Fue el jefe de la expedición polaca a los Andes de 1937, realizando la primera ascensión al Nevado Ojos del Salado
Nació el 4 de abril de 1909, Varsovia, Polonia. Montañista de los Tratas, activista turístico y medioambiental. Era hijo del escritor Ludwik Szczepański, hermano de Alfred Szczepański y nieto de Alfred Szczepański.
Comenzó a escalar las Tratas en el año 1926, y fue el primero en subir la cumbre Koscielec desde el poniente en el año 1928, la cumbre del Rumanowski, desde el lado Nordeste, en el año 1929 y la cumbre del Mnich, por el extremadamente difícil lado Norte, en el año 1935. Además, fue el primero en subir la cumbre del Smoczy, durante el invierno del año 1935.

Desde el año 1927, estudió en la Escuela Superior de Comercio de Varsovia y desde el año 1933, estudió arqueología en la Universidad de Varsovia.
En el periodo de la Segunda Guerra Mundial fue una activista de KWOWPTT, luego, del Club de Montañismo. Fue el presidente de la junta directiva del club que actuaba en la clandestinidad. Después de la guerra, fue durante muchos años uno de los principales activistas del Mountaineering Club, PTT y PTTK, ocupando diversos puestos directivos y contribuyendo a la modernización de la organización de la orientación turística, en las montañas de Tatra. Tambien fue miembro activo del consejo de administración de La Liga para la Protección de la Naturaleza, y con una intervención personal inmediatamente después de la guerra, salvó de la tala el bosque en las cercanías del refugio en Gąsienicowa Hala.
Conformando la cordada junto con Wiktor Ostrowski, fueron los primeros en escalar el Pico del Dragón, en invierno, en el año 1935.
En los años de entre guerra, participó en las expediciones polacas a la cordillera del Atlas, en el año 1934, al Cáucaso, en el año 1935 y a los Andes en el año 1937, se desempeñó como director de la expedición, logrando en todas estas montañas una serie de las primeras subidas entre las cuales se encuentran la subida a la segunda cumbre más alta de América, el Nevado Ojos del Salado, de 6.885 metros, conformando la cordada junto con Jan A. Szczeparnski, el 26 de febrero de 1937.
Este evento marcó un hito en la historia del montañismo mundial, no solo para Polonia, sino especialmente para la historia del montañismo argentino-chileno, ya que el volcán Ojos del Salado se convirtió en el volcán más alto de América.
Y nos relataba en un capítulo del libro En las Montañas de Atacama, memorias de una expedición polaca a los Andes, por Witold H. Paryski:
Antes de partir desde Polonia, nuestros planes no implicaba el ascenso al Nevado Ojos del Salado. Simplemente no sabíamos de su existencia.
Por lo tanto, no figuraba en el programa oficial de la expedición, según el cual nuestros principales objetivos eran el Nevado Pissis y el Nevado Tres Cruces.
Recién en los mapas que conseguimos en Buenos Aires, nos enteramos de que entre los nevados que íbamos a explorar se encontraba también la cumbre llamada Nevado Ojos del Salado. Sin embargo, había problemas con definir su altura: según algunos mapas tenía una altura de 6.100 metros, conforme a otros, 6.870 metros e incluso 6.880 metros.
Estábamos tanto más desorientados, que, según algunas fuentes, la montaña más alta de la zona era el Nevado del Pissis, según otras, alguna de las cimas en el macizo Nevado Tres Cruces, que aparentemente, llegaba a tener 6.956 metros, es decir, era más alto que el Aconcagua, la reconocida cumbre más alta de América.

Esta información estaría de acuerdo con los rumores que escuchamos en la capital de Argentina, sobre que en alguna parte de esta zona se encontraba la cumbre del nombre desconocido, supuestamente la más alta de América.
¿Cómo conciliar esas contradicciones? ¿De cual de las fuentes disponibles fiarnos? Ese momento no teníamos una respuesta. Las instituciones oficiales y competentes en Buenos Aires, entre otras el Instituciones oficiales y competentes en Buenos Aires, entre otras el Instituto Geográfico Militar, tampoco eran capaces de resolver la cuestión. Por lo tanto, los nevados hacia los que partimos, realmente suponían para nosotros un misterio.
Sin embargo, en verdad la literatura no disponía de información más detallada sobre el Nevado Ojos del Salado. Después de la expedición me dedique a la investigación en las bibliotecas polacas y en el extranjero y, efectivamente, descubrí que el Ojos del salado no había sido mencionado como la segunda cumbre más alta de América, sobre todo en las ediciones chilenas, a las que no teníamos acceso antes de la expedición. Además, resultó que, de todas las alturas suscritas a la cumbre, la más fiable era la de 6.870 metros, la que se había conseguido de acuerdo a mediciones trigonométricas, llevadas a cabo por la Comisión Chilena de límites. En cambio, el número 6.100 metros, se refería a la altura de una de las cumbres más bajas del Nevado Ojos del Salado.
