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LIBRO: APUS Y QHAPAQ ÑAN Estudio de las vialidades Incas en las montañas sagradas de los Andes

Gracias a la generosidad de Christian Vitry, quien nos comparte su tan valiosa obra, podrán acceder a su lectura, en forma gratuita, descargando el PDF del libro

Christian Vitry

Edición: CCAM septiembre 2023



LIBRO: APUS Y QHAPAQ ÑAN. ESTUDIO DE LAS VIALIDADES INCAS EN LAS MONTAÑAS SAGRADAS DE LOS ANDES.

 

Autor: Christian Vitry

Año: 2023

Formato: Digital

Páginas: 266

Idioma: Castellano

 

Apus y Qhapaq Ñan. Estudio de las vialidades Incas en las montañas sagradas de los Andes.

 

Link del PDF 

https://www.researchgate.net/publication/371635515_Apus_y_Qhapaq_Nan_Estudio_de_las_vialidades_Incas_en_las_montanas_sagradas_de_los_Andes

 

Otros libros del autor:

Uturuncos. Un itinerario desde el cerro de los Felinos. 2023

Dhaulagiri (2 ediciones) 2010-2017

Entre Nieves y Huacas. 2016 (co autor con Antonio Beorchia Nigris)

Voces en el Camino, Paisaje y cosmología en las rutas del Inca. 2011 (co autor con Cecilia Sanhueza y Donato Amado)

El Nevado de Cachi (3 ediciones) 2000-2005-2010

El Nevado de Chañi. 2006 (co autor con Emilio González Turu)

Catálogo del Museo de Arqueología de Alta Montaña. 2005 (co autor con Gabriel Miremont y Silvia Soria)

Aportes para el estudio de caminos incaicos. Tramo Morohuasi – Incahuasi. Salta, Argentina. 2000

 

Presentación

El trabajo que presento ahora, titulado “Apus y Qhapaq Ñan.  Estudio de las vialidades Incas en las montañas sagradas de los Andes”, es la versión en libro digital de distribución gratuita de una tesis doctoral obtenida en la Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras. 

Los “apus” representan a las montañas, las deidades andinas dadoras de vida y controladoras del clima; el “qhapaq ñan” es el camino principal y toda la red de caminos que conectó el Tawantinsuyu a lo largo y alto de andinoamérica. El subtítulo del trabajo es el que explicita la investigación realizada, es decir, el estudio de las vialidades que ascienden a las montañas adoradas por los incas.

El libro es una síntesis de muchos años de recorrer y estudiar a las cordilleras sudamericanas, en una tarea que inicialmente fue sólo deporte y luego devino en arqueología, con la consecuente fusión y potenciamiento de ambas pasiones. Inicialmente el objeto de estudio estuvo centrado en las montañas, cientos de ellas que ascendí en busca de evidencias humanas; luego, las investigaciones e inquietudes se dirigieron hacia los sistemas viales, habiendo podido observar, caminar y estudiar centenares de kilómetros en nuestro país, como también en Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, países actuales que otrora conformaron el extenso Tawantinsuyu.

 

Principales redes viales y adoratorios de altura del Tawantinsuyu; hemos contabilizado 228 montañas con restos arqueológicos.

 

Finalmente, como colofón de todos esos años de investigación en montañas y vialidades prehispánicas, emprendí el estudio sistemático de aquellos caminos que ascendieron hacia lo alto de los adoratorios o apus, ampliándose además la pesquisa hacia las entidades no humanas que conformaron ontológicamente los paisajes andinos, lo cual constituye el tema central del libro. Caminos ceremoniales que posiblemente requirieron más tiempo en su planificación, construcción y conservación que en el uso propiamente dicho.

Montañas consideradas como dioses, caminos ceremoniales que conducen a lo alto de estos adoratorios, entidades no humanas que interactúan con los seres humanos y que forman parte del paisaje, como lagos, ríos, rocas, animales, objetos; un mundo anímico que en tiempos modernos nos parece surrealista, pero que tuvo y tiene en muchos lugares rurales una gran vigencia, una cosmovisión ancestral que, si pudiéramos replicar, posiblemente salvaríamos nuestro planeta de tanta contaminación y a nosotros mismos como especie.

