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Segunda ascensión femenina al Volcán Lanin en 1961

En febrero de 1961, un grupo de ocho integrantes del grupo del Campamento de Ingeniería hizo cumbre en el icónico volcán con 2 integrantes femeninas y esta es la historia

Jorge Cramer



«Cuando una mujer se rinde es porque ha vencido»

                                                                                             Aldo Camarota

 

 

Desde el primer ascenso femenino en Europa en 1808 hasta nuestros días, centenares de mujeres han alcanzado las cimas de las montañas más altas del mundo, venciendo el miedo, la nieve, las avalanchas y los prejuicios.

Los 7 en la cumbre del Lanin


El subir montañas como deporte, pese a ser una actividad relativamente moderna, se le ha considerado siempre como una práctica eminentemente masculina. La historia del alpinismo femenino se remonta al año 1808 cuando la francesa Marie Paradis se convierte en la primera mujer en escalar la montaña más alta de Europa, el Mont Blanc, con sus 4.807 metros de altura, contra todos los pronósticos y los prejuicios de la época.


El volcán Lanin y las primeras mujeres que lo ascendieron

El Volcán Lanín es un símbolo en el sur argentino. La montaña tiene un mensaje- y el Lanín en especial- que se mantiene a través del tiempo.

El volcán Lanín no solo aparece desde la carretera emergiendo entre otras sierras menores también se lo ve desde las altas cimas mendocinas, al no tener a ninguna cumbre en su derredor, se lo ve claro y potente.

Hoy, en febrero de 2021, estamos a más de 82 años de que la primera mujer lograra hacer cumbre en el Volcán Lanín.

La protagonista de aquella proeza fue Nelly Frey de Neumeyer, destacada personalidad de la Patagonia argentina quien en febrero de 1939, con 25 años, se convirtió en noticia ocupando la primera plana de los diarios nacionales.

El 21 de febrero de 1939 se dio un hecho que hoy pasaría desapercibido pero entonces cobró relieve por ser la primera vez que una mujer logró desafiar las alturas del Volcán Lanín para hacer cumbre en el macizo, tras una extenuante excursión que la depositó en lo más alto del gigante, a 3.747 metros de altura.

Dr. Neumeyer y Sra. Nelly Frey en el Cerro Lanin. Foto: Otto Meiling, 1939, Archivo Visual Patagonico

Nelly Frey de Neumeyer, Nació en Bariloche el 18 de marzo de 1914. Foto: www.rionegro.com.ar


La protagonista de la proeza fue Nelly Frey de Neumeyer, junto a su esposo Juan Neumeyer y a Otto Meilling del Club Andino Bariloche.

Nelly Hedwig Frey nació en Bariloche el 18 de marzo de 1914. Era hija de Emilio Frey, uno de los integrantes de la comisión de límites e intendente del primer Parque Nacional de nuestro país (“Del Sud”, posteriormente Nahuel Huapi). Se recibió de maestra en Santa Fe a los 19 años.

Entusiasta de la montaña, su matrimonio con Juan Neumeyer (hermano de Otto Neumeyer) y su vinculación con notables figuras del andinismo regional le permitieron sobresalir en dicha actividad.

Se la reconoce en especial por ser una de las primeras que ejerció actividad política y educativa en forma destacada en la región. De hecho fundó tres escuelas en San Carlos Bariloche y fue edil desde 1973 hasta el golpe de Estado de 1976.

Entre sus numerosos méritos se puede mencionar que presidió la Convención Constituyente de Río Negro, redactó la primera Constitución Provincial (año 1957) e integró la Convención Municipal de Bariloche que elaboró la Carta Magna en el año 1987. Además dedicó parte de su vida al periodismo.

Nelly falleció en su ciudad natal, con jóvenes cien años y rodeada de las plantas y flores de su amado jardín, el 15 de julio del año 2014.

Carlos Y Mario en un descanso en el cañaveral

Investigando la cumbre del Lanin

Grupo de ingenieria, atras el volcan Lanin


Ana Bas y Nora Fernandez Lauria del VI campamento de Ingenieria, son las segundas mujeres que ascendieron al volcán Lanin, en 1961

En febrero de 1961, un grupo de ocho integrantes del VI Campamento de Ingeniería hizo cumbre en el Volcán Lanín. Incluimos un breve relato de la ascensión realizada por Mario Quesada y también el relato de dos mujeres, Ana y Nora, que integraban el grupo y nos cuentan aquí sus impresiones sesenta años después.