El nevado debe su nombre a su cercanía al curso alto del río Salado, del cual está separado por un cordón montañoso, el Cordón del Río Salado, que hasta nuestra expedición no había sido nombrado.
Recién durante la estadía en la cordillera, empezamos a fiarnos gradualmente del mapa chileno, aunque tampoco privado de errores, que conseguimos en Buenos Aires a última hora, según el cual el Nevado Ojos del Salado con la altura de 6.870 metros, era la cumbre más alta de la zona.
El intento de ascender la cumbre lo incluimos en nuestro programa recién durante la expedición y con dos condiciones: primero, solo si encontraríamos el acceso a sus pies; segundo, recién después de haber logrado los principales objetivos de la expedición, es decir, el Nevado Pissis, que fue considerado la tercera cumbre más alta de América y el Nevado Tres Cruces.
Los reconocimientos que habíamos llevado Justyn y yo, desde la parte Este del Nevado del Ojos del Salado, no tuvieron buenos resultados. Si bien el relieve despertaba la esperanza de que por ese lado fuera posible acercarse con las mulas hacia los pies de la montaña y luego seguir a pie, no logramos encontrar un lugar apto para el campamento intermedio entre Sepultura y pie de la cumbre, donde hubiese agua y pasto para las mulas.

En cambio, por el lado Oeste, el Nevado Ojos del Salado, estaba separado de nuestra cuenca por otro cordón de montañas muy altas. En realidad fue la posibilidad de acercarse a los pies del Nevado Ojos del Salado, desde el Norte, pero ese acceso era muy lejano a nuestra base y también incierto.
Como había mencionado, durante el reconocimiento de los días 16 y 17 de febrero, Justyn, descubrió, aunque solo por prismáticos, un posible acceso a los pies del Nevado Ojos del Salado desde el Oeste.
No obstante, hay que reconocer que todos estábamos de acuerdo con que las posibilidades de ascender el Nevado Ojos del Salado eran mínimas. Solo a Justyn le podemos agradecer que finalmente decidimos atacar la montaña.
El 21 de febrero, ambos grupos abandonaron el campamento base en Tres quebradas y pasaron la noche a orillas del curso alto del Río Salado. Antes de que anocheciera, Justyn, decidió hacer un reconocimiento en la vertiente de la cumbre situada al Sur del campamento con el fin de ver con los prismáticos los detalles de la ruta que al día siguiente les acercará a los pies del Nevado Ojos del Salado. Ya que el cielo se cubrió de nubes negras, se vio obligado a volver al campamento antes de llegar a la altura deseada.
El 22 de febrero, en la madrugada Justyn y Jaszcz, acompañados por el joven Sosa, abandonaron el campamento del Río Salado. Una mula de carga llevaba su equipaje, alimentos y todo lo necesario para armar un campamento a los pies del Nevado Ojos del Salado.
Una vez atravesado un gran campo, llegaron a los pies del cordón montañoso que limita nuestra cuenca enorme desde el lado Noreste, el llamado por nosotros Cordón del Río Salado. Consistía de unas cuantas cumbres con vertientes de contrastantes colores blanco y negro y se extendía entre el cerro Solo y el Nevado González. El cordón del Río Salado cortaba el acceso a los pies del Nevado Ojos del Salado.
Atravesando una quebrada rocosa y, en ocasiones, superando grandes dificultades, finalmente lograron llegar a un portillo ancho en el borde Sureste del Cordón Río Salado. Después, un tramo llevaba en zigzags entre cerros en forma de islas y se estrujaba por las grietas entre los penitentes.
De gravilla y arena salieron paredes de hielo, que cortaron el camino, pero los alpinistas las desviaron por las vertientes arenosas, a las que las mulas subieron al parecer con el resto de sus fuerzas.
Sosa, cada vez que vio un obstáculo, insistía en que las mulas no fueran capaces de seguir adelante, mientras que Janek, proponía cambio de planes y un intento de ascender el cercano Nevado González.
En ese momento, la montaña mencionada, aún no tenía nombre; la llamamos simplemente N. el nombre se lo dimos para honrar a don Juan González, quien contribuyó con creces a los éxitos tanto de nuestra expedición, como la Walter Penck, el conquistador del Nevado de Incahuasi.
Con todo, Justyn, se empeñó en seguir adelante e insistió que el plan no se pudiera abandonar sin que fuera por una necesidad definitiva, y que las mulas pudieran y tuvieran que seguir, ya que el plan era real solo llegando en sus lomos al campamento a los pies de la montaña.
