En esta nota una de las participantes de esta histórica travesía del año 2003 cuenta los detalles del viaje en un relato cargado de maravillosas y ricas anécdotas, siguiendo los pasos del General José de San Martín en la hazaña militar más destacadas de la historia del continente Americano
Éste es mi relato de lo que sentí en los 10 días inolvidables de mi vida. Fui una de las 30 primeras mujeres que formaron patrullas para cruzar la Cordillera de los Andes, siguiendo loa pasos del general San Martín al mando del Ejército de los Andes en 1817.
Muchas mujeres habían cruzado la cordillera antes que nosotras en el año 2003, pero no formando patrulla. Nos organizamos en 3 patrullas de 10 integrantes cada una.
Antes de viajar hasta Mendoza y una vez inscripta y confirmado el cupo de personas, comencé un entrenamiento en el Palomar de Caseros, en el Cuartel Militar, en la zona de Caballeriza.
Me reunía antes con las otras mujeres que, desde Buenos Aires, serían de la partida. Graciela, una de las mujeres del grupo nos llevaba al Palomar en su auto. Allí entrenamos equitación y algunas clases con el veterinario del Cuartel.
Todos los que vivíamos en Buenos Aires y participaríamos “del cruce” nos congregábamos allí para irnos preparando, lo mismo hacía cada integrante de la gesta en sus provincias de origen.
De distintas partes del país fuimos llegando al Edificio del Ejército Argentino Cdo. Br. VIII en la ciudad de Mendoza. Allí conocimos a nuestros jefes de patrullas, a nuestros compañeros y a nuestros Jefes de Expedición. El que íbamos a realizar sería el 5to. Cruce de los Andes a Lomo de Mula que era organizado por La Asociación Cultural Sanmartiniana “Cuna de la Bandera” de la provincia de Santa Fe.
El evento había sido declarado de Interés Nacional por la Presidencia de la Nación, la Cámara de Senadores de la Nación, la Cámara de Diputados de la Nación, el Instituto Nacional Sanmartiniano de la provincia de Santa Fe y por la Municipalidad de Rosario.
Al día siguiente nos trasladamos a El Plumerillo, campamento donde San Martín montó el campamento en el que preparó al Ejército de los Andes.
Un 5 de enero de 1817 fue allí jurada la Bandera de los Andes.
Apenas llegamos con el micro (debimos recorrer 8 km desde la ciudad), nos estaban esperando y nos hicieron recorrer las Instalaciones.
Luego, realizamos un simulacro con la vestimenta y equipo históricos Sanmartinianos, varios integrantes se vistieron con los uniformes de la epopeya Sanmartiniana.
La vestimenta de los Granaderos de San Martín consiste en un uniforme icónico que combina estética y funcionalidad, destacando el morrión (casco con penacho), la casaca azul con vivos granates, el pantalón azul con franja lateral, botas altas y una bandolera blanca que sostiene el sable, con elementos como carrilleras y galápagos
para protección, reflejando su rol de tropa de élite desde la creación de Regimiento en 1812.
…”San Martín comenzó el Cruce de los Andes el 17 de enero de 1817 y está hazaña le llevó todo enero y parte de febrero.”
En El Plumerillo nos mostraron los cañones que trasladó San Martín, y fue disparado uno de ellos para demostrar el estruendo del sonido; tocamos los fusiles pesados que nuestros soldados habían transportados en aquella época, las balas (que habían sido hechas tras el derretimiento de las campanas de las iglesias mendocinas) y todo el equipo de municiones de 1817.
El Regimiento de José de San Martín cruzó los Andes por 6 pasos: Comecaballos, Guana, Los Patos, Uspallata, Portillo y Planchón.
Cruzaron los Andes 5.000 hombres, 9.300 mulas y 1600 caballos.
Este fue nuestro primer simulacro (ya que tuvimos varios en la cruzada) y yo sentí que al pisar las instalaciones o barracas de adobe, con muy pocas comodidades, con piso de tierra y techo de paja… me transportaba en un segundo a los días de entrenamiento de los soldados del Ejército Sanmartiniano.
Era mi primer día y ya disfrutaba de revivir la historia argentina.
Había leído mucho de la vida de San Martín y nos habían aconsejado leer el libro “El Libertador Cabalga” de Pérez Pardella.
De allí, nos transportamos en micro hasta Estación La Canota donde almorzamos y tuve mi primer encuentro con mi mula, la número 98 a la que la llamaban “la boliviana”.Luego tuvimos una misa donde vi por primera vez, la imagen de La Virgen de las Nieves, cuya estatuilla nos acompañó en todo el Cruce y nos protegió en todo nuestro recorrido.