 

Nevado de Chañi, una montaña sagrada venerada por los Incas, se aprecia la cara Norte de la cumbre principal (Foto C. Vitry)

 

Con esta  cosmovisión me topé fuertemente por primera vez hace poco más de cuatro décadas, hecho que relato en el libro cuando hablo de “una experiencia personal” inaugurando el cuarto capítulo.

 

Plataforma ceremonial Inca cerca de la cima del nevado de Chañi, al fondo se aprecia la cumbre del Chañi Sur (Foto C. Vitry)

 

Una experiencia personal

El 2 de abril de 1982, coincidiendo con las celebraciones que se realizaban en todas las plazas argentinas por la supuesta recuperación de las Islas Malvinas, partíamos con un grupo de amigos en busca de una gran aventura, intentar el ascenso del volcán Galán ubicado en la Puna de Catamarca, de casi 6.000 metros de altura, del cual se conocía un par de ascensos en la década de 1950. Nuestro acercamiento sería repitiendo la ruta de los pioneros, esto es, por Angastaco, ubicado en el valle Calchaquí a más de 100 km de distancia y sin caminos de acceso. Dada la distancia, contratamos un arriero para que nos ayudara a transportar la carga de comida para medio mes de caminata. Don Victorino Séquila, un hombre curtido por la dureza del ambiente y poseedor de una gran alegría y humor nos guiaba por una geografía absolutamente desconocida para nosotros. Llegamos a un punto, donde por primera vez logramos ver a la montaña luego de cinco días de marcha y, en ese punto, faltando todavía dos días para llegar a la base del volcán, Victorino se plantó y nos dijo que no continuaría, que nos lleváramos las mulas y que él nos esperaría en ese punto hasta nuestro regreso. No entendíamos la razón de su abandono y, tras haber insistido mucho finalmente nos dijo: “no sigo porque el cerro se enoja”. Yo tenía entonces 16 años, mis compañeros eran más grandes. Al principio nos burlamos de él argumentando que la montaña era sólo geología, muchas piedras y cosas por el estilo, pero al ver la seriedad en su rostro nuestra postura cambió y tratamos de convencerlo aumentando su jornal. Sin embargo, pese a haberle ofrecido el triple de su paga Victorino se mantuvo firme en su decisión. Finalmente, a la mañana siguiente cargamos las mulas y continuamos solos, al llegar la tarde encontramos un buen lugar para acampar y decidimos armar la carpa. Esa noche, inesperadamente para la época del año, nevó copiosamente, cubriéndose todo con un manto de más de medio metro de nieve. En mi cabeza resonaban las palabras de don Victorino “el cerro se enoja”, pero mi razón impedía vincular el fenómeno meteorológico con la creencia del hombre. Fuimos hasta la montaña y tres días después nos encontramos con el arriero quien, con una mirada entre seria y picaresca dijo “¿y?” … a lo cual le respondí: “parece que el cerro se enojó”.

Esta experiencia iniciática marcó mucho mi manera de ver las cosas, abriéndome las puertas de otro mundo que, si bien conocía por relatos, nunca me había tocado vivenciar en carne propia. Lo que para mí eran piedras, fenómeno meteorológico y casualidad, para Victorino fue otra cosa, ese paisaje no era inerte, sino que estaba poblado de entidades y vida; él se crió con el mandato ancestral de que a esa montaña la podía ver de lejos, pero no llegar a su base ni mucho menos intentar subirla.

Debieron pasar muchos años para que finalmente logré una comprensión de la cosmovisión y dinámica social entre los andinos con su entorno “natural”.

 

Detalle de la estructura doble ubicada en la antecumbre del volcán Llullaillaco a 6.720 m (Foto C. Vitry)

 

El escritor francés Marcel Proust dijo alguna vez: “El único verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”, esta cita, en gran medida grafica las profundas transformaciones que pueden ocurrir cuando se cambia la perspectiva desde donde se analiza la “realidad”. En nuestro caso, como estudiosos de las culturas andinas prehispánicas y, siendo la antropología y arqueología disciplinas provenientes del continente europeo, resulta imperioso “mirar con nuevos ojos” para poder lograr un mejor acercamiento a las cosmovisiones locales. En las ciencias sociales este cambio de perspectiva se comenzó a manifestar en las últimas décadas a través de lo que se conoce como “giro ontológico”, desde donde se intenta despojar la perspectiva eurocentrista, antropocéntrica y cartesiana, a favor de una mirada interna, innovadora y localizada, para incorporar las visiones de los propios pueblos indígenas.

