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- HISTORIA DEL MONTAÑISMO -



Ruwenzori, montañas lunares de los trópicos
Frontera entre Zaire y Uganda, África
- por Marcelo Lisnovsky -

La tercera de las tres grandes montañas de África fue también la tercera en ser conquistada, pero debe haber muy pocas aventuras tan apasionantes como la del descubrimiento y la escalada del Ruwenzori, o sea, las Montañas de la Luna.

Ubicación de las montañas de Ruwenzori, entre Zaire y Uganda, Africa
Ubicación de las mon
tañas de Ruwenzori, entre Zaire y Uganda, Africa

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El dramaturgo Esquilo escribió acerca del “Egipto alimentado por las nieves”. Aristóteles habla del Nilo que desciende de una “montaña de plata”, y Herodoto, de su origen entre “afilados picachos” allá en el interior del África. Ptolomeo, el gran geógrafo del siglo II de J.C. afirmaba que el gran río tenía sus fuentes en “las Montañas de la Luna”.

Durante siglos permanecieron ocultas a la vista del hombre, por su lejanía y por el clima particular que las rodea.

Montañas de Ruwenzori, entre Zaire y Uganda, Africa
Montañas de Ruwenzori, entre Zaire y Uganda, Africa

La causa de esto es que la naturaleza se encarga de que estas legendarias montañas de la antigüedad queden completamente ocultas a los ojos humanos. En contraste con las llanuras circundantes, que disfrutan de cuatro estaciones climáticas, dos húmedas y dos secas, las alturas de la cordillera tienen una sola, y húmeda. A decir verdad, esta región se considera hoy día como uno de los lugares más húmedos del globo y se calcula que la media anual de lluvia es de trescientos cincuenta días. Incluso en las raras ocasiones en que no llueve, el aire cálido que sube de los bosques y llanuras inferiores se condensa en una espesa niebla caliginosa que envuelve las nevadas cumbres.

Tan solo una o dos veces al año, y únicamente por espacio de muy pocas horas, la montaña se desprende de su nuboso velo y entonces se destacan sus ingentes perfiles sobre el cielo tropical. Aparte de esos momentos, permanece siempre literalmente invisible.

Henry Stanley, 1872. Foto: London Stereoscopic y Photographic Company
Henry Stanley, 1872. Foto: London Stereoscopic y Photographic Company

El honor de su descubrimiento recae sobre el explorador Henry Stanley, quien en 1888 pudo contemplar, el primero entre los hombres blancos, las Montañas de la Luna.

Stanley bautizó a las Montañas de la Luna con un nuevo nombre muy apropiado: Ruwenzori, “el que hace la lluvia”.

Otros autores, indican que la traducción del nombre sería “Ru-enzururu = colina nevada”.

Cualquiera sea el significado del nombre, el desafío estaba planteado: la montaña debía explorarse y llegar a su cima.

Bosque de bambu, Ruwenzori, Africa. Montañas de Ruwenzori.
Bosque de bambu, Ruwenzori, Africa

Se sucedieron las expediciones: en 1889, un compañero de Stanley, el teniente Stairs escaló las laderas envueltas en niebla, llegando hasta una altura de más de 3.000 metros.

Otros que lo intentaron en 1905, fueron Douglas Freshfield y su amigo A. L. Mumm, pero fueron rechazados por las implacables condiciones meteorológicas. Lo mismo le ocurrió en 1906 a A.F.R. Wollaston y un grupo de científicos del British Museum.

Ese mismo año, en abril 1906, el príncipe Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzzos, embarcó en Nápoles para ir a buscar, explorar y escalar la última gran montaña del África, que aún no había sido conquistada.

Refugios de Bujuku, Montañas de Ruwenzori, Africa
Refugios de Bujuku, montañas de Ruwenzori

La expedición del duque estaba organizada en gran escala. Además de un grupo de montañeros y deportistas, iba con él un pequeño ejército de técnicos y científicos, escritores, fotógrafos, médicos, guías alpinos y porteadores. El gobierno colonial inglés proporcionó a la expedición una escolta de soldados nativos, quienes junto con los expedicionarios formaban ¡un total de 400 hombres!.

El duque y sus compañeros, tal como lo habían hecho todos los grupos precedentes, se dirigieron hacia el Ruwenzori partiendo desde la costa oriental del África.

Desde Mombasa se trasladaron a Nairobi por ferrocarril y desde allí a Port Florence, en el lago Victoria, atravesando sucesivamente las espesas selvas costeras, el desierto de Taru, donde reina la mortífera mosca tsé-tsé, y las grandes praderas de la Meseta de Athi, plagadas de leones, jirafas, cebras, antílopes y búfalos. El viaje hasta Entebee, a través del lago Victoria, lo efectuaron en vapor, pasando un día y una noche sin ver tierra en medio de de este inmenso mar interior.

Zona de los Refugios de Bujuku, montañas de Ruwenzori, Africa
Zona de los Refugios de Bujuku, montañas de Ruwenzori

Desde Entebee, recorrieron unos trescientos kilómetros por senderos de la selva, hasta llegar a Fort Portal, en Uganda, que es la última avanzada de la civilización en los salvajes contornos del Ruwenzori.
Una vez rebasado Fort Portal, los expedicionarios avanzaron siguiendo el río Mobuku, que desciende hasta el lago Alberto Eduardo desde los altos de la Montañas de la Luna.

