo. Como observé el día anterior una sección vertical interrumpe la llegada a la pirámide cumbrera, son unos 70 metros de desnivel con diferentes posibilidades de ascensión.

En las lajas invertidas Eduardo Vivaldi, Guillermo Vieiro y Edgar Koepke 1968

En las lajas invertidas Eduardo Vivaldi, Guillermo Vieiro y Edgar Koepke 1968

Vivaldi haciendo Rapel en el Fitz Roy cara Noreste 1968

Vivaldi haciendo Rapel en el Fitz Roy cara Noreste 1968


Alfredo me asegura mientras trepo por unos bloques inestables al borde del equilibrio, son tan peligrosos que advierto a mi compañero que cambie su posición en el seguro, corriéndose un poco al costado. Luego de esto efectúo un corto péndulo para evitar unos desplomes que se interponen en esta gran fisura. Para bien de todos y contra lo que esperábamos, los próximos metros ofrecen la posibilidad de hacerlos en escalada libre ahorrándonos tiempo y material. Nuestras ansias de llegar a la cumbre no hubieran permitido una mayor demora. Terminamos esta fisura sobre una cómoda y gran terraza, allí tomamos agua de unas cavidades con las superficies congeladas todavía por la hora; rompemos la delgada capa y como lobos sedientos satisfacemos nuestra sed. Las gargantas se nos han inflamado, y en un principio, creo que es angina pero como Alfredo también tiene, deducimos que es el agua por estar extremadamente fresca. En esa terraza las dificultades aparentemente habían terminado, muy practicables 300 metros nos separaban de la cima es por esto que dejando gran parte de la ferretería nos entregamos a una escalada tranquila, sólida y agradable. Unos lindos 48 grados se suceden entregándonos paulatinamente la llegada a la cumbre. Metros antes de arribar una desilusión cruza por un instante en mi mente, lamentaba que toda esta lucha que, a través de 3 días habíamos sobrellevado, terminase bruscamente con nuestra llegada a la cumbre. Ya estábamos plenamente acostumbrados al esfuerzo y nuestros sentidos habían sintonizado todos los murmullos, los matices y la temperatura del escenario que no rodeaba, haciéndonos integrar psicológicamente con los elementos.

Es con este ánimo que a las 14 horas toco la cumbre, a los pocos minutos llega Alfredo

Vivamente emocionado, este, el Poincenot, era Su Cumbre, en el verano pasado había con sus compañeros intentado abrir una ruta en esta montaña, retrocediendo por inexperiencia y mal tiempo, quedó entonces prendado con la idea de ascenderla.

Mi posición es algo distinta, mis ilusiones están en el Torre que paradójicamente nos observa desde nuestra misma altura, he venido aquí para entrenarnos y poner a punto una técnica que nos servirá para vencerlo. Como empresa ha sido exultante pero la cumbre “no es mi cumbre”. En Alfredo noto que está viviendo los momentos de su vida, es, aunque difícil de creer, su primera cumbre. Todas sus anteriores experiencias han sido en montañas de Bariloche o en cumbres menores, como Córdoba y Sierra de la Ventana. Excitado observa todo lo que nos rodea, la cumbre del Fitz Roy está al alcance de la mano. Una ubicación privilegiada hace que observemos la ruta francesa de ascensión, y la hecha por el grupo americano hace solo unos pocos días atrás. Dos rutas que simbolizan dos concepciones diferentes, la europea del año 52 y la ultra rápida del 68. Hasta el oeste la meseta blanca del Hielo Continental, más allá, cerros, cerros y más cerros.

Media hora nos demoramos en la cumbre y son las 3 de la tarde cuando comenzamos a bajar

Esos 1200 metros de desnivel se auguraban difíciles de descender, una serie de travesías que habíamos efectuado deberían ser abolidas en la bajada pues de otra manera demoraríamos muchísimo el efectuarlas en sentido inverso.
Destrepamos los 300 metros que nos separan de nuestro equipo abandonado en la terraza, pero en el ínterin por haber descendido demasiado, equivoco el camino perdiendo un tiempo que en esas circunstancias es precioso. Luego de un rato, reunidos todos, comienzan los rappeles, le siguen la larga travesía de los gendarmes y a las 18hs. pasamos por el último vivac. A partir de allí cronométricamente se suceden las maniobras, espectaculares rappeles araña (suspendidos y separados de la pared) hacen que concentrados transcurran las horas.

Y es a media noche cuando sucede lo imprevisible

Hallándome en el extremo de la soga me encuentro que el diedro por donde veníamos bajando, me niega la posibilidad de plantar un clavo para continuar. En la penumbra de la noche por más que busco no encuentro nada posible, Alfredo arriba y yo en posición incómoda se intranquiliza preguntándome a gritos que ocurría. La situación era crítica, de no encontrar el medio de seguir bajando, nos estancaríamos en ese lugar.