 

Organización del libro

  

El Capítulo 1 corresponde a la introducción, donde se presenta el problema de investigación, se analiza y expone el estado de la cuestión en el ámbito andino en general y Noroeste argentino, Norte chileno y Sur boliviano en particular. Aquí se exponen los objetivos generales y particulares, asimismo, las hipótesis de trabajo que guiaron la investigación. 

 

Mapa que indica las principales vialidades y montañas sagradas del Collasuyo, que fue la parte Sur del Tawantinsuyo. En esta área se concentra más del 50% de las montañas sagradas.

 

El Capítulo 2 está referido al área de investigación y los criterios tenidos en cuenta para la selección de la muestra, ya que, al existir varias decenas de montañas con evidencias de caminos ceremoniales, sólo se tomaron dos de ellas, esto es, el volcán Llullaillaco y el Nevado de Chañi. 

 

Camino ceremonial del volcán Llullaillaco, en las fotos se aprecia el ancho constante del camino (Foto C. Vitry)

 

Camino ceremonial del volcán Llullaillaco, en las fotos se aprecia el ancho constante del camino (Foto C. Vitry)

 

Camino ceremonial destacado por la nieve en el Nevado de Chañi (Foto C. Vitry)

 

En relación con estas dos montañas, amén de su localización geográfica, se realiza una descripción de los aspectos geológicos, geomorfológicos, climáticos, ambientales, biogeográficos y otros rasgos particulares que definen a cada área. Asimismo, se destacan algunos aspectos fisiográficos y particularidades de cada una de las montañas relacionados con sus geoformas, visibilidad y presencia en el paisaje local.

 

Camino ceremonial en el volcán Llullaillaco a 5.600 metros de altura (Foto C. Vitry)

 

En el Capítulo 3 abordamos los antecedentes que existen en relación con los estudios arqueológicos de las altas montañas y de los sistemas viales incaicos, tanto del ámbito andino en general como del Noroeste argentino en particular. Por otra parte, se realiza una reseña de los antecedentes vinculados a los caminos ceremoniales, tanto del volcán Llullaillaco como del Nevado de Chañi.

 

Sitio conocido como “cota de agua” ubicado a 5.788 metros, desde donde se obtenía el agua para ser transportada tanto hacia arriba como para abajo (Foto C. Vitry)

 

Sitio conocido como “cota de agua” ubicado a 5.788 metros, desde donde se obtenía el agua para ser transportada tanto hacia arriba como para abajo (Foto C. Vitry)

 

El cuarto Capítulo está referido al marco teórico y metodológico. El marco teórico se inicia abordando los elementos básicos de la ontología andina para luego detenernos en el animismo de los paisajes y objetos en los Andes. Seguidamente se aborda la metodología empleada que, luego de una introducción, se desarrolla en tres ejes: Los trabajos de campo y gabinete, por un lado, le sigue una propuesta metodológica para el estudio integral de los caminos y paisajes y, finalmente, se concluye con la propuesta de una serie de indicadores arqueológicos que definen los caminos y sitios ceremoniales de alta montaña.

 

El dibujo muestra como suele aparecer la evidencia de maderas y mojones colapsados (izquierda), y como se reconstruyen hipotéticamente los caminos en zigzag si empezamos a trazar líneas entre las maderas. 

 

El Capítulo 5 está dedicado a la presentación de los resultados y la discusión de estos (primera parte). Aquí se aborda el tema central del trabajo, organizando la información en dos partes. En la primera parte se realiza una breve revisión de las 59 montañas que presentan evidencias de caminos ceremoniales. 

 

Camino ceremonial en el Nevado de Cachi (Foto C. Vitry)

 

 

 Camino ceremonial que se dirige hacia la cima del volcán Quewar (fotografía Bernardo Cornejo Maltz)

 

Seguidamente, se expone un estudio toponímico de ambas montañas, considerando una valiosa herramienta para indagar sobre las antiguas narrativas. Luego se hace un análisis sobre los paisajes sagrados y la influencia de los apus dentro del mismo, lo cual concluye con una propuesta clasificatoria basada en las materialidades arqueológicas de las montañas y un análisis específico de ambas montañas y su relación con sus paisajes circundantes. La segunda parte de este capítulo constituye el tema medular, donde se describen, analizan y discuten los caminos ceremoniales y sitios de enlace del Llullaillaco y Chañi.