El sacerdote nos bendijo a los 130 expedicionarios. El grupo estaba compuesto por jinetes, militares y baqueanos del Regimiento de Infantería de Montaña 16 de Uspallata, los jefes de patrullas y Jefes de Expedición. Con edades que oscilaban de 15 a 67 años.
En este lugar nos encontramos las 30 mujeres que veníamos de distintas partes del país y allí nos separamos en tres grupos, cada uno diferenciado con un color ( el mismo color que tendrían las riendas de las mulas), mi grupo eligió el color amarillo.
Ponerle un color distinto a las riendas de nuestras mulas iba a facilitar ubicarlas más rápido entre más de 150 mulas.
Todos comenzamos entonces a cortar cintas amarillas para nuestro equipaje y también nuestras pertenencias.
Teníamos, y todas lo sabíamos, una responsabilidad enorme, ya que de nosotras dependía la prolongación de las patrullas de mujeres.
La montaña, como tantas otras cosas, eran prohibidas para la mujer. Las primeras mujeres escaladoras fueron esposas o hijas de montañeses (muchas se disfrazaban de hombre para poder subir a la montaña).
Aunque también está la realidad de que, en nuestros pueblos originarios como los Diaguitas por ejemplo, las mujeres vivían en la montaña, cultivaban en ella y trabajaban en ese ámbito.
El movimiento comenzó a las 07:00 horas. Después de haber dormido en una carpa con mucha ansiedad, desayunamos y fuimos a encontrarnos con nuestras mulas.
En los Andes no se dice” Mi Reino por un Caballo", sino "mi Reino por una Mula", a la mía le decían la boliviana y cuando yo hablaba con ella, porque le hablé y mucho… sentía que era mi protectora.
Partió la Expedición de Canota para Agua de la Cueva el día 7 de enero, ésta localidad se encuentra a 3100 metros de altura.
El transcurrir del día y la variación de metros en pocas horas hicieron que me bajara un poco la presión así que cuando comencé a sentirme mal avisé a mi jefa de patrulla, bajé de la mula y me acosté sobre las piedras por unos minutos hasta que pasó el inconveniente y continué la marcha por el camino que me llevaría al lugar donde dormimos.
Vi por primera vez uno de los cielos más hermosos que he visto. Satélites, estrellas fugaces, la galaxia en su plenitud, y otros objetos voladores que no identifiqué por sus movimientos rápidos, no lineales como los satélites,sino que se veían zigzagueantes y luminosos.
Anduvimos por la precordillera, y desde los cerros veía asomarse a los ñandúes, y guanacos que no entendían la presencia de tanta gente bulliciosa que alborotaba el lugar.
Ese día cruzamos por varios ventisqueros, con caminos sinuosos en algunos tramos íbamos en fila de a uno subiendo el angosto camino, y cuando eso sucedía se hacía una cola con el largo de 5 cuadras.
El calor se comenzó a sentir, después de unas horas de cabalgata, unos 33 grados al sol, después de las seis de la tarde comenzó a bajar y durante la noche a 11 grados bajo cero.
El cielo de la noche estaba cubierto de estrellas y se me congeló la cámara de fotos, a pesar de que la había protegido del frío, cubriéndola con mantas y la había guardado adentro de mi bolso.
Hubo varios accidentes menores de caídas de mis compañeros desde las mulas … yo recuerdo a Guido Braslavsky representando al Diario Clarín y su caída fue por suerte arriba de una jarilla que amortiguó su golpe.
Se quejaba el teniente primero Iván Arguelles Benett diciendo “Tres de las mulas que hoy tiraron a expedicionarios, son de calesita”
Llegamos al lugar donde dormiríamos a eso de las 18:00 horas, para poder elegir el lugar donde poner nuestra bolsa de dormir antes que comenzara a oscurecer.
Alta tarea la de colocar tu bolsa en un lugar de piedras grandes, ya que las chicas después de unas horas las sentís en tu espalda y se te hace difícil dormir. Es como que se te incrustan en tu cuerpo.