Alfredo Rosasco en Frey, Bariloche. Foto: Facebook Veetmano Alfredo Rosasco

La salvación era bajar. En el vértice del diedro una chimenea de 22 centímetros me ofrece como única solución la posibilidad de atravesar la última cuña de aluminio que nos queda. La martillo con sumo cuidado, y no me convence, solo los dos extremos que traban el artefacto, pruebo de nuevo y, más o menos queda.

Es una locura la que estoy haciendo pero en esas circunstancias es la única salvación.
Sin pensarlo dos veces digo a Alfredo que venga. La verticalidad es absoluta y cuando llega no hay lugar para asegurarse. Trabado con una mano a la chimenea con la otra libre recuperamos el rappel.

Lo coloco en la cuña rogándoles a todos los santos que me aguante

Sabíamos que si alguno de los dos se caía arrastraría con él, la soga, dejando al otro en posición definitiva para vestir santos. Cuando está todo en orden, me decido a descender. El corazón lo tengo en la boca y adivino en Alfredo la gravedad del instante en que pongo el peso definitivamente en la soga. Imperceptiblemente hago correr los centímetros hasta que, luego de unos 15 metros que me parecieron 100, adivino una fisura donde martillo algunos clavos. Ya más seguro, hago venir a Alfredo que repita la misma operación con igual riesgo. Hasta no estar los dos reunidos en los clavos que acababa de colocar corríamos el mismo peligro. Dulcemente se va acercando hasta llegar al relevo, recién allí, respiramos tranquilos. Esa noche teníamos bastante, un rappel más y arribamos al gran nevé que atraviesa el zócalo de la pared, decidiendo allí ubicarnos para el vivac.

Una noche más como todas las anteriores

Pero menos fría por estar más abajo. Las manos hechas trizas, están tan sensibles que no puedo siquiera rozarlas con la ropa. A las 4 de la mañana del cuarto día comenzamos a descender los metros que nos separaban del inicio de la ruta. Eran unos 300 que, de no ser por la nevada que de a ratos nos caía, hubieran sido más rápidos de efectuar.

Una bajada sin histeria nos deposita en nuestra mochila, a las 12hs. del 27 de Diciembre de 1968, día, en que por un extraño parangón, los americanos amerizaban de su viaje a la luna.

Jose Luis Fonrouge

Mapa ubicación Aguja Poicenot (Chaltén, Fitz Roy, Cerro Torre entre otros).
Foto: www.suedamerika-trekking.ch


Aguja Poincenot

La aguja Poincenot con 3005 mts. está ubicada en el sector norte del Parque Nacional Los Glaciares, es aproximadamente 350 metros más bajo que su vecino el monte Chalten o Fitz Roy, su particular figura puntiaguda es la que se destaca a la distancia. Forma parte del cordón de montañas que comienza con el Techado Negro seguido por el Mojón Rojo, la aguja de la S, la aguja Saint Exupery, la aguja Rafael Juárez, la Aguja Poincenot, el monte Fitz Roy, la aguja Mermoz, la aguja Guillaumet, el cerro Castillo Negro y el cerro Eléctrico.

Su nombre es por al montañista Francés Jacques Poincenot, quien fue integrante de la expedición que logró el primer ascenso del Monte Fitz Roy, por Magnone y Terray en 1952. A fines del año 1951, Poincenot falleció según dicen, ahogado intentando cruzar el río Fitz Roy durante la aproximación.

Su primera ascensión fue en 1964, por la cordada conformada por Don Whillans del Reino Unido y Frank Cochrane de Irlanda, la ruta escogida siguió la cara Este, la que con el tiempo sería considerada como la “Normal” , hoy se escala por sus diferente caras, cuenta con más de 20 rutas.

Ruta a la Aguja Poicenot. Foto: summitpost.org, www.tiemposur.com.ar


Como llegar al Campamento base

Para llegar al campamento base de la Aguja Poincenot, hay que tomar el sendero hacia Laguna de Los Tres, después de haber pasado por Campamento Poincenot (campamento para excursionistas) llegará al Campamento Rio Blanco (destinado a los escaladores).

Aproximadamente en 2:30 hs. son necesarias para llegar a este campamento desde el Chalten. Un campamento más alto se instala en el Paso Superior a unos 2000 mts., desde allí empieza la escalada. Para llegar al Paso Superior desde el Campamento Rio Blanco, es necesario subir primero a la Laguna de Los Tres que se encuentra a 1160 mts., luego caminar por la orilla izquierda, una vez, en el otro lado del lago, subir la pendiente empinada hasta llegar al Paso Superior.

Aguja Poicenot y Cerro Fitz Roy, El Chaltén. Foto: www.summitpost.org


Rutas

Cara Este

1)    31/1/1962   Whillans - Cochrane:
550 mts. V+ 70° M4. Don Whillans (Reino unido) y Frank Cochrane (Irlanda).

