Arqueología

Primeras expediciones arqueológicas de alta montaña en la Puna Argentina

Estas cuatro campañas arqueológicas argentino austriacas a las cumbres de la Puna de Atacama fueron realizadas en los años 1956, 1958, 1961 y 1965 a los cerros Galán, volcán Llullaillaco y Ojos del Salado entre otros.

Mathias Rebitsch Traducción del alemán por: Christian Federico Buohrucker, Revisada por: Juan Schobinger Texto de la Universidad Nacional de Cuyo publicado en 1966.

Edición: CCAM



 


 

 

El autor del libro en la primera de las construcciones del cerro Galan.
Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Ubicación del Volcán Llullaillaco (Salta) y el Volcán Galán (Catamarca), Argentina



Ubicación del cerro Ojos del Salado. Provincia de Catamarca, Argentina


Primera Expedición de 1956

Habíamos sido informados acerca de pircas existentes en la cumbre de una montaña de aproximadamente 6000 mts., en el desierto de Atacama (Cerro Galan). El fin parcial de nuestra primera expedición atacameña fue esclarecer el significado exacto de esos restos pétreos.

El 5 de enero de 1956 partimos de Buenos Aires Verena y Andéis Bolinder —matrimonio sueco—; el andinista argentino Sergio Domicelj y el que escribe. Después de superar una cadena de contratiempos, pudimos partir desde Fiambalá (prov. de Catamarca) con dos arrieros y doce mulas, hacia el norte en dirección al Paso de San Francisco. Ocupaba el primer lugar en nuestros planes el Ojos del Salado, un volcán que en los últimos tiempos se hizo conocido a través de una insistente comunicación periodística de carácter sensacionalista. Según "nuevas mediciones" supuestamente superaría en altura al Aconcagua, hasta entonces considerado el pico más elevado de América. Sin embargo una expedición polaca de cuyas realizaciones en este campo tengo el mayor respeto, ya había escalado, por primera vez, el Ojos del Salado en 1937, habiendo medido su altura "solamente" en 6.800 mts. El escalamiento fue puesto en duda por parte de algunos. Desde entonces habían fracasado todos los intentos posteriores. La primera parte de nuestra expedición tuvo éxito: el 2 de febrero logré llegar trabajosamente a la cumbre. Mi altímetro señalaba 6.870 mts. (Tres meses después, mediante trabajos de triangulación se fijó definitivamente su altura en 6.885 m.).

Volcán Galán, Salta. Foto: www.wikipedia.org

Vista lateral de una de las construcciones del Galan. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas  Cumbres  Mathias Rebitsch

Martillos líticos en la cumbre del Galan. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Sergio debe luego regresar a Buenos Aires. Más tarde vuelven los Bolinder de una exploración realizada por su lado. Habían escalado, por primera vez, el Cerro Aguas Calientes (5.620 mts.); asimismo el Incahuasi Chico (6.010 mts.), habiendo realizado una exploración de gran alcance y creando así las bases para posteriores empresas en el área del Paso de San Francisco.
 

Entonces nos dirigimos, ya acostumbrados a la altura, a la segunda tarea, esto es, a la investigación de las misteriosas ruinas sobre una alta cumbre de la Puna.
 

Un amigo, alpinista originario de Salzburgo, el Dr. Rolf Dangl, había escalado unos años antes el Cerro Gallan (de aproximadamente  6.000 mts.), un notable cono volcánico en el desierto montañoso, el único en los alrededores con manchas de hielo en las paredes de su cráter. Al poner el pie en el punto más elevado del alargado filo de la cumbre, encontró allí, para su asombro, tres círculos de muros, tapados hasta arriba con escombros. El Dr. Dangl me escribió acerca de esto y nos propusimos realizar juntos una excavación. Por desgracia a último momento se vio impedido de participar.
 

Verena, Anders Bolinder y yo marchamos desde Angastaco (al oeste de Salta) con un arriero de confianza hacia el Galan durante 6 días ricos en acontecimientos. Atravesamos un territorio montañoso, abrasado por el calor. Cabalgamos a altura cada vez mayor, a través de barrancas y valles, pasos y estepas. Entonces se presenta ante nosotros el coloso trapezoidal, rojizo, del cerro Galán. Desde los campos de hielo se derraman aguas de deshielo sobre sus laderas y un arroyito claro como el vidrio con una ancha orla de pastos de un rico verde, rodea el pie del Galan. Vicuñas huyen como gacelas hacia las laderas.

Vista del cráter del volcán Galán. Foto: www.wikipedia.org

La primera estatuilla del Galan. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Levantamos un campamento de altura (5.300 mts.) junto a los campos de nieve de penitentes en una hondonada del cráter. Anders y yo ascendimos trabajosamente hacia la cumbre. Al fin arribamos al punto más elevado. La tormenta nos ataca con toda su furia, pero es un momento excitante para nosotros: nos encontramos frente a las "formaciones similares a tumbas" de las cuales informó el Dr. Dangl. La crecida roca de lava está coronada de tres construcciones muradas con planta cuadrangular, de aproximadamente 130 cm- por 160 cm. —lo cual permitiría lugar a una momia— y de hasta más de 1 m. de altura, construidas con toscos trozos de lava y rellenadas con escombros hasta el borde.
 

Empezamos con investigaciones exteriores. En primer lugar encontramos tres cabezas de martillo graníticas. ¿Sólo podían haber sido hachas de sacrificio — para animales consagrados?
 

Comenzamos a excavar el interior. En el material excavado aparecen delgados trozos de ramas, semicarbonizados, astillas de hueso quemadas y un diminuto pedazo de cuero. Los recogemos cuidadosamente.
 