Nos dieron otra clase de historia, la segunda del día. Luego cenamos un guiso caliente y reparador de la jornada preparado por el Ejército. Después de escuchar la charla y antes que esté todo totalmente a oscuras nos fuimos a dormir y para que nuestra dormida no fuese tan incómoda pusimos en el piso de roca, la montura de nuestras mulas llamadas albardas, arriba de ellas pusimos las mantas gruesas de lana llamadas sudaderos, que se les pone a las mulas debajo de la montura para que no se dañe la piel, luego nuestra bolsa de dormir y arriba de ella dos mantas gruesas para no congelarnos.
Mi bolso estaba entre las mantas y mi cámara fotográfica de todas maneras se congeló. Entre el viento y el frío mi cara al cielo no podía creer lo que veía, la hermosura de una noche repleta de estrellas.
A las mulas las habían protegido con mantas de lanas muy gruesas y estaban todas juntas dándose calor.
Salió el sol temprano al otro día y a las 06:30 horas, el chocolate caliente con pan con dulce de leche fue un desayuno delicioso.
Con calorías en el cuerpo a las 08:00 horas comenzó nuestro día de cabalgata de Agua de la Cueva a Uspallata el 8 de enero.
Todos los mediodías teníamos una clase de historia. Aprovechábamos el horario de la comida para hacerla, ese mediodía nos dio una charla Miguel Brusasca quien nos cautivó a todos y absortos escuchamos el relato a cerca de nuestro Sargento post -morten Cabral.
Juan Bautista Cabral era hijo natural de una esclava negra de la hacienda de los Cabral en Saladas, provincia de Corrientes, era analfabeto y fue reclutado cuando San Martín formó el Regimiento de Granaderos el 3 de febrero de 1813.
En el Combate de San Lorenzo rescató junto al soldado Baigorria a San Martín de debajo de su caballo herido por la metralla de los enemigos y en ese momento fue atravesado por un bayonetazo, a raíz de la herida, murió en el refectorio del convento pocas horas después. Nunca pudo haber dicho muero contento “hemos batido al enemigo” en ese español castizo que cuenta la historia oficial, si tuvo últimas palabras fue en guaraní su idioma. San Martín hablaba y entendía perfectamente el guaraní ya que su nana en Yapeyú le había enseñado a hablarlo.
Los últimos kilómetros antes de llegar a Uspallata fueron cansadores.
El camino es ancho y su tierra es tan fina como polvo, las mulas eran tantas que íbamos muy lentamente subiendo, entre el calor agobiante de 32 grados y el polvo que nos envolvía y a pesar de ser un camino en descenso el calor nos abatía.
Nos despedimos deseándoles un buen camino a 5 gendarmes que hicieron a pie el recorrido final para llegar a pie a Uspallata y avisar que nosotros con las mulas, estábamos llegando al pueblo.
Antes de llegar al Regimiento RIM 16 atravesamos la ciudad de Uspallata, fue otro de los momentos más emocionantes que vivimos.
Todo el pueblo nos estaba esperando, con aplausos y cantos. Fuimos recibidos por la Banda de Granaderos a Caballo con el himno y la marcha de San Lorenzo.
Se me caían los lagrimones al ver las caritas de los niños y sus padres alegres aplaudiéndonos y homenajeándonos. Entre los cantos y la Orquesta.
Uspallata nos abrazó muy fuerte. Tuve que frenar varias veces a mi mula ya que los aplausos entre banderines y banderas, la asustaban, resulta que ella era asustadiza y los ruidos la alteraban.
Ya me había dado cuenta de ello porque me pasó que me había quedado sin agua en la caramañola y le pedí a un gendarme agua, él se acercó a mi mula delicadamente con su mula y estiró su mano con una botella fresca de agua, pero como era de plástico, crujió cuando yo la quise agarrar y la mula salió disparada como un cohete.
¡Qué susto que me dio!. ¡No la podía frenar!. Tampoco podía acercarme a ningún caballo o mula que tuviera banderines o banderas ya que el movimiento de las telas la asustaban.
El grupo llevaba varias Banderas. La Argentina, La de Chile, La del Ejercito de los Andes y Banderines de La Asociación Cultural Sanmartiniana “Cuna de la Bandera” ( ellos tenían que estar muy lejos mío para evitar problemas).
Los primeros expedicionarios llevaban las banderas, fuimos con un Granadero Omar Campos, quien transportaba la Bandera del Ejército de los Andes, un Patricio, la Bandera Argentina y las otras banderas de Chile, de Perú, de la provincia de Santa Fé y de la Asociación Sanmartiniana eran portadas por gendarmes.