Las mulas estaban muy débiles, pero no se rendían. Sosa no estaba de acuerdo. Llegó un momento, en el que incluso Justyn, dudó. De pronto, el camino se vio cortado por un umbral de hielo. Si bien ese no fue muy alto, las mulas que obviamente no cuentan con alas, no lo pudieron atravesar.
Es verdad que no tienen alas, ¡pero las podemos sustituir por las espuelas!
La mula de Justyn, pinchada con las espuelas, partió corriendo hacia arriba y sufriendo torturas, logró pasar por la barrera de hielo. Con su ejemplo, también los demás animales lo lograron.
Los penitentes que hallamos más adelante en el camino, eran cada vez más pequeños y ya no dificultaban el paso. Los podíamos desviar por la suave arena. La caravana pequeña llegó a un valle cerrado, el lugar previsto para el campamento. Estábamos a una altura de 5.950 metros, el punto más alto al que logramos llegar con las mulas durante toda nuestra expedición.
Rápidamente, bajamos de los lomos de las mulas los equipajes, las alforjas y dos sillas. Al poco tiempo, Sosa y las mulas desaparecieron de nuestra vista; tuvieron que darse prisa para llegar antes de la noche a las orillas del Río Salado, el único lugar de la zona, donde había pasto, aun siendo de mala calidad, y agua. Desde arriba, Sosa, encontró un desvío del umbral de hielo.
Mientras tanto Justyn y Jaszcz, se pusieron a armar el campamento. Fue un campamento de lujo. Tenían una carpa para tres personas que resultaba muy cómoda para dos, la que permanecerá montada en el campamento hasta desmontarlo por completo, ya que, para el ascenso del Nevado del Ojos del Salado, los alpinistas contaban con una carpa de ataque para dos personas, más liviana, tipo Akar Ramada.
El lugar para dormir estaba más cómodo, que el suelo de la carpa se cubrió con cueros de cordero. Para cocinar usaban un hornillo tipo primus. Además, contaban con muy buenos alimentos, incluso aquellos que, por lo general, no solíamos llevar para las expediciones a pie, como, por ejemplo, pesadas latas de conservas.
Desde el lado Norte, hacia el valle caían glaciares casi verticales que brillaban en el sol. En el fondo del valle, a pasos de nuestro campamento, se encontraba un lago pequeño de poca profundidad que se congelaba por las noches y descongelaba de inmediato bajo los primeros rayos del sol. El agua, cuya fuente eran nieve y hielos derretidos, estaba dulce, porque no pasaba por ninguna superficie con residuos salados. A estas alturas casi todas las aguas de la puna son dulces, recién abajo se vuelven saladas y amargas, porque pasan por superficies llenas de sales.
Un cono simétrico y cortado de un volcán inactivo vigilaba el campamento desde el lado Este. Lejos en el Oeste se veía la cumbre Sur del Nevado Tres Cruces, cubierta de un glaciar colgante.
Sobre las frentes de los glaciares muertos, se alzaban altas y sinuosas montañas, que cortaban el acceso al invisible desde allá Nevado Ojos del Salado. Los alpinistas tenían la esperanza de que, al pasar por las crestas, la cumbre más alta fuera aparecer a una distancia alcanzable. Contaban con seis días para alcanzarla y volver al campamento. El día siete, Sosa y las mulas, aparecerían a las orillas del pequeño lago congelado.
El viento de la tarde trajo nubes y nieve. La temperatura bajó bruscamente, aunque por el día y en el sol se sentia bastante calor. ¿Cómo será el clima en la madrugada siguiente? La fecha de la vuelta, fijada para el séptimo día, era irrevocable.
Los primeros rayos del sol rápidamente derritieron la nieve, que había caído la noche anterior, y prometían buen tiempo.


Los alpinistas abandonaron el campamento; llevaron una carpa de ataque, sacos de dormir, alimentos para seis días y otras cosas de necesidad.
A través de arenas, un campo de hielo y un glaciar, finalmente llegaron a los pies de la primera cresta, que cortaba el camino.
Empezaron a subir por sus laderas empinadas cubiertas de talud y rocas frágiles. El tramo, si bien objetivamente fácil, les resultó agotador, dados el peso de las mochilas y la altura (más de 6.000 metros)
Muy cansados llegaron a la cima de la cresta en forma de cúpula a la altura de 6.400 metros. la cresta estaba cubierta de rocas de varios metros de altura, que formaban un tipo de laberinto, lleno de arena.
Después de cinco horas y media de esfuerzo, armaron el campamento. El tiempo empeoraba, nevaba fuertemente ¿El clima iba a empeorar con el paso del tiempo?