Antes del crepúsculo bajamos tropezando por las blandas laderas de lava en dirección a la carpa.  A la mañana siguiente Bolinder es atacado por violentos dolores estomacales y por ello se encuentra físicamente muy afectado. Repetidas veces él trata de seguirme obstinadamente, y cada vez vuelve tambaleando y sin fuerzas a la carpa. El segundo día sobre el Galan. Yo continúo la excavación de ayer en el círculo de muros. Las horas pasan. Casi he llegado hasta el piso. De pronto, entre los cascotes de tierra veo un punto colorido. Se trata de una pequeña y chata escultura de una llama, en forma estilizada, esculpida de un material de concha, rojizo y una bolsa de coca. ¡Exvotos, sacrificios simbólicos! Y a continuación extraigo dé la oscuridad de los siglos una figura de plata, envuelta en vestidos multicolores en miniatura y con la cabeza rodeada de una corona de plumas de papagayo, al modo de los jefes incas. Tengo en mis manos un "ídolo" de 15 cm; una figurilla de una divinidad, al parecer de la época incaica.
 

Me dirijo hacia la segunda de las "formaciones similares a tumbas" y sigo allí la excavación con un último esfuerzo de voluntad, hasta el atardecer. Es un peligroso desgaste de mis fuerzas —a 6.000 metros de altura— y en realidad me encuentro al borde del agotamiento. Pero entonces la pala libera otra vez la pequeña figura de una divinidad, esta vez de plata fundida más pura. Los fuertes colores de la vestidura real, como de muñeca, y de la roja corona de plumas, están inquebrantablemente frescos.

Detalle de la segunda estatuilla de plata. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

La estatuilla de auquenido (largo 5 cm). Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

La tercera estatuilla de concha rojiza. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Ya es hora de descender. Bolinder y el arriero esperan junto a la carpa. La infección intestinal de Anders ha empeorado peligrosamente, y es necesario que baje al campamento principal con don Antonio. Pero la mayor de las tres "formaciones similares a tumbas" en la cumbre, todavía no ha sido abierta. Así, pues, quedo solo en el campamento de altura. El viento asume fuerza de tormenta. En el tercer día excavo sobre el filo de la cumbre del Galan, azotado por el viento, en la mayor y última construcción. La capa superior de escombros está endurecida como piedra por el proceso de deshielo, helada y aproximadamente hasta 75 cm. de profundidad. Es completamente imposible atravesarla desde arriba. Trabajosamente demuelo los muros circundantes y cavo túneles debajo de la capa helada, en esforzada labor, desde tres lados. Se acerca la noche y se acaban mis fuerzas. Entonces logro agarrar un atado de tela, delgado, similar a un adorno sacerdotal. De éste asoma una cabeza diminuta y chata, tallada como la otra en concha rojiza- Me arrastro fuera del túnel y observo el hallazgo a la luz. En ese momento se derrumba la pesada bóveda del túnel. Un caso fortuito: la figurilla de un dios me ha salvado la vida.
 

Nuestra tarea está cumplida; en el estado en que fueron encontradas, las construcciones fueron, según todos los indicios, un santuario sencillo y local de los incas. Quizá superpuesto a un santuario prehistórico, mucho más antiguo. Con fuegos de sacrificio, con animales sacrificados, "Inris", más cercanos al dios Sol. Después del regreso, las figuras fueron examinadas por destacados científicos. Los hallazgos fueron considerados, entre otras cosas, como "extraordinariamente valiosos para la historia de la cultura", y su origen incaico y mi hipótesis de un lugar de sacrificio fueron confirmados. de ellas se encontró el cuerpo momificado de un niño indígena, sacrificado en la época incaica —probablemente al sol—; en otra una figura completamente similar en el estilo y la vestidura a la del Galan, de oro. Se vislumbraron así importantes vinculaciones. Con nuestro hallazgo en el cerro Galan quedó demostrado un sacrificio animal, con el del cerro El Plomo un sacrificio humano de la época indígena antigua, sobre altas cumbres de la Cordillera.

Mathías Rebisch en el campamento base del Galán observando las estatuillas incas extraídas de la cima Las mismas se encuentran en el Museo Etnográfico de Buenos Aires.

El Dr Rolf Dangl en la década de 1980 autor del primer ascenso al Galán en 1952 fue quien entusiasmó a Rebitsch a venir a los Andes del noroeste argentino

Testimonio de la segunda ascensión al Volcán Galán. Se aprecia el nombre de Mathias Rebitch
y la fecha en que estuvo. Foto: Colección Christian Vitry


Segunda Expedición de 1958

Por amigos y alguna literatura me enteré de la existencia de construcciones de piedra sobre otras cumbres de la Puna de hasta 6.700 mts. de altura. Examinar estas construcciones misteriosas a tan enorme altura, las cuales datan seguramente de tiempos precolombinos, y esclarecer su función original, fueron los objetivos principales de mi segunda expedición al desierto de Atacama, en el verano de 1958. Su preparación y dirección estaban en mis manos. Participaron: Guzzi Lantschner, quien se había propuesto rodar una película cultural en colores sobre el desarrollo de la expedición y el paisaje de Atacama y sus habitantes, y Emo Heinrich, ambos de Innsbruck. Además mi compañero del Ojos del Salado, Sergio Domicelj, y transitoriamente nos acompañaron desde Salta el hermano de éste, Jorge (de Buenos  Aires) y los miembros del Club Andino del Norte, Yosho Cvitanic, Milenko Jurcich y José Robles.

Volcán Llullaillaco, Salta. Foto: Colección Gerardo Watzl


En febrero 1958 partimos otra vez Emo, Guzzi y yo con el ferrocarril desde Bs. As. en la línea Salta-Antofagasta. Sergio nos seguiría un mes después. La embajada de Austria y la Federación de Ski y Andinismo nos habían allanado muy eficazmente, por anticipado, todos los obstáculos.

Les debemos mucho agradecimiento así como al Club Andino del Norte.
 