La región en la que estaban penetrando los montañeros-exploradores era de los más fantástico e inhóspito, una verdadera pesadilla de selvas, nieblas y lluvia. La cuenca del Mobuku era una inextricable espesura obstruida por una vegetación muerta y en putrefacción, a través de la cual tenían que abrirse camino a fuerza de hachazos y paso tras paso. Al fin llegaron al extremo superior de la cuenca, a una altura de 2.700 metros.

Los europeos de la expedición estaban casi totalmente agotados y los porteadores indígenas tiritaban a causa del frío, insólito para ellos.

Montañas de Ruwenzori, entre Zaire y Uganda, Africa
Montañas de Ruwenzori, entre Zaire y Uganda, Africa

Aquellos días y noches transcurridos en el campamento base fueron los peores de la expedición. La lluvia no cesaba nunca; la niebla no se desvanecía, y más allá del pequeño claro del cenagoso campamento no se veía más que un impenetrable velo grisáseo y fantasmal.

Sólo dos cosas los libraron de la derrota en aquellos momentos. La primera fue la paciencia y la decisión del Duque; la segunda, la perfecta eficacia de la organización, gracias a la cual se tenían a mano suficientes víveres y pertrechos, para resistir incluso varias semanas más de las previstas. Otra expedición peor equipada que aquella, aun en el caso de no verse vencida por el agua, sin duda habría perecido de hambre. El duque y sus hombres estaban preparados no solo para luchar, sino también para esperar.

Y finalmente, el tiempo comenzó a mejorar y los hombres se pusieron rápidamente en acción. En pocas y breves marchas se abrieron camino a través de los últimos kilómetros de intrincada vegetación, desembocando en las laderas superiores de la montaña.

Y allí tropezaron con un mundo no menos extraño y fantástico que el de las selvas inferiores. Ante sus ojos se extendía un maravilloso campo de flores: violetas, geranios y ranúnculos, lobelias y senecios, de un tamaño como dos veces la estatura de un hombre, y tan apiñados, que a los guías les era preciso abrirse paso cortándolos con sus machetes.

Escalada en hielo en el Pico Margherita, montañas de Ruwenzori, Africa
Escalada en hielo en el Pico Margherita, montañas de Ruwenzori

Frente a ellos, y en dirección Este, se alzaba un gran conjunto de picachos que resplandecían por entre la niebla; y en el acto comprendieron que aquellas eran las cumbres que buscaban.

La conquista de aquellas altas cimas la realizaron el Duque de los Abruzzos y los guías Joseph Petigax, Cesar Ollier y Joseph Brocherel.

Fueron ascendiendo lentamente por glaciares y campos de nieve hasta alcanzar las laderas de la cumbre más alta. Después de una atenta exploración, resultó que se componía de dos picos unidos por una arista nevada.

El menor de los picos parecía ser el de más fácil acceso, de modo que éste fue el primero que escalaron, sin hallar grandes dificultades en la ascensión. Cuando despejó un poco la niebla, continuaron hacia el pico principal.

Paso tras paso fueron avanzando, en apretada fila a través de las nubes. Lo único que veían era unos pocos metros de arista delante de ellos; a cada lado, la montaña caía en verticales precipicios, y los profundos abismos quedaban sumidos en la más impenetrable obscuridad.

La punta Alexandra, vista desde la cima del pico Margherita, montañas de Ruwenzori, Africa
La punta Alexandra, vista desde la cima del pico Margherita, montañas de Ruwenzori

En los últimos quince metros de la montaña hubo que poner en juego una pericia montañera de primerísimo orden al tropezarse con una canal resbaladiza cortada a pico desde la misma cima y sin presa alguna para pies ni manos. Uno de los guías se colocó en la base de la canal mientras otro se encaramaba sobre sus hombros y, clavando el piolet en el hielo de más arriba, se alzaba a pulso hasta una estrecha repisa desde la cual podía tender una mano a los demás. Esta maniobra se repitió una y otra vez.

Y de pronto, el Duque se dio cuenta de que por encima de ellos ya no quedaba ninguna otra pared de hielo por escalar, sino únicamente una densa masa de nubes: él y sus compañeros habían conquistado la más alta cumbre del Ruwenzori, las Montañas de la Luna. La fecha: 18 de junio de 1906.

El Duque dio a la más alta cima de la cordillera, el nombre de Monte Stanley, en honor del célebre explorador, y a sus dos picos nevados, les puso los nombres de las dos contemporáneas reinas de Italia e Inglaterra, Margherita (5.109m) y Alexandra (5.091m).

Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzzos, vencedor del monte San Elías, en Alaska, explorador del Polo Norte, Almirante de la flota, marino, soldado y montañero, dirigió ahora sus esfuerzos a las lejanas cumbres del Karakoram, donde una arista llevaría para siempre su nombre: la arista de los Abruzzos, en el K2.

Montañas de Ruwenzori, Africa. Foto: davidwallphoto.com
Montañas de Ruwenzori, Africa. Foto: davidwallphoto.com


Bibliografía:

- Grandes Conquistas, James Ramsey Ullman.
- Montañas de Nuestra Tierra, de Toni Hiebeler.
- Las Montañas, de Lorus y Margery Milne.
- Lo mejor de Desnivel, 1981-2001, de Sebastián Alvaro.
- Aventureros, de Jorge González.


 
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