Justyn, se sentía muy bien, pero Jaszcz, no se encontraba en buen estado: se cansaba muchísimo, incluso con tareas fáciles, como llevar piedras pequeñas para afirmar la carpa. Por la noche cayó mucha nieve, que tuvieron que sacudir de las paredes de la carpa para que esas no se inclinaran para adentro.
Por la mañana, el día 24 de febrero, la playa arenosa alrededor de la carpa estaba cubierta de una capa de nieve bastante gruesa, pero en el clima seco del desierto el sol derritió la nieve de inmediato. Ese día se demoraron más de lo normal en retomar el ascenso, ya que, además de las tareas diarias tipo derretir la nieve para obtener agua y preparar el desayuno, tuvieron que secar la carpa al sol antes de desarmarla. Además, para salir de la carpa, siempre tuvieron que esperar a que saliera el sol, en caso contrario hacía demasiado frío.
Después de atravesar la parte faltante del laberinto rocoso, los alpinistas se encontraron con una barrera inesperada. Llegaron a una arista, que se iba estrechando y estaba rodeada en todas partes por un muro de roca de altura de entre 10 y 20 metros o incluso decenas de metros. Las paredes de las murallas estaban casi verticales; Justyn y Janek, no contaban con una cuerda. ¿Será que el intento de ascender el Nevado Ojos del Salado, terminaba allí?
Si bien era verdad que se podía dar la vuelta al muro, de ese modo se perdería mucho tiempo, que estaba limitado por la fecha de la llegada de las mulas. Una vez Janek, propuso abandonar el plan desesperante de lograr el Nevado Ojos del Salado, sobre todo, que, en el horizonte, en ese mismo camino apareció una cresta empinada de glaciar enorme, que tapaba la cumbre más alta, por lo cual era imposible evaluar, que tan cerca o lejos se encontraba. A cambio, propuso ascender otro de los seismiles en la zona.
Sin embargo, Justyn, también aquella vez, se empeñó en seguir adelante. Si la expedición polaca no consigue la segunda cumbre más alta de América ahora, durante los próximos días, quizás los polacos no serán los primeros en lograrlo. Hay que buscar la manera para superar la barrera y no ceder ante ella.
Tras encontrar la parte más baja y menos empinada de la pared, inventaron la manera más segura de bajar. Ya que no tenían cuerdas, armaron unas juntando todos los piolets, correas y cinturones con los contaban.
Asegurado por este medio, primero bajó Jaszcz, tras los cual Justyn bajó las mochilas. Después se quitó los zapatos para escalar con más facilidad y seguridad y descendió el mismo. Ahora bajar hacia el glaciar ya no era complicado, aunque habían perdido 100 metros de altura, lo cual a esas altitudes no era una bagatela.
Ante los ojos de los alpinistas se extendía un enorme campo de nieve con una superficie bastante plana, aparentemente fácil de atravesar. Sin embargo, eso resultó una trampa.
Se dieron cuenta de que el glaciar estaba cubierto de penitentes tapados de nieve. El pie o encontraba apoyo en la cima del penitente directamente bajo la nieve, o el hombre se hundía con todo su peso en la zanja camuflada entre los penitentes. Por lo tanto, fue imprescindible antes de cada paso quitar el piolet la nieve del siguiente penitente para reconocer, dónde poner el pie y evitar hundirse, una tarea muy agotadora.
Después de atravesar los penitentes engañosos, los alpinistas llegaron a la arista Oeste de la cumbre, que cortaba el camino hacia el Nevado Ojos del Salado. Al mismo tiempo que armaban el campamento en dicha arista en la altura de 6.400 metros, nuevamente empezó a nevar. Aquel día, los expedicionarios se acercaron unos cuantos kilómetros hacia el destino deseado, pero no ganaron nada de altura. Por la noche el cielo se despejó y aparecieron estrellas.
Al día siguiente, 25 de febrero, los alpinistas primero tuvieron que bajar unos pocos metros hacia el portillo que se encontraba detrás de la cumbre, la cual rodearon por el lado Oeste. Desde el portillo, escalaron directamente hacia arriba a la nueva cresta, que suponía otra barrera en el camino.
Al llegar a la arista de la cima de dicha cresta, pudieron comprobar que iban en buena dirección, porque finalmente pudieron ver el Nevado Ojos del Salado, por primera vez desde cerca. La cumbre rocosa se caía de manera vertical hacia el Oeste y estaba privada de nieve, con excepción de los restos de la nieve recién caída.
El tramo agotador por las crestas que en ocasiones cortaban el camino todavía no había terminado. Les separaba de su destino una cumbre más de 6.700 metros, continuaron su trabajo, esa vez con mucha esperanza de que el día siguiente fueran a llegar al destino.