Salta, San Antonio de los Cobres, Caipe. Todavía 70 Km. en un camión traqueteado y llegamos polvorientos a la mina de azufre "La Casualidad" (4.150 mts.) punto de partida de nuestra expedición. Desde aquí emprendemos las primeras exploraciones en el viejo desierto de Atacama, en su parte más desolada pero más grandiosa. Se trata de la tierra maldita de las salinas, de los gigantescos desiertos de sal. Decenas de millares de Km. de duros y lisos terrones de sal gris. A la distancia, vistos desde las alturas, parecen verdaderos lagos con una superficie algo lechosa y turbia, rizada por el viento. La ilusión de agua es a veces tan completa, que se cree reconocer allí hasta reflejos, islas, bahías y olas. Pero a veces pasamos al lado de verdaderas lagunas, lisas como plomo, alimentadas por las aguas de deshielo subterráneas de los glaciares.

Al fondo el volcán Llullaillaco, Salta. Foto: Colección Gerardo Waltz

Volcán Llullaillaco, Salta. Foto: Colección Gerardo Waltz


Partimos con un jeep desde "La Casualidad" y nos internamos en el mar pedregoso, sin sombra. Por primera vez vemos nuestra meta, el Llullaillaco. En regularidad perfecta surge con blancura de nieve inmaculada a una altura inconcebible, de los cerros violeta-oscuros hacia el cielo azul acero de la Puna, hasta los 6.730 mts. Con filos de roca y lenguas de hielo. Una montaña maravillosa que invita a escalarla! Se refleja con claridad cristalina en un lago tranquilo verde malaquita, la Laguna de Llullaillaco. Sus orillas son un cinturón de sal, con algunos manchones amarillentos de pasto. Vicuñas pastan descuidadamente junto a la orilla. Aves rosados caminan con solemnidad en las aguas estancadas — son flamencos. Una vez más creo no haber visto nunca un cuadro de tan maravillosa armonía...
 

El Llullaillaco, totalmente aislado, es la montaña dominante del sector centro-norte de la Puna de Atacama. Cuando los conquistadores españoles en el siglo XVI pasaron a su lado, todavía vieron surgir humo de su cumbre. Como volcán hoy día está apagado, pero sus campos de hielo envían hoy, como entonces, sus aguas de deshielo hacia abajo. Cien años antes de aquéllos habían pasado cerca los Incas en su gran campaña de conquista hacia Chile y habían construido una carretera militar paralela a la costa chilena, y otra al este, al pie de la cordillera. En el medio se hallaba el Llullaillaco. Seguramente existía la urgente necesidad de un medio de comunicación entre ambas arterias- La cumbre Llullaillaco es visible cientos de kilómetros. Con sólo un par de puntos de observación podría transmitir señales de humo y fuego, desde la costa marítima hasta el declive montañoso oriental. Jugaba el Llullaillaco ese papel en el sistema de comunicaciones incaico.

Llullaillaco.  La ruta de ascencion fue por la derecha. Foto: Libro Santuarios  Indigenas  en Altas  Cumbres Mathias Rebitsch

Una de las construcciones a 6600 metros en el Llullaillaco. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


En efecto, mi amigo el Dr. Dangl, quien había estado ocupado durante un tiempo como médico en la mina "La Casualidad", encontró en la cumbre del Llullaillaco dos muros circulares del tamaño de pequeñas cabañas indígenas. Volvió a subir allí con el coronel Rudel y el Dr. Morghen. Rudel emprendió luego una expedición propia hacia estas construcciones. En esa oportunidad Neubert se despeñó mortalmente en una fisura del hielo. Pero debía haber aún más cosas para encontrar y aclarar en este Llullaillaco. Seguramente se le asignaba un significado especial en la vida religiosa de los indígenas de la zona atacameña.
 

Muchas leyendas giran todavía hoy alrededor de él, y en las mentes de los trabajadores de "La Casualidad" existe la acostumbrada historia de un tesoro incaico, que fue salvado de los españoles, ocultándolo en su cumbre. El Llullaillaco está ahora libre de nieve, solo sus tres glaciares relucen blancos entre las rocas pardas de lava. Queremos escalarlo pasando por la lengua de hielo oriental, el camino usual. Nuestro campamento principal está a 4.800 mts. de altura, y hemos erigido otro a 6.000 mts. Había sido un camino torturador con las mochilas repletas. Erno ha contraído una peligrosa infección en la garganta con alta fiebre y debe volver al campamento principal. Tras dos días de fuerte temporal, intento la ascensión por el lado norte. Llego trabajosamente a unos 6.500 mts. Un trozo de madera yace a mis pies! ¿Estoy soñando acaso? Levanto el rostro contra el viento. Casi cien metros más alto se perfilan un angosto portezuelo y muros grises, contra el cielo encapotado! Bajo un saliente rocoso está erigido un cuadrángulo de muros. Apretados entre las piedras de construcción, sobresalen todavía los viejos maderos de la techumbre. Son los restos de un refugio humano.

Solo difícilmente logro llegar, contra las ráfagas del viento, al filo del portezuelo. Entonces veo al otro lado del filo, un par de metros más abajo, otra vez muros, nevados y derrumbados. Estos ya son los muros básicos de una pequeña casa en ruinas !a casi 6.600 metros de altura! Con el largavista creo percibir a través de la nevada, todavía más construcciones, más alejadas, una cueva tapiada? Me parece irreal como en un sueño.
Primero exploro metódicamente los alrededores, luego los restos exteriores y al fin recojo restos de cerámica y leños carbonizados. Creo observar también, imprecisamente, indicios de construcciones en la escarpada cabeza de la roca y trato de alcanzarlas. Dedos acalambrados, montones de nieve y el temporal me rechazan. Se han hecho las 19 horas. Sólo 900 metros más abajo me espera la seguridad del Campamento I. Con una selección de trozos de leña en mi mochila desciendo en la oscuridad creciente. La tormenta ruge detrás mío, hasta que después de una dolorosa caminata puedo pasar mis zapatos endurecidos por el hielo a través de la abertura salvadora de la carpa. Tras unos días de espera, y a pesar de la reanudación del temporal, intentamos nuevamente la ascensión. Con Guzzi llegamos al grupo de ruinas del portezuelo; él filma, yo continúo la exploración externa. En el filo del portezuelo alcanza a distinguirse un estrecho círculo de piedras colocadas alrededor de un negro bloque basáltico colocado verticalmente. Bajo una de las lajas situadas en el interior del círculo se hallaban escondidos atados de pasto seco, excremento de llama y restos de carbón. Se trata de un sitio de fogón, listo para ser encendido. Continuamos la ascensión. De pronto, la marcha se hace más fácil. Hemos llegado a un camino derruido, con viejas murallas de sostén, colocado en zig-zag. Vemos uno que otro trozo de leña, que alguna vez dejó caer un agotado cargador indígena.