 

Camino ceremonial del volcán Llullaillaco poco antes de llegar a la cima (foto C. Vitry)

 

Antecumbre del volcán Llullaillaco a 6.720 m, se aprecia en primer plano las estructuras arqueológicas más altas del mundo y el camino ceremonial que se dirige hacia la plataforma donde los Incas ofrendaron tres niños a sus dioses. (Foto C. Vitry)

 

Por último, se finaliza con el Capítulo 6, donde se prosigue con una segunda parte de resultados y discusión, para finalmente plantear una recapitulación de los temas analizados y las conclusiones a la que llegamos luego del proceso de investigación de los caminos ceremoniales en las altas montañas andinas. Se pasan en limpio una serie de propuestas metodológicas y los aportes realizados.

 

Antecumbre del volcán Llullaillaco a 6.720 m, se aprecia en primer plano las estructuras arqueológicas más altas del mundo y el camino ceremonial que se dirige hacia la plataforma donde los Incas ofrendaron tres niños a sus dioses. (Foto C. Vitry)

 

Las montañas y los paisajes sagrados andinos

 

Las sociedades prehispánicas tenían una cosmovisión integral del paisaje el cual se constituía como un escenario simbólico o metafórico donde lo mundano y lo metafísico se fundían en una red de relaciones jerárquicas entre humanos y entidades no humanas. Las ofrendas y los gestos rituales fueron las herramientas de negociación permanente en ese mundo anímico del que sólo quedan girones de recuerdo.

No existe otra cultura en nuestro planeta que haya construido caminos hasta cumbres superiores a 6.700 metros; tampoco que hayan ascendido a más de dos centenares de montañas por arriba de la cota de 5.000 metros. Estas cifras no pretenden establecer récords ni competiciones; competir con nada, son en sí, evidencia de un esfuerzo sobrehumano ante el que, estas investigaciones, son el humilde homenaje que se rinde a esas personas que llevaron sus cuerpos al límite de las posibilidades fisiológicas humanas. Por eso conjeturamos que, si transitar por las montañas y a esas alturas requiere de gran experiencia por las condiciones extremas y caprichosamente cambiantes de la naturaleza (que pueden cobrarle la vida a cualquier persona) luego de los años que demandó este trabajo y de varias décadas como montañista, estoy convencido que, para esos menesteres, necesariamente debió existir algún “camayoc” o especialista en montañas y en ascensos, pues de otra manera habría sido imposible tamaña proeza.

 

Camino con muro de contención lateral y ancho constante (Foto C. Vitry)

 

Estos especialistas debieron conocer a la perfección las condiciones de las montañas y las maneras posibles de desenvolverse en ellas. Antes de las construcciones debió haber numerosas visitas a los apus para estudiar sus particularidades como la dirección predominante de los vientos, las posibilidades de obtención de agua, los riesgos de avalanchas o derrumbes, dureza del terreno, inclinación de las laderas, la localización de la mejor ruta de ascenso, la visibilidad de los sitios de enlace hacia la cima y hacia otros apus, éstos, entre muchos otros elementos que son imprescindibles para transitar por las montañas. Las ceremonias se realizarían cuando todo lo mencionado se hubiera ya solucionado. 

 

Estatuilla masculina de oro que formaba parte del acompañamiento mortuorio del niño del Llullaillaco. De acuerdo con la cosmovisión andina ancestral estas figurillas eran consideradas personas y/o huacas o elementos sagrados. (Foto gentileza MAAM)

 

Por ello dijimos al principio de esta tesis que los caminos ceremoniales requirieron más tiempo en su planificación, construcción y conservación que en el uso propiamente dicho. Estas tareas debieron requerir muchas personas y una gran energía invertida, además del minucioso control de las operaciones pues no estaban realizando construcciones en cualquier lugar, sino nada menos que en apus; por ello, la figura de aquel necesario especialista en montañas aún está vacante. Tal vez hasta ahora no la supimos descubrir en nuestras interpretaciones de las antiguas crónicas, posiblemente deberíamos profundizar más en los “wak’a camayoc” o los “capacocha camayoc”; pero quizás, por futuras investigaciones, ese especialista en caminos ceremoniales, montañas y cumbres aflore desde el pasado.