Es importante recordar el papel de los Campamentos Universitarios en los 50 y 60. Los Campamentos Universitarios fueron quienes vincularon, en esa época, a la juventud universitaria con la vida plena en la naturaleza, en donde la montaña se presentaba como un desafío compartido por ambos sexos.


Mario Quesada relata el senderismo previo y la ascensión final al Lanin

Llegamos hasta a Zapala tras un extenuador viaje y alquilamos un camión para que nos llevara hasta el lago. Transitamos la ruta 40 y luego nos desviamos por un camino que bordea el río Chimehuin y el lago Huechulafquen hasta llegar a la Pampa de Ruculeufú, una zona agreste pero protegida de los vientos en el Parque Nacional Lanín. Este escenario enmarcado por montañas pobladas de Lengas, Ñires y Pehuenes de gran altura, es el punto de encuentro entre los lagos Huechulafquen, Paimún y Epulafquen. Instalamos nuestro campamento al borde de la estrecha angostura de aguas calmas que une el Huechulafquen y el Paimún. El sol comenzaba a desaparecer tras los picos tiñendo de anaranjado el cielo mientras tomábamos unos mates y fantaseábamos con las aventuras por venir. A nuestra derecha la forma cónica de la cumbre del Lanín cubierta de nieve y hielo eterno, nos desafiaba, estábamos en el lugar indicado.

Pero aquel idilio con la naturaleza duraría poco, tuvimos tanta mala suerte que llovió en forma continua durante 14 días y aunque estábamos al pie del Lanín, no podíamos verlo.

El Campamento estaba conformado por 50 jóvenes con varones y mujeres por parte iguales. El método del Campamento era formar 5 grupos con un líder cada uno de mayor experiencia.

Salimos por la picada y cubrimos las mochilas con bolsas de polietileno tipo consorcio abiertas en los laterales y empezamos a caminar bajo la lluvia. Cruzamos la angostura entre los lagos Huechulafquen y Paimún, bordeamos el cerro Cantala llegando a otra angostura entre el Huechulafquen y el Epulafquen, cruzamos otra vez esta angostura en otra balsa precaria de troncos y bordeando este último lago llegamos hasta el fondo del valle.

Jorge Cramer en el volcan Lanin

Vista del Huechulafquen desde la cumbre del Lanin


El grupo del que participé éramos 10 y con ellos viví la aventura de superar una semana de lluvias en camino a las lagunas del Epulafquen. Allí encontramos pueblos originarios, en especial mapuches, que tenían su asentamiento dentro del parque, respetando el reglamento de conservación de la naturaleza.

Las carpas no eran suficientes para detener el agua de lluvia y las goteras entraban y mojaban nuestros bolsos de dormir. Solo prender un fuego para calentarnos y calentar la comida era un gran desafío. Primero había que encontrar pequeñísimas ramitas secas y con un papel prender el primer fuego que era el desafío. Si el resultado era exitoso le colocábamos otras ramas. Luego de 10 intentos gradualmente la pirámide se iba formando de ramitas cada vez más grandes para ir secándolas y prendiéndolas y la hoguera que nacía nos daba una gran emoción y calidez. Así entendíamos a los primeros hombres por esas tierras enfrentando los desafíos de la naturaleza.

Retomamos la caminata y después de dos horas, cansados y con la ropa mojada, encontramos a una señora chilena que nos invitó a tomar café en su rancho frente a un fuego reparador. Fiel a las costumbres de su país, nos sirvió el café en jarros grandes y lo acompañó con tortas fritas rellenas con dulce. Nos sentíamos en el paraíso. La señora vivía en el Parque Nacional en territorio argentino. Por aquel entonces, la política del Parque permitía que los pobladores que vivían allí desde antaño permanecieran en el lugar, aunque fuesen extranjeros, como nuestra amable anfitriona.