Saco o talega de fibra vegetal. Foto:Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Estamos en la planicie de la cumbre, y nuevamente tenemos paredes de pircas delante nuestro. Se trata de las paredes laterales de dos pequeñas chozas, altas como un hombre, construidas sin relleno o argamasa. Todavía se ven algunos de los sostenes del techo perecedero, constituidos por troncos de madera dura. Esto es lo que descubrió el Dr. Dangl. Alrededor hay más madera diseminada. Y unos 30 metros más allá se alcanza a distinguir otro doble círculo de pircas, probablemente los verdaderos sitios para las fogatas. ¿Qué llevó al Indio a estas alturas, donde la respiración se hace casi imposible y el frío casi nunca sobrepasa los cero grados? ¿La fuerza religiosa, o también razones militares? ¿Transmisión de noticias? ¿La inapelable orden del Inca? Estamos como fascinados ante este mundo. Tal vez las ruinas del Portezuelo nos den una respuesta a estas preguntas- Debo volver a ellas.
 

Descendemos, para descansar y preparar un nuevo "asalto". Los amigos del Club Andino del Norte, de Salta, nos ayudan. Debemos subdividirnos, y mientras los demás exploran otros cerros, yo regreso al Llullaillaco con el propósito de terminar las excavaciones en las "ruinas del Portezuelo". Tras inconvenientes y demoras que no viene al caso relatar, y acompañado ahora por Sergio Domicelj, instalamos nuevamente un campamento a 6.150 mts. Pero éste enferma, y no puede continuar la ascensión. Durante tres días excavo solo en las citadas ruinas, pero con escaso éxito. El año ya está avanzado, y el tiempo excesivamente frío. El hielo acumulado es casi impenetrable. Alcanzo a obtener algún material como marlos de maíz, fragmentos de cerámica y restos de carbón. Regreso, agotado y al borde del congelamiento.
 

Entre tanto Heinrich, Lantschner, Cvitanic y Jurcich escalaron el Aracar de 6.080 mts. de altura, el cual se yergue como un gigantesco baluarte en la llanura de sal de la Salina de Arizaro. Había sido un primer avance andinístico en esta larga cadena de montañas no escaladas de 6.000 mts. Ellos encontraron, en su punto más alto, testigos del pasado indígena: una plataforma artísticamente embaldosada con losas de piedra y haces de leña del grosor de un brazo. Y les pareció como si en el borde opuesto se levantaran algunos muros sobre el lago azul oscuro del cráter. Luego conquistaron contra el viento tormentoso el apagado volcán Antofalla (6.100 mts.). También aquí encontraron señales de un extraño culto de tiempos legendarios: un recinto en forma de óvalo, demarcado por piedras erectas, y en su centro un cono en forma de monumento, construido de bloques. Encima había una piedra alargada, colocada verticalmente.

Estera de haces de pasto duro unidos por medio de hilos de lana para colocar sobre el techo de madera. Foto:Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Todos juntos recorremos ahora una parte más agradable de la Puna, hacia la Salina de Antofalla. Repetidamente encontramos, en oasis de la alta estepa, huellas de antiguos habitantes — restos de muros, hachas de mano, cabezas de martillo de piedra dura y puntas de flechas de obsidiana. Acampamos en el valle de Tebenquicho, junto a las sencillas ruinas hundidas de un poblado grande, sumergidas bajo arena y ripio.
 

Meditamos ante extraños círculos de piedra, filas paralelas de pequeños bloques redondos, bajas columnas crudamente talladas — imágenes del culto cuyo significado hemos perdido. La Puna de Atacama, hoy casi despoblada, debe haber sido, en un tiempo, en varios puntos, bastante más habitada que hoy. Con Heinrich todavía escalamos la ancha cumbre del cerro Tebenquicho (5.800 mts.), sobre la muerta "ciudad perdida". También allí comprobamos la presencia de bajas estructuras de piedra, un círculo de bloques y un haz de leña seca.
 

La segunda expedición en la Puna llega a su fin. En Buenos Aires se cierra el círculo. De todos los sitios arqueológicos de las cimas escaladas hemos traído muestras de leña. Su edad podría ser determinada según el método del Carbono 14 y con ello la época cultural a que pertenecen las ruinas. Los hemos entregado a los institutos correspondientes, junto con los demás materiales arqueológicos reunidos. Un juicio concluyente sobre el significado último de las ruinas — ¿lugares de sacrificio, estaciones de señales? — sólo podrá ser emitido después de una valoración definitiva de nuestros hallazgos y observaciones, realizada por científicos especializados. Se han hecho visibles nuevas relaciones, y nuevas preguntas han quedado planteadas. Se han dado a conocer estructuras de piedra de algunas otras montañas -La tarea se hace cada vez más grande allí y debería ser continuada. En realidad, se ha iniciado un nuevo capítulo en la historia del andinismo. ¡Las altas cumbres de la Puna de Atacama fueron escaladas ya siglos antes de que despertara el alpinismo entre los europeos! Por su contribución al éxito de ambas expediciones quiero todavía agradecer profundamente a todos los que las han auspiciado. Debo particular agradecimiento a la Argentina, el país huésped.
 