Desde el lado Este rodearon la cima de la última cumbre-obstáculo y establecieron el campamento en su ladera. Para montar la carpa tuvieron que construir una plataforma horizontal de piedras en la vertiente a la altura de 6.000 metros, por la noche, empezó a caer nieve muy espesa, de ahí que pareciera dudoso el resultado del intento de alcanzar la cumbre más alta, previsto para el día siguiente.
¿De qué serviría todo el esfuerzo y perseverancia de varios días, en el caso de que el día siguiente traiga una ventisca o un ventarrón que congele el cuerpo y saque de los pulmones el oxígeno tan escaso a esas alturas?
Sin embargo, la noche trajo esperanza, en el cielo despejado empezaron a brillar estrellas.
El día 26 de febrero, amaneció despejado, soleado y casi sin viento, de modo que solo de nuestro esfuerzo, de las piernas, los pulmones y el corazón dependía el éxito. Esa vez, los alpinistas dejaron la carpa armada y partieron hacia arriba casi sin peso. Por la ladera Este, llegaron a la arista que formaba una gran herradura abierta hacia el Oeste, la cual probablemente suponía restos de un antiguo cráter volcánico. En el borde Suroeste de la herradura dos pequeñas elevaciones formaban la cima más alta del Nevado Ojos del Salado.
Los alpinistas polacos pusieron sus pies en dicha arista a las diez y media de la mañana, dos horas y media tras abandonar el último campamento y cuatro meses después de salir de Polonia. Fue así, cómo se conquistó la segunda cumbre más alta de América. Sin duda, fue un mérito de los dos polacos, que en ese momento se encontraban en la cima más alta de América en un radio de cientos de kilómetros.
Sin embargo, el éxito de la operación, también contribuyeron nuestro baqueano Juan Sosa, el organizador de nuestra caravana don Juan González, un polaco en Buenos Aires, Bronislaw Mechlowicz, quien con mucha dedicación nos ayudó para arreglar muchas cuestiones en la ciudad, y varias personas más. Incluso los turistas de Silesia Superior en las montañas de Beskides, quienes con cuantas monedas contribuyeron a que la expedición polaca al otro hemisferio fuera posible. La conquista del Nevado del Ojos del Salado fuera un éxito colectivo. Justyn y Jaszcz, se quedaron en la cumbre durante dos horas. Construyeron un montecillo de piedras, sacaron fotos, hicieron mediciones para el mapa, disfrutaron de la amplia vista. Sus miradas podían recorrer un terreno enorme, sin limitaciones, desde las montañas y cordones más cercanos y conocidos hasta los más lejanos, no conocidos ni por el nombre, y todos más bajos que la cima en la que se encontraban los alpinistas.
De repente, parados en la arista un tanto más baja que la cima más alta, escucharon un zumbido del motor. ¿Un avión? ¿Dónde? No lo pudieron ver. De pronto, desde la vertiente Oeste de la cumbre, a unos 200 metros más abajo, sobre las manchas de color cobre en el hielo se alzó una columna de agua, ampliándose hacia arriba en forma de un penacho. Con ese geiser, el Nevado Ojos del Salado, recordaba su tempestuoso pasado volcánico. ¿O quizás de esa manera querría honrar a los alpinistas polacos?
Desde la cumbre, los alpinistas por el mismo camino volvieron a la carpa armada para pasar una noche más. Por la tarde, empezó una fuerte nevada, después de la cual, todo quedó cubierto de nieve hasta los primeros rayos del sol.
El 27 de febrero, por un camino más corto que encontraron desde el Nevado Ojos del Salado, pudieron llegar en un solo día al campamento a la altura de 5.950 metros, allí descansaron durante 24 horas, esperando a que llegaran las mulas.
Según lo planeado, el día 1 de marzo, llegaron Sosa y las mulas, habiendo elegido un camino mucho mejor que el de ida. El campamento del Río Salado, donde los alpinistas iban a pasar una noche, les esperó el viejo Sosa y Bardón, que habían llegado de Tres Quebradas con carne fresca de cordero y cigarrillos. Justyn, se abalanzó a recibir los cigarrillos.
Como en el camino de vuelta desde el Nevado Ojos del Salado, perdió la lata con el tabaco, llevaba dos días sin fumar, de ahí su ansiado deseo de su vicio.
Los baqueanos les informaron que el segundo grupo había logrado escalar el Nevado Tres Cruces. Justyn, que estaba a cargo de la expedición, al saber que se habían conseguido todos los principales objetivos del viaje, por fin pudo respirar con tranquilidad.
Por la noche se escaparon las mulas, al parecer aburridas y por el mal pasto que recibían y el agua amarga a la orilla del Río Salado.
Después del desayuno, todos volvieron al campamento base en Tres Quebradas. Pero antes, Justyn y Bordón hicieron un reconocimiento. Se acercaron lo más alto que pudieron las mulas, tras lo cual Justyn, subió caminando la cumbre de talud que se alzaba justo al Sur del Campamento de Río Salado.