Después de cruzar todo el pueblo de Uspallata llegamos al RIM 16 donde nos dieron habitaciones con camas para los dos días que estuvimos. Ellas tenían baños y me di cuenta de cómo extrañaba una ducha, no teníamos agua caliente pero eso no importaba, era un simple detalle, al pasar el jabón por mi cuerpo me dolió porque estaba paspada por tantas horas de cabalgata.
Luego de una clase de historia compartimos, junto a la gente del RIM 16, una rica comida de bienvenida, al otro día, era día de descanso, para estar preparados para volver a subir ( esta vez la Cordillera).
Yo salí a caminar por Uspallata, varios se quedaron en el Regimiento, salí a recorrer la ciudad tan hermosa por cierto.
A las 07:00 horas desayunamos en el Regimiento y nos dirigimos a Polvaredas.
A unos 25 km de Uspallata corre el río Picheuta, lugar donde se hizo el segundo simulacro la Batalla de Picheuta.
Bajé de mi mula acalorada, sin percatarme que ella también tenía calor, tenía las riendas en mis manos cuando mi mula vio el río y se fue corriendo a tomar agua, no la quise soltar y corrí con ella, la cosa es que quedé atrás, siempre te dicen que nunca te pongas atrás de una mula porque te puede patear, o refranes como “sos más terca que una mula”, por su carácter o “loco como una mula” o como en este caso “patear como una mula”.
Al frenar ella, llegando al río, yo caigo y quedo entre sus patas traseras, mis compañeros se asustaron y enseguida me sacaron de este sitio peligroso. Yo sabía que no me patearía.
El río Picheuta es muy torrentoso y es muy difícil de pasar de un lado a otro, allí está su puente.
Se le llama puente colonial Picheuta, es una construcción de piedra y argamasa encargado por Ambrosio O’Higgins, fue utilizado por José de San Martín para pasar los cañones tan pesados del Regimiento. Y fue el lugar donde se enfrentaron las fuerzas realistas con el Ejército Sanmartiniano.
Mientras le dábamos de beber a las mulas en este hermoso río, y nos disponíamos a almorzar, muchos compañeros se preparaban para nuestra clase (que esta vez se convertiría en el segundo simulacro, el simulacro de la batalla de Picheuta).
De repente y sin darme cuenta muchos compañeros se habían puesto los uniformes de realistas y de Sanmartinianos.
Omar Campos llevando la bandera del Cruce de los Andes y vestido de Granadero hacía de general San Martín, cuando lo vi moverse con su caballo y enfrentar a los realistas, lo vi a él, a nuestro padre de la patria, volví a recrear la batalla, todo era pasado hasta el puente me transportó…
El río Picheuta estaba embravecido y mojó la camisa y el uniforme de Omar Campos ( mi granadero preferido desde aquel día), él, luego se enfermó por esa mojadura ya que las temperaturas tan bajas a la noche, no dejaron que se secara su uniforme y enfermó con temperatura elevada, él representaba todo lo bueno y heroico de Nuestro padre de la patria. Y estoicamente no claudicó y siguió firme su misión.
Luego del Simulacro continuamos rumbo a Polvaredas.
Pasamos por Polvaredas, así quedó mi cara después de pasar por ese lugar. No hacía falta preguntar el porqué de su nombre, mi cara lo delataba. Llegamos a las 19:00 horas y antes que oscurezca comenzamos a elegir nuestra ubicación o nuestro reparo para dormir en la Estación abandonada de tren que dejó de funcionar 20 años atrás.
Yo no quise dormir adentro de la estación por miedo a algún insecto o arácnido me picara. Elegí poner mi bolsa de dormir en el piso de afuera de la estación.
Una vez elegido el lugar comenzó nuestra segunda clase del día y habló el Teniente Coronel encargado de las Telecomunicaciones en las Islas Malvinas, lo primero que nos dijo fue que la Argentina en las telecomunicaciones no estaba para enfrentar una guerra ya que los Handy, Walkie- talkie y la radio tenían muy poco alcance.
Cuando se comunicaban los argentinos y llegaban a algún lugar de las Islas, los estaban esperando los ingleses.
Comenzaron las bajas argentinas y él se desesperó. Había que hacer algo urgente. Se le ocurrió que habiendo muchos soldados Correntinos que hablaban perfectamente el guaraní se podían poner 4 soldados en puntos estratégicos… y todo comenzó a cambiar… los ingleses no entendían qué decían, se comenzó a recuperar tierras y no había tantas bajas.
El corolario de esto, es que actualmente en la Armada Británica hay una materia que se llama “Aprendiendo el Guaraní”. (Ellos están aprendiendo el guaraní y nosotros ni sabemos el inglés, es mi propia conclusión).