El texto correspondiente a las expediciones de 1956 y 1958 ha sido seleccionado por el director, del artículo de M. Rebitsch: "In der Puna de Atacama" (Jahrbuch des Tiroler Alpenvereins, 1958).
 

Sandalia confeccionada con pasto duro. Foto:Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Construcciones en la cumbre del Llullaillaco, en primer plano la choza doble a la izquierda la protección contra el viento, a la derecha el sendero de entrada, al fondo la cumbre con la plataforma artificial, (ofrendatorio?).
Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


La tercera expedición (1961). (Segunda expedición argentino-austríaca al Llullayaco)

El objetivo de esta nueva empresa común argentino-austríaca fue la continuación y finalización de las investigaciones (no terminadas en 1958) de antiguas construcciones indígenas en el Cerro Llullayaco (6.725 m), en la provincia de Salta. La empresa fue promovida de manera generosa, materialmente por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas e idealmente por la Federación Argentina de Ski y Andinismo (FASA), el Centro Andino de Buenos Aires (CABA) y por la Dirección de Fabricaciones Militares. En Austria, por el Ministerio Federal de Educación, el Gobierno Provincial de Tirol, la ciudad de Innsbruck, el Club Alpino Austríaco y por el Comité Olímpico Austríaco.

Luis Vigl y Gerardo Watzl en la tercera expedición al Llullaillaco. Foto: Colección Gerardo Watzl


El profesor Leonhard Franz, jefe del Instituto de Pre y Protohistoria de la Universidad de Innsbruck, la recomendó. La empresa austríaca "Steyr-Daimler-Puchwerke" proporcionó el pequeño automotor especializado "Haflinger".
 

Participantes: Mathias Rebitsch como jefe y Luis Vigl de Sankt Johann en Tirol, austríacos; Benjamín Dixon, Frank Memelsdorff, Ricardo Mendieta, Gerardo Watzl y su esposa Jacqueline  Watzl, todos de Buenos Aires (CABA), argentinos.
 

Itinerario: De la estación ferroviaria Caipe (frente al volcán Socompa, en la frontera argentino-chilena) con automotores hasta la mina de azufre "La Casualidad" (4.100 m) y más allá hasta el pie oriental del Cerro Llullayacu. El campamento base se instaló a 5.050 m. (Sitio con agua pero sin pasto ni leña). Con el cargado "Haflinger" se alcanza una altura de 5860 m; el Campamento I se erige a 6.100 metros en la ladera noreste del Llullayacu.
 

El primer "ataque": Dura desde el 16 hasta el 29 de febrero de 1961. Durante un día Rebitsch y Vigl, y durante el siguiente los integrantes argentinos de la expedición y Rebitsch, con la pala liberan de nieve a las construcciones del "portezuelo" (6.550 m) tapadas por aquélla. Luego llegan a la misma capa helada, impenetrable a la pala, ante la cual Rebitsch tuvo que detenerse en 1958, después de cavar durante tres días. Para lograr a que dicha capa, ahora liberada del manto de nieve, sea fundida por la radiación debe esperarse hasta un período de tiempo bueno. Entretanto se acercan a su fin las vacaciones para los integrantes argentinos de la expedición, quienes deben regresar a Buenos Aires. También lo hace Vigl, quien ha enfermado.

Estación ferroviaria Caipe, expedición al Llullaillaco. Foto: Colección Gerardo Watzl

Luis Vigl en la estación ferroviaria con los petates de la expedición. Foto: Colección Gerardo Watzl


Segundo "ataque": Desde el 12 hasta el 18 de marzo: Rebitsch y el obrero de la mina "La Casualidad" Narciso Díaz (salteño), acostumbrado a la altura, continúan las excavaciones en una labor agotadora, esta vez equipados con pesados picos. Aquél debe superar una seria infección intestinal, después de haber consumido carne enlatada en mal estado. Ellos despejan hasta el piso la estancia principal ("habitación") de las "ruinas del portezuelo" a 6.550 m.
 

El conjunto de construcciones en este sitio está compuesto por:
 

1) Un muro circular angosto (pirca), antepuesto al "portezuelo" por el este, con restos de techumbre todavía parcialmente conservados, debajo de una saliente rocosa. Un puesto avanzado de observación Una "casilla de guardián"
 

2) Un círculo formado por piedras, en el filo del "portezuelo". En su centro, una losa de piedra plana cubre un montoncito de pastos secos, trocitos de excrementos de animales (de llamas o de vicuñas); se trata de un fogón abierto, preparado para encender rápidamente el fuego.
 

3) La construcción principal, compuesta por tres recintos, uno adosado al otro y separados por medio de muros de piedra unidos sin argamasa. El primero de éstos resultó ser un depósito de leña (hallazgos: un montón de leña). El segundo era el "cuarto de estar" verdadero, antiguamente techado- Sus medidas interiores son 2,50 m por 2,20 m. La muralla que mira hacia la montaña tiene por adentro una altura de 3 metros. La que da al valle es de 1 m de grosor en la base, y es doble, estando relleno el espacio intermedio con una masa de arena y pasto duro, impermeable al viento. El techo, ya derrumbado, está compuesto por "tablas" de madera de cacto. La viga o sostén principal, un delgado tronco, tiene casi 4 m de largo; el techo de madera estaba cubierto de una capa de pasto entretejido y además, afirmado con lajas chatas de piedra.

Vehículo "Haflinger" que acompaño la expedición; de fondo el Llullaillaco. Foto: Colección Gerardo Watzl

Vista del Volcán Llullaillaco. Foto: Colección Gerardo Watzl


Hallazgos efectuados en la habitación: En un fogón (círculo de piedras) leños semicarbonizados y restos de cerámica, carozos de fruta (la especie todavía no está determinada), una pequeña mazorca de maíz, una sandalia de pasto (ojota), un estera tejida de hierba y un pedazo de tela marrón oscuro, de tejido burdo. El piso está cubierto por una capa de pasto. Sin duda seres humanos se detenían aquí durante algún tiempo, en esta estación media del antiguo camino de subida.
 