La estadía en la cordillera llegó a su fin. Se habían logrado todos los objetivos. El tiempo empezó a empeorar. Incluso en el campamento base cayó un poco de nieve y granizo. Todavía nos quedaba por atravesar dos altos portillos para llegara Chile, mientras que los baqueanos con las mulas tendrían que recorrer las montañas para volver a Argentina, antes de que llegara el otoño, o incluso invierno, con las condiciones climáticas tan peligrosas para los aventureros que atraviesan portillos andinos.
Dedicamos un poco más de tiempo a los últimos reconocimientos en la zona, sacar fotos, completar nuestras colecciones y empaquetar las cosas. Para el día 9 de marzo, habíamos fijado desarmar el campamento en Tres Quebradas y emprender el viaje de vuelta con toda la caravana.
Durante todo ese tiempo habíamos realizado observaciones meteorológicas, ya que nadie antes las había realizado. En realidad, en esa parte de la Puna de Atacama, con ayuda de instrumentos especiales, nadie los había realizado, salvo algunos muy irregulares y, además, se habían llevado a cabo mucho más al Norte del lugar donde nos encontrábamos nosotros.
Mis observaciones y mediciones confirmaron completamente que los Andes, en el limite Norte, entre Chile y Argentina, son las montañas más áridas del mundo de esta altitud.
En nuestra zona, yendo desde el Este hacia el Oeste, los terrenos de lluvias abundantes se convierten en terrenos áridos de manera repentina. El viento húmedo desde el Atlántico, trae mucha lluvia a la ciudad de Tucumán, donde las precipitaciones anuales llegan a los 1.000 milímetros. Las laderas Este de la Sierra de Aconquija, al Oeste de Tucumán, cuentan con 2.000 milímetros de precipitaciones anuales y están cubiertas de exuberante bosque subtropical. Sin embargo, una vez atravesada la cima del Aconquija, empieza otro mundo. A los pies de las laderas Oeste de ese cordón montañoso se encuentra un verdadero desierto de arena que se extiende hasta la costa del Pacífico y cuenta con solo unos pocos oasis y arroyos.
En este tipo de desierto la vida es posible solo gracias a que las cumbres más altas tienen su propio clima, mucho más abundante en lluvias.
Un valle o un altiplano a los pies de una cumbre alta, pueden no recibir ni una gota de lluvia o capullo de nieve durante meses o incluso años, pero las ventiscas en las cumbres altas las dejan cubiertas de nieve, la cual derritiéndose les da la vida a los arroyos.
En la puna, las precipitaciones tienen forma de nevada, pero son muy escasas. Durante nuestra expedición que tuvo lugar en el verano del hemisferio Sur (diciembre-marzo), llovió o más bien goteo, solo dos veces: en el Quemadito (a 3.450 metros) y en el Nacimiento (a 4.515 metros).
En el segundo caso, la lluvia al poco tiempo se convirtió en nieve, pero cubrió la tierra solo con una capa muy fina. En el campamento base en las Tres Quebradas (a 4.300 metros SNM), nevó solamente cuatro veces, pero tan escasamente, que la suma de todas las nevadas era solamente de 2,5 milímetros. Durante nuestra estadía en la cordillera, la nieve muchas veces cubrió las cumbres más altas, pero solo en ocasiones y hasta alturas menores de 5.000 metros, las nieves del invierno son las que alimentan los arroyos de la puna.
Durante la expedición no se pudo realizar mediciones de la humedad del aire, porque el instrumento para hacerlas se había dañado. Sin embargo, incluso sin mediciones, podíamos percibir que el aire en la puna era extraordinariamente seco. No transpiramos ni siquiera los días más calurosos, cuando era imposible tocar con la mano las rocas calentadas por el sol.
Gracias a la sequedad, por la tarde podíamos llevar la misma ropa calurosa que temprano por las mañanas en la temperatura más baja que 0° C.
Otra característica del clima en la puna son los grandes contrastes de temperatura entre el día y la noche. De acuerdo a mis mediciones, en verano la temperatura del día en el lugar de Las Tres Quebradas era de 9,7° C, la temperatura máxima 21,3° C y la mínima 10,5° C. La diferencia más grande entre el día y la noche, que pude anotar era de 24,3° C. por la noche casi siempre había heladas.
Otro rasgo característico de esa región son los fuertes y secos vientos normalmente del Oeste, que no traen lluvias. El viento del Oeste en la puna es tan vehemente y frío, que algunos de los portillos andinos se pueden atravesar únicamente del Oeste a Este, es decir, no en contra del viento.