 

Estatuilla masculina de oro que formaba parte del acompañamiento mortuorio del niño del Llullaillaco. De acuerdo con la cosmovisión andina ancestral estas figurillas eran consideradas personas y/o huacas o elementos sagrados. (Foto gentileza MAAM)

                   

Esas montañas, como inmensos testigos de un pasado de esplendor y vitalidad seguirán cautivando los sueños de las personas que anhelan tocar el cielo. El volcán Llullaillaco y el nevado del Chañi, uno mirando hacia el océano y el otro hacia la selva, son los más altos hitos de un paisaje sagrado que cruza el continente. 

 

Principales resultados

 

Si bien la investigación se centró en el estudio específico de dos grandes cerros (Llullaillaco y Chañi), la misma se extendió en términos generales a todas las montañas de la cordillera andina y de otras cordilleras vecinas, llegando a registrar la presencia de caminos ceremoniales que se dirigen a las cimas de 59 adoratorios de altura sobre un total de 228, lo cual representa un 30%. Obviamente que esto no es definitivo, pues el trabajo recién empieza y quizás algún arqueólogo/a se entusiasme y prosiga con el registro y estudio de estos caminos ceremoniales. El aporte de este trabajo consiste en que por primera vez se estudia sistemáticamente los caminos ceremoniales.

 

Estatuilla masculina de oro que formaba parte del acompañamiento mortuorio del niño del Llullaillaco. De acuerdo con la cosmovisión andina ancestral estas figurillas eran consideradas personas y/o huacas o elementos sagrados. (Foto gentileza MAAM)

 

Otro resultado novedoso es la clasificación jerárquica de los “apus” de acuerdo con el tipo de evidencias arqueológicas que se hallaron en ellos, asimismo, mediante el uso del término andino “Tirakuna” se puede llegar a una mejor comprensión del paisaje cultural, un paisaje vivo donde diferentes entidades no humanas interactuaban con los humanos en un entramado social y jerárquico propio del mundo andino.

La propuesta metodológica utilizada, fue diseñada para una mejor comprensión de este tipo de evidencias que trasciende lo meramente arqueológico, abarcando montañas, lagos, fenómenos meteorológicos, tradiciones, costumbres, narrativas, comunicación visual, etc. Por ello la misma se divide en tres elementos (sustantivos, adjetivos y complementarios) que van abarcando todos los componentes que hacen a la comprensión de la cosmovisión andina del pasado.

 

Calzado de montaña usado por los Incas para ascender a las cumbres andinas, poseen tres elementos simbólicos para la protección de la persona que los usaba para transitar por suelo sagrado, donde en realidad deberían estar descalzos (foto C. Vitry)

 

Finalmente, una serie de propuestas interpretativas que, en lo personal, me resultan altamente desafiantes, como las rocas huacas o wak´as que a veces se encuentran en las cimas de los cerros y que pudieron tener una gran importancia ceremonial tal como investigamos, pudiendo haber sido estos ídolos portátiles considerados huauques o hermanos del Inca. Asimismo, las conocidas estatuillas de oro, plata o concha marina ricamente vestidas, proponemos que, de acuerdo con la cosmovisión andina, fueron consideradas personas no humanas, elementos sagrados de gran valor e incluso huacas portátiles. De este razonamiento se desprende la propuesta de interpretar de otra manera los escritos de los cronistas, cuando dicen que los incas llegaron a ofrendar centenares de niños a las montañas. La evidencia arqueológica de cuerpos humanos es de 27 distribuidos en 14 montañas, pero si consideramos a las estatuillas como personas el número se aproxima totalmente. 

Se trata sin dudas de una ventana a otro mundo, una propuesta a una mirada diferente de nuestras montañas y una aproximación a otras maneras de concebir la realidad. Una realidad que todavía perdura en muchas personas y comunidades rurales y andinas, un conocimiento que, en estos tiempos en el que nuestra sociedad “moderna” se alejó tanto de la naturaleza, resulta necesario regresar para preservar nuestro planeta y especie.


| COMENTARIOS(1)


18/09/23 01:57
Miguel Ángel RIVERÁ :
Excelente trabajo Cristian. Si está el Libro en venta por favor me avisan.

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