En el tercer recinto adyacente se encontraron excrementos de llamas o vicuñas, y cordeles trenzados con pastos duros y lana. Estaba, según parece, solamente techado hasta la mitad y debe haber servido de corral.
 

Rebitsch explora a 5.750 m unas pircas y leña amontonada al lado de una charca de agua dulce junto a un bloque rocoso. Con esto se descubre también la allí supuesta "estación de partida" de la antigua ruta de subida. A continuación Rebitsch y Díaz escalan la rocosa cumbre principal del Llullayacu. En su punto más alto yace todavía un trozo de rama casi tan grueso como un muslo. En la ladera pedregosa, entre el "portezuelo" a 6.550 m y la zona de la cumbre, a 6.700 m, pueden reconocerse todavía en algunos lugares los restos de una angosta escalinata dispuesta en zig-zag, reforzada con pequeños y bajos muros, y algunos trozos de ramas encajados entre pedruscos.  Se investigan construcciones nevadas en el lomo de la cumbre. Entonces fallan los calentadores. No pudiendo soportar durante más tiempo la tortura de la sed, debemos volver a "La Casualidad".

Campamento base de la expedición al Llullaillaco, 1961. Foto: Colección Gerardo Watzl

Mathias Rebitsch y Jacqueline Watzl en el campamento de la expedición al Llullaillaco.  Foto:  Colección de Gerardo Watzl


Tercer "ataque": Desde el 29/3 hasta el 4/4/61; Rebitsch y Díaz terminan la excavación en el tercer recinto (corral) de las "ruinas del portezuelo". La cumbre principal es escalada por ellos por tercera vez. Luego vuelven a investigar las construcciones en el lomo de la cumbre (6.700 m), ya conocidas por Rudel/Dangl y desde nuestra expedición de 1958.
 

Se trata de:
 

1) La "choza doble redonda", vale decir dos pircas circulares, apenas del alto de un hombre, adosadas, con entradas y la techumbre todavía parcialmente conservada. En ambas piezas interiores solo se encuentran restos de leña. Sin duda, estas pircas a 6.700 m sirvieron en un tiempo a los hombres de refugio, a pesar de toda su primitividad. En un arco de bloques dispersos, que los rodea por el lado oeste, debe reconocerse probablemente el resto de un antiguo muro protector, erigido contra el ventarrón que arremete constantemente desde el oeste. Hacia el este se encuentran antepuestas a las "chozas dobles redondas", dos filas casi paralelas de grandes piedras. Podría tratarse de un muro protector hacia el este. Parecen iniciar un "pasaje" hacia las rocas de la cima.
 

2) Los dos semicírculos adosados de piedras superpuestas, situado 25 m al norte de la "choza doble redonda". Hallazgos: leños semicarbonizados. Quizás estos dos muros semicirculares, bajos, abiertos hacia el este, estaban destinados a ser puestos de comunicaciones por medio de señales de humo y fuego.

Gerardo Watzl y Luis Vigl en la tercera expedición al Llullaillaco. Foto: Colección Gerardo Watzl


3) Rebitsch y Díaz escalan, por el lomo adyacente que se eleva con suavidad hacia el N. y N. O., la cima lateral del Llullayacu (6.710 m). Sobre su lado occidental encuentran otra pirca circular con varios leños: un puesto para señales de fuego, con la libre visión del vecino Cerro Chuchulay, de 5.472 m. a 13 km de distancia. (Obreros de "La Casualidad" afirmaron haber descubierto, en esta cumbre, estructuras de piedra y leña).
 

4) Inmediatamente por debajo de la "cima" hay almacenado, protegido contra el viento, más de 1 m3 de leña (ramas secas).
 

5) El punto más alto de la "cima" plana lo constituye una plataforma cuadrangular y horizontal, erigida por mano humana, rodeada por muros de 0,50 m de alto. Están ya bastante derruidos por el viento, pero son claramente reconocibles como muros artificiales. Superpuestos a la plataforma hay un cuadrángulo menor, redondeado, de piedra. Debajo de sus losas pudimos extraer pastos carbonizados, un fragmento de cerámica y un trozo de paño finamente tejido, con decoración multicolor. La tormenta, el frío inaguantable y el peligro de congelamiento obligan al descenso.

Construcciones indígenas. Expedición al Volcán Llullaillaco, 1961. Foto: Colección Gerardo Watzl