Después de éste día ajetreado y reflexivo me dormí, mirando otra vez el cielo, había más luces y fue hermoso pero con menos estrellas, nada de satélites ni estrellas fugaces.
Amanecí mejor, más descansada que el otro día, ya que la temperatura no era tan baja y el alero de la Estación de tren me cubrió la escarcha o helada nocturna.
Los desayunos a las 07:00 horas eran muy especiales, los gendarmes los preparaban con tanto amor, que sabían a rico y caliente, el pan recién horneado con dulce de leche y mate cocido con leche nos dejaba sensaciones increíbles.
Salimos de Polvaredas siguiendo la trocha angosta del tren, lamentaba que ese tren no existiera ya que tenía una vista tan hermosa, uno se iba metiendo en las entrañas de la montaña.
Nos habían preparado en el transcurso del cruce para el día que comenzaba, íbamos a tener que pasar por ventisqueros y atravesar algunos centenares de metros donde las mulas pisan sin más espacio que el ancho de sus patas, las montañas presentaban en sus sendas muchas curvas y las mulas quedaban en muchos momentos con las patas al aire a 4.700 metros de altura.
¿Cómo nos fueron preparando? se preguntarán.
Teníamos que andar sobre las mulas en las zonas de ventisqueros tirar el cuerpo hacia la montaña, sin estribos puestos, porque si la mula caía al precipicio, teníamos la posibilidad de caer en ese medio metro o menos.
Había que mantener distancia entre mula y mula de unos 3 metros para que si la mula de adelante o la de atrás cayera no arrastrara a la otra.
Megáfono en mano el “Chuly” Rodriguez comenzó a decir que teníamos que avanzar y en un momento me encontré con que había llegado mi turno, así que me puse de costado, sin estribos, bien suelta y mi mula comenzó a avanzar, pero ella estaba asustada y no sabía de metros, así que se puso bien pegada a la cola de la mula de adelante, yo como buena aprendiz comencé a frenarla para que se hagan los 3 metros… y ella que avanzaba y yo que la frenaba y entre forcejeo y forcejeo ya estábamos en el precipicio cuando escucho al “Chuly” con el megáfono “¡Clau Dejala!” y allí me encomendé a ella y dejé que hiciera lo que quisiera.
Al finalizar de pasar el precipicio, “Chuly” se mostraba preocupado y me preguntó si me había asustado, yo lo miré y le dije no. En verdad onfié en mi mula, ella no se iba a caer ni iba a tirarme.
No sé, si me creyó, pero nunca me asusté, siempre fue ella, mi mula, la asustadiza.
Quizá nunca temí con ella porque había leído mucho y sabía que las mulas son animales híbridos, estériles, resultado del cruce entre un burro macho y una yegua, ellas son la combinación perfecta entre la fuerza del caballo y la resistencia del burro. Son animales más fuertes que un burdégano, el cruce inverso.
Las mulas caminan con una pisada segura y adaptada a terrenos difíciles, heredando del burro un gran sentido de equilibrio y propiocepción, lo que les permite evaluar y sortear obstáculos con cuidado.
Cuando ellas van en grupo a caminar, especialmente en senderos montañosos, suelen seguir el ritmo y la huella de la mula de adelante, una estrategia natural para la seguridad y la eficiencia en terrenos complejos, como las zonas de ventisqueros, demostrando su inteligencia.
Por ese motivo es muy difícil que una mula se caiga, sigue la huella de la mula de adelante y sino, no continúa con su paso hasta tanto no estar segura. Por eso a la mula no hay que apurarla cuando se para ya que lo hace para comer o porque no está segura del terreno que está pisando. En cambio los caballos no siguen la pisada del anterior caballo y por eso es más factible que el que se caiga es un caballo que una mula.
Uno de los 6 pasos de San Martín se llamó el Comecaballos y se dio ese nombre justamente por las caídas.
Como los caballos y burros, las mulas caminan de puntillas (ungulígradas) sobre una pezuña única, una adaptación para la velocidad y para agarrarse al terreno.
Tienen un sentido de propiocepción (conciencia de su cuerpo en el espacio) muy desarrollado, heredado del burro, lo que les permite calcular la dificultad de cada paso en bajadas o saltos. Sus patas son fuertes y más adecuadas para terrenos montañosos y escalada que las del caballo, ofreciendo estabilidad.