2) 6/12/2009. Fühle Dich stark, aber nicht unsterblich (Sentirse fuerte pero no inmortal):
400 mts.  A3+ 6c M5  Simon Gietl (Alemania) y Roger Schaeli (Suiza).

3) 11/1/1989 Patagónicos Desesperados:
550 mts. 6c A3. Daniel Anker y Michel Piola (Suiza) Oriol Baro (Cataluña) y Ramiro Calvo (Argentina). A finales de 2010 hicieron el primer ascenso continuo.

4)  5/2/1994   Whisky Time:
500 mts. 6c A4. Beat Eggler (Suiza) y Michal Pitelka (República Checa).

Aguja Poicenot. Foto: summitpost.org


Cara Norte

5)   02/02/2015   Invisible Line:
400 mts. 7a A1. Michal Brunner y Jindrich Hudecek (República Checa).

6)   12/3/2001 Potter-Davis:
400 mts. 7a C1. Stephanie Davis y Dean Potter (USA).

7)  19/1/2008   Banana Wall:
550 mts. 6c C1 M6. Sacha Friedlin y Frédéric Maltais (Canadá).

8)   08/12/1986   40º Gruppo Ragni:
550 mts. 6a+ C2. Paolo Vitali, Mario Panzeri, Marco Della Santa y Daniele Bosisio (Italia). Hasta la parte superior del contrafuerte oeste a 20 metros abajo de la cima.

8- 1)   1/2015  John Henry:
300 mts. 7a. Crystal Davis-Robbins y Jonathan Schaffer (USA).

9)    9/12/1996   The Old Smuggler's Route:
600 mts. 6a+ C1. Jim Donini y Gregory Crouch (USA).


Cara Oeste

10)   22/2/1977   Carrington-Rouse:
400 mts. 6a+. Rab Carrington y Alan Rouse (Reino Unido).

11)   18/2/2002. Southern Cross:
1000 mts. 7a C1. Jonathan Copp y Dylan Taylor (USA).                                                                               

12)   2/3/2010. Tango Viejo:
400 mts. 6b A3. Erich y Stephan Gatt (Austria).

La aguja Poincenot, donde murieron los escaladores. Foto: www.andeshandbook.org


Cara Suroeste

13)   27/12/1968   Fonrouge - Rosasco:
700 mts. 6c  José Luis Fonrouge y Alfredo Rosasco (Argentina).  

13-1)    1/2008  DNV Direct:
600 mts. 7a C1. Jason Kruk y Will Stanhope (Canadá).

13-2)   12/2010    Benedetti - DeGregori:
200 mts. 6c. Seis largos nuevos. Nicolás Benedetti y Esteban DeGregori (Argentina).   

13-3)   1/2004   Bransby - Tresch:
200 mts. 5+. Nueva línea entre Carrington-Rouse y la Southern Cross. Ben Bransby (Reino Unido) y Jvan Tresch (Suiza).

14)   12/2006   El Sacrificio del Ratón:
600 mts. 6c C1. Dave Sharratt y Freddie Wilkinson (USA), con la ayuda de Peter Kamitses.

15)  12/2011   Rise of the Machines:
650 mts. 6c A2+. Jens Holsten, Joel Kauffman y Mikey Schaefer (USA).

16)  28/1/1992   Judgment Day:
550 mts. 7a+ (6c C1). Jay Smith y Steve Gerberding (USA).

17)   9/1/1987  Historia sin fin:
550 mts. 6b+ A2. Fernado Cobo y Maximo Murcia (España). 9/1/1987, hasta el cruce con la Fonrouge-Rosasco.

Cara Sureste de la Aguja Poicenot, El Chaltén. Foto: www.camptocamp.org


Cara Sureste

19)   18/2/2012   Vía Russo:
750 mts. 6b A4 M4. Sergey Dashkevich, Mikhail Devi, Evgeniy Dmitrienko y Arkadiy Seregin (Rusia).

20)   22/2/1995   Bagual Bigwall:
750 mts. 6c A3+. Makoto Ishibe y Alexandre Portela (Brasil), Mike Schwitter y Andy Magg (Suiza).

21)   7-8/2/2005   Sperone degli Italiani:
900 mts. 6a+ A3. Adriano Carnati, Massimo Colombo, y Alessio Bortoli (Italia). 26/12/1986, a 100 metros de la cumbre. Silvo Karo y Andrej Grmovšek (Eslovenia) hasta la cumbre.

Rutas de la cara Sureste de la Aguja Poicenot, El Chaltén. Foto: www.pataclimb.com

 

Fuente: - www.pataclimb.com
                  - www.andeshandbook.org

 

Área Restauración Fotográfica del CCAM: Natalia Fernández Juárez

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