Pero la tarea en el Llullayacu está cumplida en lo principal: porque de estos hallazgos sobre la plataforma, erigida en forma de altar, a 6.710 m de altura, puede concluirse que ésta servía de lugar de sacrificio ("mayor cercanía al Sol"...). ¿Cuál habría sido su función, de no ser así?
La profesora María Delia Millán de Palavecino examinó el resto de tejido de la plataforma y confirmó su origen incaico. De lo cual puede inferirse que las construcciones en el Cerro Llullayacu fueron ocupadas bajo el dominio de los Incas, por lo menos temporalmente, por seres humanos que en determinados días del año (?) ofrecían en la plataforma ("altar") sacrificios a la divinidad solar (?). Quizá el "destacamento" — que probablemente debía ser relevado por turnos — también tenía que mantener continuamente encendido el fuego en la "doble choza redonda" (y en el "portezuelo"), y prestar atención a las señales de humo y fuego de las montañas vecinas para retransmitirlas (???). De ser cierta esta suposición, debería encontrarse en un cerro vecino, a distancia visible desde el "puesto de señales" (semicírculo doble, 6.700 m), una "estación opuesta". Esto parecería cumplirse en el Cerro Chuchulay (a 13 km. de distancia). También en el Cerro Socompa a 6.100 m, en el ángulo de visión hacia el noreste, se encuentra una construcción correspondiente: pirca circular y montón de leña (según informe del Dr. Dangl). Pero está a 47 km del Llullayacu. Lo mismo ocurre en el Cerro Tebenquicho (5.800 m), junto a la Salina de Antofalla, hacia el sureste, pero a mayor distancia aún (107 km; explorado, como vimos, en 1958). De las elevaciones intermedias todavía no se sabe si ya fueron escaladas (a excepción del Cerro Chuchulay) o si tienen construcciones de piedra. Una serie de cerros elevados deberían ser investigados en busca de posibles "puestos de señales", partiendo del Llullayacu en dirección a la costa chilena, y por el este hacia el Valle Calchaquí. Con esto se podría comprobar la existencia de una red de puestos de señales incaica, que comunicaría a través de las montañas atacameñas el "camino real del Inca" de la costa con el de la Cordillera. No hay noticias de que los incas hubieran trazado un camino de conexión a través de la Puna de Atacama. Por necesidades militares debía haber existido alguna red de puestos de señales, siquiera elemental, entre estas dos arterias principales del imperio incaico. ¿Quizás jugaron tal papel en la transmisión de señales las montañas de la Puna de Atacama, que podían ser escaladas por indios carentes de equipo técnico especial (es decir piquetas, sogas y grampones), y sobre cuyas cumbres carentes de glaciares era posible construir instalaciones permanentes? Parece haber una razón para estas reflexiones, pero por el momento hay más razones en contra, cuando se piensa qué gigantesca y complicada organización hubiera sido necesaria para ello en este enorme desierto montañoso de la Puna de Atacama- Además, un sistema de comunicaciones por medio de fuego y humo habría sido dificultado por las condiciones climáticas, especialmente durante el día.

Gerardo y Jacqueline Watzl en el Llullaillaco. Foto: Colección Gerardo Watzl


Los trabajos de excavación en el Llullayacu, con su continuo y agotador transporte de grandes pesos, estando nosotros apunados  (mal de altura), azotados por las tormentas y el viento helado, sólo pudieron ser efectuados con nuestros esfuerzos más extremos.
 

Cabe destacar la perseverancia y el buen ánimo con los cuales Narciso Díaz trabajó a tan gran altura con las pesadas herramientas de excavación. Él contribuyó considerablemente al éxito final de la expedición de 1961.

Los hallazgos reunidos fueron entregados al Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires.


La cuarta expedición (1965)

Objetivo de esta nueva expedición argentino-austríaca a la Puna de Atacama, fue la búsqueda de antiguas construcciones indígenas sobre altas cumbres en los alrededores del cerro Ojos del Salado y del Paso de San Francisco. Además, investigar estas construcciones y entregar hallazgos eventuales a los institutos científicos argentinos correspondientes, con explicaciones y material fotográfico para su posterior valoración. La expedición fue muy perjudicada por las condiciones climáticas extraordinariamente malas de este año ("Año del Niño"), traducidas en fuertes nevadas y tormentas en la Cordillera.

La circunferencia de piedras en la cumbre del Peinado.
Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Ojos del Salado. Foto: Mathias Rebitsch

En 1957  Mathias Rebitsch publicó su libro "Los dioses de plata de Cerro Gallan"
sobre su primera investigación arqueologica en los Andes. DIE SILBERNEN GÖTTER DES CERRO GALLAN


Integrantes: Mathias Rebitsch como jefe; y Benjamín Dixon, Sergio y Joan Domicelj, de Buenos Aires, argentinos. Arrieros: Juan Reales y su hijo Gilberto, de Fiambalá; Víctor Carrizo, de Palo Blanco. El matrimonio sueco, Anders y Verena Bolinder, participaron sólo en la primera parte de la expedición, sin escalar ninguna cumbre.

La empresa fue promovida muy efectivamente, de parte argentina, por la Gendarmería Nacional, la Federación Argentina de Ski y Andinismo (FASA) y por el Centro Andino Buenos Aires (CABA). En Austria, entre otros, por el Ministerio Federal de Educación, el Gobierno Provincial de Tirol y la ciudad de Innsbruck. La empresa fue recomendada también por el profesor Dr. Juan Schobinger, director del Instituto de Arqueología y Etnología de la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza), y por el profesor Leonhard Franz, Director del Instituto de Pre y Protohistoria de la Universidad de Innsbruck.
 

Desde Fiambalá (provincia de Catamarca, departamento de Tinogasta) partió la expedición a principios de febrero de 1965, pasando por Cazadero Grande (3500 m) y por el Paso del Portillo (5050 m) hasta llegar a la Vega Laguna Tres Quebradas (4100 m), erigiendo allí su campamento principal (al sur del Ojos del Salado).
 

Como Bolinder se sentía enfermo, Sergio Domicelj escaló solo, después de una tormenta de nieve huracanada, la cima norte del Cerro de los Patos (5960). Su esposa Joan lo acompañó hasta los 5600 m.  Esa cima fue así escalada por primera vez, pero no se encontró ninguna estructura de piedra. La expedición polaca a la Puna de Atacama de 1937 había encontrado en la cumbre principal del Cerro de los Patos (6250) una pirca circular, pero no había llevado herramientas de excavación. A causa de las masas de nieve fue imposible a Domicelj, por sí solo —a pesar de grandes esfuerzos de varios días—, alcanzar la cumbre principal e investigar la pirca circular que allí existe.

El triple conjunto de construcciones adosadas en el portezuelo del Llullaillaco, al fondo la habitación, al fondo arriba a la izquierda el corral. Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Detalle de la habitación, con las maderas del techo coido, en el Lullaillaco.
Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Mientras tanto, Dixon y Rebitsch escalaron, bajo malas condiciones climáticas, el Cerro Azufre (Copiapó) de 6080 m situado en territorio chileno al este de la ciudad de Copiapó. La expedición polaca había conquistado en 1937 también esta aislada cumbre volcánica, situada algo hacia el oeste de la cordillera principal de los Andes, y para su sorpresa había encontrado pircas. Por falta de tiempo, y herramientas adecuadas, no pudieron realizar ninguna excavación. Por desgracia también se perdió la mayor parte de su material fotográfico en los años de guerra siguientes, y los extraordinarios éxitos de esta expedición polaca a la Puna de Atacama tampoco encontraron la estimación pública que hubieran merecido.
 