Todos me preguntan cuando se enteran de mi cruce, si realmente San Martín cruzó con un caballo blanco y mi contestación es la misma.
“No solo fue blanco, sino que es muy factible que fuera caballo y no mula, ya que ellos son más rápidos y él los dominaba desde los 6 años de edad, ya de muy chico el padre le había enseñado a montar a pelo, directamente sobre su lomo sin utilizar montura.
Cansados llegamos al cerro Penitentes donde descansamos una media hora. Luego retomamos la cabalgata y dos horas más tarde llegamos al Puente del Inca.
Ducha, cama y cena en la Compañía de Cazadores de Montaña 8, este lugar me fascinó, nos recibieron con aplausos los Cazadores y nos mostraron su hermoso museo, con sus vitrinas con ropas antiguas, ¡tantas y tantas cosas! hay en este museo, desde piquetas, zapatos y botas antiguas hasta condecoraciones, toda una variedad de objetos increíbles.
Cenamos todos juntos y en un momento se armó una guitarreada, no duró mucho ya que al otro día todos nos levantábamos temprano.
Durante la cena surgió, de parte de algunos expedicionarios, la pregunta de el porqué no estuvo presente en las Islas Malvinas un grupo preparado y especializado para el frío como la Compañía de Cazadores de Montaña 8, (si alguien tenía que estar en Malvinas eran ellos los más especializados).
La respuesta fue que, ”Nosotros tuvimos que quedarnos custodiando la frontera con Chile, ellos tenían orden de entrar a la Argentina por Mendoza. Nosotros queríamos ir a Malvinas pero obedecimos órdenes de custodiar nuestras fronteras y es lo que hicimos, estuvimos todo el tiempo que duró la guerra allí en el límite".
Con esa respuesta entendí el porqué los Chilenos habían ayudado con combustible para sus aviones, en ubicación de los argentinos con sus radares y telecomunicaciones a los ingleses. Y pensé qué despareja fue la guerra por las Malvinas. También pensé en San Martín, en el pueblo que había liberado y los políticos de turno sin memoria, pensé en la ayuda de EEUU para Inglaterra, con los trajes de neoprene para el frío, con las armas que les dieron a los ingleses que eran de visibilidad nocturna y térmica, los visores que mandaron estaban especializados para captar calor…
Los gurkas, famosos por la bestialidad de sus soldados, por sus cuchillos curvos para cortar cabezas…
Los ingleses tuvieron mucha ayuda de otros países, hasta los kelpers ayudaban delatando la ubicación de los argentinos.
Cada Argentino que fue a Malvinas, fue un héroe, no peleó solamente con una nación sino con muchas…
Pero vuelvo a mi relato sin olvidar mi historia como país, como Argentina que soy, es mi obligación expresar lo que siento, porque tengo valores sanmartinianos, como decía San Martín “Seamos libres que lo demás no importa nada “o “si somos libres todo nos sobra”
“Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”.
Al otro día teníamos que atravesar de Puente del Inca a Cuevas, ese día amanecí con descompostura así que algunas horas de cabalgata no pude hacerlas ya que me sentía muy mal. Coincidió con las lastimaduras del caballo que utilizaba mi marido en ese momento y entonces le cedí mi mula, ya que la conocía tanto y sabía de sus berrinches y sus miedos para que continuara él con ella. Él ya había tenido un percance con una mula de otro expedicionario que al acercarse, lo había pateado muy fuertemente en su pierna derecha causando un hematoma que iba del tobillo a la rodilla.
Días antes de partir para Mendoza llama a casa “Chuly” Rodriguez avisando que el médico de la expedición no podía viajar y si él podía reemplazarlo, cosa que aceptó con gusto y mucha responsabilidad.
Mi mula lo iba a cuidar estaba segura de eso, le di las indicaciones para su cuidado y me subí al Unimog que utilizaban para seguir de cerca por ruta a la Expedición, en algunos trayectos los veía y en otros no, porque se adentraban en la montaña.
Las pastillas que había tomado me hicieron bien y al mediodía cuando pararon para almorzar me junté con mis compañeros para continuar con el cruce. Esa vez, dieron una mula que parecía un caballo por lo grande,era blanca totalmente opuesta a la anterior por el color y el tamaño.
Me tuvieron que ayudar a subir, ya que no podía sola, era muy alta y no me daban las piernas para llegar al estribo. Pese a estas y otras dificultades durante este tramo, mi nueva mula y yo logramos seguir subiendo la montaña.