Pasamos una noche allí, algunas chicas durmieron en el rancho otras, como el resto de los muchachos, en las carpas cargadas por el peso de la lluvia. Luego con pesar emprendimos el regreso hacia el lago Epulafquen donde esperábamos poder abordar una lancha de Parques Nacionales que semanalmente hacía recorridos de rutina.

Una hora y media más tarde llegó la lancha de Parques Nacionales y nos llevó de regreso a la Pampa de Ruculeufú donde estaba el Campamento Base de Ingeniería.

Vista del Lanin

Carlos Acosta en el Lanin


El día que regresamos, el cielo finalmente se había despejado y pudimos ver la majestuosa figura del Lanín al fondo de la Pampa de Ruculeufú.

Aprovechando los últimos días de campamento, hicimos dedo hasta el Regimiento de Artillería de Montaña en Junín de los Andes. Sabíamos que las tropas que se encontraban a lo largo de la cordillera hacían andinismo estratégico, por lo tanto suponíamos que podríamos conseguir el equipo que necesitábamos. Pedimos hablar con el encargado de montaña, el Teniente Primero Pías y le explicamos que queríamos escalar el Lanín pero que no contábamos con equipo. Nos prestó sogas, grampones, mosquetones de hierro, clavos y piquetas. Eran materiales primitivos y muy pesados que no tenían fines deportivos. Aun así, regresamos con el cargamento como quien vuelve con un tesoro.

Cuando el resto del campamento regresó a Buenos Aires, emprendimos el camino hacia el Lanín. Bordeamos el lago Paimún y caminamos hacia la casa del guardaparque que se encontraba en el extremo oeste del lago. Al llegar al puesto el guarda nos indicó que siguiéramos el sendero bordeando la frontera hasta el paso Tromen.

Caminamos todo el día y acampamos para pasar la noche. Estábamos exhaustos pero manteníamos la determinación de alcanzar la cima del Lanín. Al otro día, seguimos una senda que acompañaba el curso de un río y nos encontramos con un pueblito con casas de madera que parecía salido de un cuento de hadas. Recién en ese momento nos dimos cuenta de que habíamos extraviado la senda y que nos encontrábamos en territorio chileno.

Más tarde nos enteramos que habíamos transitado una huella que usaban los contrabandistas para evitar los controles del paso fronterizo buscando bordear la frontera hasta el Lago Tromen bajamos hacia Chile y estábamos en Curarrehue.

Dormimos allí y reingresamos a Argentina al otro día. Cruzando en balsa un pequeño lago chileno y al llegar a la frontera los gendarmes nos permitieron alojarnos en el entretecho de un galpón similar a los que se pueden encontrar en Nepal u otras zonas de alta montaña. La planta baja oficia de establo donde se guarecen los animales y su calor y “olor” corporal contribuyen con el mantenimiento de la temperatura ambiente en el piso superior.

Vista del Villarica desde la cumbre del Lanin

Un descanso durante el descenso del volcan Lanin

Ubicación del Parque Nacional Lanin, Argentina. Cartografía: Nélida Iglesias y María Teresa Cereceda. Parques Nacionales, Aguilar

Ubicación del Parque Nacional Lanin, Provincia de Neuquén, Argentina
Cartografía: Nélida Iglesias y María Teresa Cereceda
Parques Nacionales, Aguilar, La Nación


Lanin ruta normal por el norte - relato de Mario Quesada

Dos días después emprendimos la subida hacia el Lanín, siguiendo las indicaciones de los gendarmes. Hicimos un día de ascenso y armamos un campamento precario en medio de la montaña a unos 2.200 metros. Habíamos dejado las carpas en la Gendarmería porque resultaban muy pesadas y solo llevamos las bolsas de dormir y las colchonetas. Especulábamos con una semana de buen clima tras los catorce días de lluvia que habían antecedido. Para protegernos del viento, improvisamos una especie de pirca sobre un fondo arenoso donde apoyamos las bolsas de dormir.

Muy temprano en la mañana nos pusimos los grampones y empezamos a remontar el glaciar norte hasta la cúpula de hielo que baja de la cumbre tratando de aprender a utilizar el equipo que habíamos conseguido Alrededor de las 3 de la tarde llegamos a la cumbre.