Durante tres días permanecieron Dixon y el que escribe en la zona de la cumbre del Cerro Azufre. Allí encontramos antiguas construcciones indígenas, de una magnitud hasta ahora desconocida a tal altura:
 

1) Una terraza colgante horizontal, muy derruida, de 1,50 m de ancho y de 10 m de largo, con saledizos en forma de "bastión" en ambos extremos. Hallazgos: pastos duros entre las piedras de los muros (material para encender fuego?).
 

2) Una plataforma con muros de soporte, la cual sobresale horizontalmente a corto trecho debajo del filo angosto y rocoso de la cumbre (por el lado este) y que la corona también por el oeste en forma de "terrado". La plataforma tiene 10 m de largo y en su parte más ancha mide 4 m. El muro circundante, construido con relativa exactitud, compuesto por piedras sin labrar unidas sin argamasa, tiene en algunos puntos más de 3 metros de alto. (Uno de los pesados bloques mide 1 m de largo por 0,35 m de espesor). La superficie de la plataforma está cubierta por toscas losas. Hallazgos: Pasto seco y restos de leña. Los polacos encontraron en 1937 restos de huesos semicarbonizados y leños.

Pircas y leña en la cumbre del cerro Tebenquicho. Foto: Libro Santuarios Indigenas  en Altas  Cumbres de  Mathias Rebitsch

Cerro Azufre: lado este de la pared de la plataforma horizontal ( largo 10,50 m).
Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Cerro Azufre: lado noreste de la pared que rodea la plataforma, a la izquierda  abajo, restos de la terraza colgante.
Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Sólo pudimos realizar una excavación de cierta profundidad junto al "bastión" norte, ya parcialmente derrumbado, de la terraza colgante. Ésta en gran parte ya se ha derrumbado deslizándose por la ladera empinada y cubierta de nieve. En lo demás tuvimos que conformarnos con una investigación más superficial, aunque exhaustiva, del complejo total. A consecuencia de las continuas nevadas y del frío, los muros y la capa superior de la plataforma se habían congelado como piedra. Por lo tanto nos fue imposible, entre dos, penetrar desde arriba en el núcleo de la masa de los escombros y explorar su eventual contenido, sin dañar los muros. (Por ejemplo, desgarrando y provocando el derrumbe por su base, del muro circundante en la ladera que da al valle. Probablemente la masa de escombros debajo de la capa congelada se habría deslizado detrás, y habría descubierto su "contenido").
 

Por lo tanto, por el momento sólo puede afirmarse acerca de estas construcciones en la cumbre del Cerro Azufre a 6080 m de altura, que según toda probabilidad servían a finalidades de culto. Para su erección eran necesarias —¿junto a las fuerzas de la fe?— también un orden inflexible y una organización, de las cuales suponemos que solamente los Incas habían sido capaces.

El cerro El Peinado (5.740 mts.). Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Muro semi circular (Cerro El Peinado). Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


La segunda parte de la expedición fue realizada solamente por Re-bitsch y el matrimonio Domicelj con el sobresaliente baqueano Juan Reales y el hijo de éste, Gilberto. Su área de operaciones fue la región del Paso de San Francisco. Sergio Domicelj y el que escribe escalaron por primera vez el Cerro Dos Conos (5860) situado directamente junto al paso. No encuentran estructuras de piedra. Luego escalan el Cerro El Peinado (5740 m). Ya al pie de la montaña se encuentran restos de cerámica (con decoración sencilla, de tipo no incaico según el profesor Menghin), y al pie de la cumbre algunos trozos de leña, encajados entre bloques rocosos. En el borde del cráter de este volcán de estructura típica, extraordinariamente empinado y difícil de alcanzar en medio de un total desierto montañoso, descubrieron:
 

1) Un anillo de piedras dispuesto sobre el piso pedregoso (diámetro: 1,10 m), con un resto de leña semicarbonizada.
 

2) Un muro en forma de arco, derruido por el viento, de 6 m de largo y 60 cm de alto, con unos pocos haces de pasto duros. ¿Lugar de sacrificio?
 

3) Apoyado en un bloque rocoso, un pequeño muro rectangular de 1,80 m por 2 m y 0,60 m de altura, con indicios de peldaños. Hallazgos: pastos duros, restos de leña- ¿Se trata de un refugio para protegerse del viento, originariamente techado?
 

4) Una losa de piedra de 1,40 m de alto, erigida verticalmente, afirmada con bloques y terminada en punta.
 

La parte más profunda del cono del cráter, parcialmente cubierto con azufre, lo ocupa una pequeña laguna, de aproximadamente 5 m de diámetro.
 

También estas construcciones en la cumbre del Cerro El Peinado, en su conjunto, indican que los indios tuvieron aquí un lugar de culto.
 

Cabe agregar que 15 Km al norte del Cerro El Peinado existe, en una hoya protegida del viento, una laguna habitada por flamingos con un poco de agua algo estancada, pero todavía potable, con un borde de pasto duro; en las inmediaciones hay fuentes termales y pircas en ruinas. Allí a 3500 m se instaló el campamento base de la expedición.

Los hallazgos fueron entregados en Buenos Aires al profesor Dr. Osvaldo Menghin.

Muro apoyado en un bloque rocoso (Cerro El Peinado). Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch

Cerro Azufre o Copiapo (6.080 mts). Foto: Libro Santuarios Indigenas en Altas Cumbres Mathias Rebitsch


Área Restauración Fotográfica del CCAM: Natalia Fernández Juárez







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