Nos tocaba ahora el ascenso al Cristo Redentor, primero vadeamos el río Cuevas, donde los gendarmes tenían listos sus lazos por si alguien era arrastrado por la corriente. Yo no conocía tanto a esta mula pero hice lo mismo, confié en ella sobre todo en los grandes planchones de nieve y pendiente que habían antes de llegar al Cristo.
Se puso difícil en muchos tramos porque había mucha nieve, muy mala elección de color de campera pensé en un momento, campera blanca, mula blanca y rodeada de nieve. Combo perfecto para que nadie te encuentre.
La fila de a uno se hizo muy larga para subir esos planchones de nieve blanda. Pero nada era imposible para esta expedición, el corazón latía cada vez más fuerte porque estábamos cerca del Cristo Redentor, lugar de frontera con Chile y donde nos esperaba gente de las Fuerzas Armadas del Ejército Chileno.
No llegábamos más al Cristo, el ascenso fue muy despacio, por la gran cantidad de nieve.
Creo que el llegar al Cristo fue uno de los momentos más emotivos de toda la Expedición que vivimos los 130 expedicionarios.
Cuando subió el último expedicionario se cantaron los Himnos de Argentina y Chile, se hizo un encuentro del Ejército binacional.
Abajo del Cristo Redentor se sepultó una piedra traída del Cementerio de Darwin de las Islas Malvinas y trozos de turba. Todos los expedicionarios militares que habían estado en Malvinas tanto el Teniente Coronel Rodriguez “Chuly” o el Teniente Coronel Cabrera Rojo, colaboraron con palas para sepultar lo que habían traído de tan lejos, esos pedazos de tierra que tanto sentido emocional tenían para ellos y para nosotros, los pañuelos no nos alcanzaban por tanta emoción.
Hacía demasiado frío así que fueron rápidas las fotos y empezamos con la vuelta que duró dos horas más. Entregamos las mulas en Las Cuevas, nos despedimos de ellas con unas lagrimitas, pero todavía faltaba la frutilla del postre.
Todos los días y sobre todo los dos últimos, las mujeres tuvimos un trabajito extra, un hermoso trabajo extra que nos honraba… recogíamos las flores que veíamos en el camino. Teníamos una bolsa especial donde se colocaban con delicadeza. Ellas iban a convertirse en el ramo de flores de una novia, porque una compañera, Fernanda Larreteguy había conocido a otro compañero expedicionario el año anterior, a Julio Arias y en este segundo cruce quisieron completar su dicha, casándose en la iglesia chiquita entre montañas que está en las Cuevas. Nos estaba esperando el Cura párroco. Fue una ceremonia hermosa.
Como no entrábamos todos juntos en la iglesia, nos íbamos turnando para verlos, curiosas e inquietas estábamos las mujeres para que todo salga bien y no podía faltar el arroz que pedimos extra y la decoración de la iglesia.
Fue una ceremonia sencilla y cálida y muy emotiva.
Volvimos en micro al Regimiento de Infantería de Montaña RIM 16.
Nos entregaron nuestros Diplomas y premios al mejor compañero etc.
Todavía no se había terminado el cruce, a pesar de que habíamos recorrido 300 km. lo que sucede es que no podíamos ir a Chile con nuestras mulas.
Al otro día el 13 de enero, fuimos en dos micros rumbo a Chacabuco, en Chile, cruzamos la Aduana y nos fuimos a donde fue librada la batalla de Chacabuco, acto que culminó con la Independencia de Chile.
En Chacabuco no se llevaron uniformes de la época, no se realizó un simulacro pero tuvimos una lección de Historia maravillosa.
Aquí voy a destacar algunos nombres Bernardo O Higgins, Antonio González Balcarce, quien comandaba la infantería, Mariano Necochea, Tomás Guido, José Matías Zapiola, Juan Lavalle y Blas Balcarce.
Voy a contar un poquito de historia, me gusta la canción de Litto Nebbia cuando dice “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiere oir, que oiga”.
Las últimas horas del Cruce de los Andes, San Martín las hizo de noche, con antorchas para iluminar el camino, para encontrar a la mañana bien temprano a los realistas durmiendo. Chacabuco es un lugar que se encuentra como en un pozo, rodeado de montañas.
La orden de San Martín era que tenían que bajar todas las Divisiones juntas para sorprender a los realistas durmiendo, pero la euforia de O Higgins no quiso esperar y comenzó el descenso con su División, sin esperar a que las otras Divisiones estuvieran preparadas para el descenso.