Nora y Ana María, se habían convertido en la segunda y tercera mujer que alcanzaban la cima del Lanin. Era un día esplendoroso, de esos que hacen que uno se vuelva andinista.

Nos paramos sobre el cúmulo de nieve y quedamos todos en silencio, mientras Jorge registraba con su cámara los volcanes chilenos, el Osorno, el Villarrica y el Puntiagudo, con una blanca nube sobre la cumbre que confirmaba los rumores de una pronta erupción. Casi alcanzábamos a ver el Océano Pacífico. Del lado argentino veíamos los lagos Tromen, Huechulafquen y Paimún desde donde veníamos. Cada uno celebró a su manera, cada uno sabía cuánto le había costado llegar, cuánto empeño habíamos puesto y cuántos obstáculos habíamos vencido.

Ya en la oscuridad, encontramos la “pirca” que habíamos levantado con anterioridad, en el comienzo del glaciar y llegamos al refugio improvisado. Como no habían quedado alimentos, pasamos la noche tomando té caliente para reponer algo de la hidratación y la energía gastada. Al otro día bajamos y aunque estábamos hambrientos llegamos exultantes al paso Tromen donde nos felicitaron y nos dieron de comer lo poco que tenían. Los gendarmes esperaban una partida de alimentos que estaba retrasada.

Al término de esta aventura nos fuimos por tandas, a dedo, a Junín de los Andes, a medida que encontrábamos algún turista dispuesto a llevar pasajeros. Por supuesto las damas fueron las primeras que lo consiguieron.

Volcán Lanín, Neuquén. Foto: Jorge Alvarez

Vista desde la cumbre del Volcán Lanín. Huechulafquen y el Lago Paimun


Relato de Ana Bas, compartido por Nora Fernandez Lauria

Dice Ana : “ Era la primera vez que iba a un campamento universitario, el de Ingeniería, llevada por mi hermano Pedro, también la primera vez que iba al sur del país y la primera vez en ver un volcán apagado tan perfecto como el Lanín, como lo dibujábamos de chicos, un triángulo con un copete de nieve eterna. Sobre esa punta habíamos visto que se formaba un aro de nubes que lejos de ser señal de santidad, era más bien todo lo contrario.

A instancia de Mario Quesada emprendí con siete entrañables compañeros una aventura inolvidable. Seis varones y dos mujeres, partimos desde el Lago Huechulafquen, que era el campamento base, a Junín de los Andes, al regimiento donde un entusiasta Teniente Pías, nos prestó grampones, bastones y cuerdas y su experiencia en la subida por la ruta más conocida.

Sorteando los traslados tan precarios en esos tiempos llegamos a la base del Lanín al puesto de Gendarmería. Allí supimos que dos andinistas, uno francés, habían tenido una tremenda experiencia con el mal tiempo en la escalada.

Tener 19 años permite un grado de audacia que minimiza los riesgos. Así al perfecto día siguiente, con sol y sin el aro, subimos hasta una altura donde ya había manchones de hielo y pasamos la noche a más de mil metros de altura, al aire libre en bolsas de dormir y bajo una brillante luna llena.

Bien temprano llegó el tiempo de los grampones, alguna encordada, el último tramo de roca y la cumbre. Absolutamente despejada, la punta del triángulo resultó bastante amplia, como para festejar, ser sujetos de las fotos de Jorge Cramer, bebernos todo alrededor y dejar el testimonio; nos costó dejarla. Esa sensación inefable de superación es incomparable.

La bajada resultó un poco más accidentada, algún deslizamiento en una grieta, la búsqueda del esquivo vivac que encontró Carlos Stevens y el desencuentro con el frasco de mermelada que soñábamos y que no estaba.

Ya oscuro terminamos el descenso. Los gendarmes nos dieron algo de cenar y poco crédito a nuestra “hazaña”. Nada podía afectarnos, el estado de plenitud era muy intenso y con él emprendimos el regreso, y al recordar esa mi única escalada importante siento revivir el espíritu que nos envuelve en la juventud y que nos empuja a conquistar lo desconocido, la vida misma.

Luego supimos que una sola mujer nos había precedido muchos años antes a Nora y a mí en esa escalada!”

Volcan Lanin

Vista aerea del volcan Lanin


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