Esos fuertes y constantes vientos unidireccionales contribuyeron a que los grandes terrenos arenosos tuvieran forma de olas. El viento vehemente y fuerte le da la forma a las piedras y a menudo cubre de arena los campos arados en la vecindad de la puna.
La velocidad más grande del viento, que pude anotar en el lugar de las Tres Quebradas, era de 31 metros por segundo, lo que corresponde a 112 kilómetros por hora.
La atmósfera en la puna siempre se halla cargada de electricidad. En la carga oscura, al frotar con la mano el pelo o la seda o incluso una hoja de papel, fácilmente se generan chispas eléctricas. En cambio, no nos tocó vivir ni una tormenta con rayos y solo una vez escuché truenos lejanos. Sobre los chisporroteos ya había hablado contando sobre la expedición al Nevado Tres Cruces, en cuyo lugar se produjeron.
Por lo general, el tiempo jugaba a nuestro favor durante toda la expedición, a excepción de las cumbres más altas. Sin embargo, los vientos fuertes eran un cataplasma a todas las alturas. Los baqueanos nos aseguraron de que, en otras estaciones del año, el tiempo era mucho peor y atravesar los portillos muy altos era una tarea imposible.
Otra cuestión interesante, vinculada al clima de la Puna de Atacama, tiene que ver con las nieves perpetuas y los glaciares. De acuerdo a la literatura científica, el nivel de las nieves perpetuas en la Puna de Atacama es el más alto del mundo y no existen allí glaciares.
De acuerdo a mis observaciones, efectivamente el límite de las nieves perpetuas en la Puna de Atacama, está más alto que en ninguna parte del mundo, pero sus rasgos más detallados no corresponden a lo que habían escrito algunos geógrafos y geólogos alemanes, quienes hicieron sus observaciones por prismáticos y desde una gran distancia.
De todas maneras, en muchas partes de la puna, las nieves perpetuas se encuentran recién a alturas de 6.300 metros, además, ninguna cumbre de la Puna de Atacama Sur, incluyendo el Nevado del Ojos del Salado, cuenta con ella en todas sus vertientes.
Con todo, llegamos a la conclusión de que en el macizo del Nevado de Tres Cruces y el Nevado Ojos del Salado, existían glaciares cubiertos de arena y gravilla. Quizás suponían solamente residuos de los antiguos glaciares.
Todo lo mencionado demuestra la poca información que hay sobre esa parte de Los Andes. La Puna de Atacama supone un campo de investigaciones interesantes para los científicos.
Continuaba con escritos Witold Henryk Paryski, nos decía, finalizando las descripciones finales: Durante la expedición se investigó un terreno muy poco conocido de los Andes argentino-chilenos en la parte sur de la Puna de Atacama. Además, se ascendieron por primera vez los enormes macizos montañosos: el Nevado Ojos del Salado, El Nevado Pissis, el Nevado Tres Cruces y el Cerro de Nacimiento; se lograron no solo sus cumbres más altas, sino también varios seismiles más pequeños (en general 11).
A la vez, solamente en dos de ellos (el Cerro de los Patos y el Volcán de Copiapó), se hallaron rastros de la presencia humana anterior (indígenas). Se descubrieron lagunas y géiseres desconocidos; se constó la existencia de glaciares en esa parte de los Andes, que supuestamente carecía de ellos. Se determinó que el límite de las nieves perpetuas es distinto de lo considerado anteriormente. Se realizó un esbozo topográfico de un terreno extendido en más de 3.000 km², en el que se corrigieron muchos errores de los mapas existentes. Se llevaron a cabo observaciones meteorológicas y exámenes fisiológicos a alturas muy grandes. Se completó una colección zoológica, incluyendo especies nuevas para la ciencia. Se hicieron observaciones de fauna y flora de un terreno casi inexplorado. Se hizo una colección geológica. Se descubrieron yacimientos arqueológicos y se sacaron más de 2.000 fotografías.
Gracias a las dos expediciones polacas a los Andes en los años 1933-1934 y 1936-1937, fueron los polacos los que por primera vez ascendieron a la segunda, tercera, cuarta y décima cumbre más alta de América y descubrieron un camino nuevo a la cumbre más alta de esa parte del mundo.
Anteriormente, las expediciones a las montañas de América del Sur sobre todo se integraban por los alpinistas ingleses, alemanes e italianos. Hoy en día nadie, quien escribe sobre el alpinismo en los Andes, es decir sobre el andinismo, puede omitir el papel de los polacos en ello. Incluso las editoriales alemanas en los tiempos antes de la guerra, aun siendo en la época de Hitler, informaban sobre los éxitos polacos, de igual manera que las editoriales estadounidenses, italianas, suizas y otras.