San Martín tuvo que agilizar toda su estrategia, podría haber sido un fracaso. Hoy estaríamos contando otra historia.
Muchos hablan de O Higgins como que fue audaz y valiente en querer ser el primero que llegara a los realistas, pero las grandes batallas se ganan cuando las fuerzas se juntan, cuando hay un equipo de trabajo o en este caso una unión de Divisiones.
Recorrimos el lugar, vimos los monumentos y volvimos al Regimiento Comando VIII. Brigada de Montaña donde nos despedimos con un acto bello.
Cada uno volvió a sus provincias, a sus casas o a sus Regimientos con la alegría del sueño cumplido. Quiero agradecer a la vida este regalo, esta experiencia única e irrepetible, haber conocido gente magnífica como “Chuly” que siempre estaba ahí y tantos otros… Omar Campos, mi granadero preferido. Él era el primero en levantarse y el último en acostarse… mis compañeras de patrullas de mujeres. Se que juntas hicimos historia. Gracias.
Siempre sentí que quería a nuestra Historia Argentina, había leído muchos libros de la vida de San Martín, los respetaba, pero después de este cruce de los Andes, mi respeto pasó a admiración, yo crucé en el Año 2003, habían pasado 186 años de aquella primera vez… cuánto más frío, hacía en la montaña y la ropa de entonces no era tan acogedora ni abrigada.
Ellos cruzaron los Andes, sabiendo que tenían una batalla. Nosotros una paz interior. Cuánto más difícil fue para ellos, sin embargo 8 veces cruzó los Andes San Martín.
Cuando ganó en Chacabuco, ni festejó, ni durmió, volvió a cruzar para agradecer al pueblo Mendocino todo lo que el pueblo había hecho por él.
En Mendoza no había quedado ni una mula, ni un caballo, ni una campana de iglesia, ni una munición y ni un soldado, eran todas mujeres las que estaban en el pueblo, las que se habían encargado de coser sus uniformes, de juntar dinero, de cocinarles, de no ir físicamente pero sí con el corazón.
Remedios, a él lo esperaba con su hija Mercedes muy pequeña, tan solo seis meses de edad. Ella se había preparado para ir con él, pero se enteró que estaba embarazada y tantas horas de cabalgata podían ocasionarle la pérdida de su hija.
Se quedó con sus amigas, ellas las que habían cocido la Bandera de los Andes. Ellas que iban a acompañar a Remedios a cruzar a Chile, sus nombres son Laureana Ferrari, Margarita Corvalán, Mercedes Alvarez, Dolores Prats.
No hay que olvidar tampoco a Josefa Tenorio que se vistió de hombre para cruzar los Andes, ni a Martina Chapanay, que hacía de chasqui de San Martín, una de las mujeres indígenas más recordada de Cuyo. Y no sólo de mujeres patriotas que lo dieron todo, nunca hay que olvidar a los soldados de primera fila en los combates, que eran la gente de color, los esclavos negros que se habían enlistado y a los que San Martín les había prometido su libertad al regresar. Ellos, a quienes San Martín llamaba con todo respeto “mis queridos Negritos”. Ellos que estaban al frente de las batallas.
Todo fue tan difícil, la plata que no alcanzaba y Buenos Aires que no se la daba, si no hubiera sido por Juan Martín de Pueyrredón que le dio los 500.000 mil pesos que le pedía San Martín, tal vez no hubieran podido concretar el cruce… y tantas y tantos problemas surgieron, que repercutió en su salud, causando dolores insoportables en su estómago, que lo partían en dos. Él General sufría de úlcera péptica o gastroduodenal, tenía hemorragias digestivas, pero su tenacidad, su carácter, su honor, su responsabilidad, eran primero que su salud.
Todos hablan del Cruce en camilla tomando opio para los dolores, y no de los 8 cruces que realizó en total.
El cruce de los Andes fue una hazaña militar, una de las mayores proezas de la historia militar mundial, por ser de extrema dificultad logística y geográfica.
San Martín y sus hombres cruzaron pasos peligrosos a más de 4.500 metros de altura a nivel del mar.
No debemos olvidarnos de Nuestra Historia Argentina. Nuestra historia nos dice de dónde venimos y nos enseña a entender dónde estamos, a la vez que nos hace reflexionar sobre a dónde queremos ir.
Lo que hicieron, aprendieron y crearon nuestros antepasados ahora es parte fundamental de lo que somos. ¡Viva la Patria Carajo!.











Centro cultural Argentino de Montaña 2023