En Polonia muchos no lo saben. A menudo los polacos descubren sorprendidos recién en el extranjero que el deporte que nos trajo mucho éxito a escala mundial es el alpinismo. ¿Cuál fue la resonancia de los éxitos de los alpinistas polacos entre la población de los terrenos sudamericanos? Antes de las expediciones alpinistas polacas tuvimos tanto mala como buena fama en América del Sur.
Para no entrar en detalles, solo quisiera mencionar que el adjetivo polaco se había ganado anteriormente, sobre todo en Argentina, un significado tan negativo, que los polacos locales empezaron a evitarlo y a usar el adjetivo polones.
Aun así, nuestra expedición tenía el nombre Comisión Andina Polaca. Después de los éxitos polacos, sobre los cuales la prensa sudamericana informaba de manera extensa, el adjetivo polaco ganó un significado únicamente positivo y dejó de ser evitado. Además, los éxitos pomposos de los alpinistas polacos influyeron de manera muy positiva en los emigrantes polacos sobre todo en Argentina.
Muchos de ellos nos contaron, que se habían sentido muy orgullosos al leer en la prensa local tanta información halagüeña sobre el alpinismo polaco en los Andes. Por suerte, todos los efectos de propaganda resultaron perdurables. Aparecen y van a parecer siempre de manera distinta: en las editoriales alpinistas, geográficas y de naturaleza de todo el mundo.
Por ejemplo, en la edición reciente de la Gran Enciclopedia Soviética, la ilustración de la cumbre más alta de América fue hecha a base de una foto hecha por la expedición polaca. El día 26 de marzo, los cuatro abandonamos Copiapó y nos dirigimos en avión hacia el sur, a Santiago.
El equipaje mandamos en el tren. Desde arriba podíamos ver el Pacífico y la Cordillera de los Andes. No logramos advertir nuestros nevados, pero sí podíamos ver en todo su esplendor la Cordillera de la Ramada, el terreno de la actividad de la primera expedición polaca, en la que participó Stefan. Incluso nosotros tres, quienes la conocimos solo de fotos, éramos capaces de reconocer sus cumbres más importantes, empezando por la más alta – el cerro Mercedario.
Más lejos en el sur apareció el cono alto de la montaña más alta de América – el Aconcagua. Las cumbres de los Andes aparecían y desaparecían en la ventanilla del avión.
Hubiésemos querido pararnos al menos por un rato para observarlas de manera más detallada, pero el avión implacable nos llevaba rápidamente adelante. Ya el naturalista famoso Charles Darwin, quien viajó por los Andes, dijo: “Este es el destino de la mayoría de los aventureros: apenas descubren lo más interesante de un terreno, y ya lo tienen que abandonar”.
Trabajó en la oficina de Renovación de la capital 1945 y 1946, entre 1945 y 1946 estuvo en la Oficina para la Reconstrucción de la Capital, y en los años 1946 a 1950, en la Liga Marítima, y también fue miembro titular del Presidium de la Junta Principal del PTTK en los años 1950 a 1955 y fue miembro de la junta directiva de la Asociación Polaca de Turismo durante los años 1950 a 1955. Durante los últimos diez años de su vida fue director del editorial turístico del Deporte y Turismo. Fue uno de los principales militantes del Club de Alta Montaña de la Asociación Polaca de los Tatras y de la Asociación Polaca de Turismo, ocupando diversos cargos directivos.
Después de la guerra fue director de las expediciones polacas al Cáucaso en los años 1957 y 1958. Durante los últimos 10 años de su vida (1955–65), fue jefe de la redacción turística de la editorial Sport i Turystyka.
Contribuyó a la modernización del funcionamiento de los guías de montaña en las Tatras y otras montañas. Durante varios años fue miembro de la junta directiva de la Liga de la Protección del Medio Ambiente.

Es una forma de vida compleja y única, que entrelaza elementos de deporte, arte y misticismo. El éxito o fracaso depende del flujo y reflujo de una inmensa inspiración. Detectar una sola regla que rige esta energía es difícil: surge y desaparece como el impulso de bailar y permanece tan misteriosa como el fenómeno de la vida misma.
Si existe algo llamado materialismo espiritual, se manifiesta en el impulso de poseer las montañas en lugar de desentrañar y aceptar sus misterios.
En 1963, se convirtió en miembro honorario del Club de Alta Montaña.
Ha sido autor del libro Entre las montañas de Marruecos, publicado en el año 1935. Fue el principal creador y coautor de la obra colectiva Guía de Polonia, editada en el año 1963. Compiló una antología de expediciones polacas de montañismo y polares del periodo de entreguerras: Polacos, en los picos del mundo, publicado en el año 1964.
Falleció el 16 de marzo de 1965, en Varsovia, Polonia y fue enterrado en el cementerio de Stare Powązki.











Centro cultural Argentino de Montaña 2023